Marihuana, sin ingenuidades ante el peligro
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La droga conocida como marihuana proviene de la planta cannabis sativa, originaria de Asia Central. Constituye una de las sustancias psicoactivas ilegales más “populares” y entre las que más tempranamente se comienzan a consumir. Se encuentra bajo control internacional y sus consecuencias sobre la salud preocupan a la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Sin embargo, al poseer efectos terapéuticos para determinados padecimientos, sobre ella se ciernen criterios erróneos que tienden a minimizar sus efectos nocivos. Actualmente, sobre todo entre la juventud, suele ser baja la percepción de riesgo en cuanto a sus peligros potenciales.
Para tratar el tema acudimos a la Dra. Eidys Rodríguez Herrera, especialista de I Grado en Medicina General Integral y II Grado en Farmacología Clínica y máster en Toxicología Clínica.
Asegura que a pesar de que en los últimos años se han presentado numerosas evidencias científicas sobre las propiedades terapéuticas de los cannabinoides (marihuana y derivados sintéticos) se necesitan más estudios clínicos con
el fin de establecer el balance entre beneficio y riesgo en comparación con otras estrategias terapéuticas.
Por estudios epidemiológicos se sabe que en los países desarrollados la prevalencia del uso de cannabis en los jóvenes ha aumentado en la última década, y es frecuente que se halle en la orina de los que mueren violentamente. Se ha demostrado que su empleo posee efectos perjudiciales agudos y crónicos.
Entre los agudos la Dra. Rodríguez Herrera cita que “altera la cognición, la percepción temporo-espacial; hay compromiso de la destreza y habilidad motora; palabra “arrastrada”; retención urinaria; en el aparato cardiovascular taquicardias supraventriculares; hipertensión sistólica; despersonalización, ansiedad, disminución de la memoria a corto plazo, confusión, ilusiones, alucinaciones, entre otros.”
El uso prolongado de marihuana causa cambios en las neuronas del hipocampo lo que indica la posible aparición de efectos negativos sobre la personalidad, afecta selectivamente el aprendizaje y la memoria permanente tanto en adultos como en hijos de madres consumidoras, trastornos del estado anímico, ataques de pánico, intentos suicidas, insomnio, compromiso del razonamiento abstracto, demencia, aislamiento social y síndrome amotivacional.
Esto último se entiende como “un estado de pasividad e indiferencia, caracterizado por disfunción generalizada de las capacidades cognitivas, interpersonales y sociales debido al consumo de cannabis durante años y que persistiría una vez interrumpido dicho consumo”
En el sistema respiratorio ocasiona edema de la úvula, infecciones frecuentes de las vías, bronquitis crónica, cáncer del pulmón y de la boca.
Advierte la especialista que en la literatura se especifica que el consumo de marihuana “interfiere en todas las fases de la función reproductora gonadal, provoca amenorrea o dismenorrea, infertilidad, impotencia, disminución de la libido y resulta fetotóxico.
Además, “puede inducir leucemia no linfoblástica en hijos de madres fumadoras; altera la respuesta de algunas células inmunitarias; incrementa la susceptibilidad a padecer enfermedades infecciosas y conlleva a descuidar la protección del SIDA; aumenta la agresividad y la posibilidad de involucrarse en actividades delictivas.”
El consumo prolongado produce un síndrome de dependencia que no es más que tolerancia, con necesidad de proseguir el consumo para evitar la abstinencia. A su vez, la interrupción del consumo continuado provoca ansiedad, tensión, alteraciones del sueño y cambios del apetito, con discretas diferencias en la intensidad y duración de los síntomas se haya fumado o ingerido.
Aunque se realicen descubrimientos sobre sus posibles bondades, existe ya suficiente narrativa científica sobre los letales perjuicios que ocasiona la marihuana. Pensar lo contrario a estas alturas y no verla como la droga potente que es constituye –cuando menos- una ingenuidad que puede resultar muy peligrosa.
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