La Federal: Camilo y Che en la memoria de una familia campesina
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Huellas de las columnas n.º 2 y n.º 8 en la casa de Felipe Conesa y Ofelia Arias
Cada 8 de octubre, cuando comienza la Jornada Ideológica Camilo-Che y el calendario se extiende hasta el 28, Cuba entera vuelve los ojos hacia dos nombres que se han convertido en símbolo: Ernesto Guevara de la Serna y Camilo Cienfuegos Gorriarán. Para muchos, es una conmemoración oficial, un programa de matutinos, caminatas, murales y actos. Para mí, es el momento de volver sobre una historia que está en la memoria más íntima de mi familia
Mis abuelos maternos, Felipe Conesa Ramos y Ofelia Arias Arencibia, fueron combatientes de la lucha clandestina. Ambos, ya fallecidos, conservaron siempre con un orgullo sereno y profundo el haber podido ofrecer su casa, en La Federal, a las tropas de las dos columnas que avanzaban hacia el centro de Cuba: la Columna n.º 2 “Antonio Maceo”, comandada por Camilo Cienfuegos, y la Columna n.º 8 “Ciro Redondo”, dirigida por el Che Guevara.
No hablaban de aquello como de una hazaña personal. Hablaban de un deber cumplido. Pero en sus voces, cuando recordaban aquellos días de septiembre de 1958, había algo que trascendía el simple relato: la emoción de haber visto pasar la historia por el patio de su casa.
EL COMBATE DE LA FEDERAL

La Federal, en territorio de la actual provincia de Las Tunas, fue un punto clave en la ruta de la invasión. Allí, en la madrugada del 9 de septiembre de 1958, la vanguardia de la columna del Che cayó en una emboscada tendida por el ejército de Batista. Los soldados, apostados en un chalet de dos plantas, abrieron fuego sorpresivamente. En el combate perdieron la vida el capitán rebelde Marcos Borrero Fonseca y el combatiente Dalcio Gutiérrez Acosta; varios guerrilleros resultaron heridos.
Entre los heridos estaba Enrique Acevedo, un joven combatiente de la Columna n.º 8 que fue alcanzado en ambos brazos. La historia recoge que fue trasladado al batey Asturias, a casa del campesino Ricardo Sánchez Medrano, donde fue operado. Pero en la memoria de mi familia hay un dato que la hace más nuestra: las primeras atenciones se las dio el Che en casa de mi abuela Ofelia. Allí se le atendió, se le curó lo urgente, se le dio refugio. Después, ya estabilizado, fue trasladado.
Las dos columnas estuvieron poco tiempo en La Federal. La de Camilo acampó en el monte; la del Che estableció su comandancia en una casa de la zona. Apenas unos días, los necesarios para reorganizarse, atender a los heridos y continuar la marcha. Pero en ese breve espacio, la casa de Felipe y Ofelia se convirtió en un pequeño refugio donde la guerra y la vida cotidiana se tocaron.
EL CHE, MÉDICO; CAMILO, HERMANO

Mis abuelos contaban que el Che le curó una lesión en un seno a mi abuela Ofelia. No era una herida de bala ni un trauma de combate: era una dolencia que la aquejaba. El Che, que era médico, la atendió con la misma dedicación con que atendía a sus guerrilleros heridos. No puedo precisar qué tratamiento le aplicó, ni cuánto tiempo tardó la lesión en sanar. Pero mi abuela siempre decía que el Che la curó, y lo decía con una gratitud que trascendía lo físico. Era la gratitud de una mujer humilde que vio en aquel hombre de barba y uniforme verde olivo no solo al comandante guerrillero, sino al médico que se detuvo a mirarla, a escucharla, a ayudarla.
Y luego estaba Camilo, el “Señor de la Vanguardia”, el hombre de las mil anécdotas, el que supo ganarse el cariño de soldados y campesinos. Mis abuelos contaban que Camilo le regaló diez pesos a mi mamá —entonces una niña de nueve años— para que le compraran juguetes. Lo hizo al verla jugar con pomitos: pequeñas latas o recipientes a los que les ponía ropitas que ella misma inventaba, muñecos improvisados con los que llenaba sus días de infancia en medio de la pobreza del batey.
No sé si Camilo llevaba esos diez pesos consigo, ni si formaban parte de los fondos de la columna o de su propio bolsillo. Lo que sé es que mi abuela no aceptó el dinero de inmediato, como suele pasar en las familias humildes: se resistió por vergüenza antes de ceder ante la insistencia del comandante. Sé que aquel gesto quedó grabado en la memoria de mi madre, que lo repitió tantas veces a lo largo de su vida que hoy forma parte del patrimonio emocional de nuestra familia. Diez pesos en 1958 no eran una fortuna que cambiara la vida de una familia, pero sí eran una suma económicamente relevante y un gesto de enorme generosidad. En el contexto de la pobreza del batey, para una niña que jugaba con pomitos vestidos de tela, debieron de ser el equivalente a un cofre de tesoros.
UNA CASA CLANDESTINA, UNA FAMILIA REVOLUCIONARIA

Felipe Conesa y Ofelia Arias no fueron espectadores pasivos. Fueron combatientes clandestinos. Su casa no fue solo un refugio casual: fue un puesto de apoyo, una casa de curación, un lugar de descanso para quienes luchaban por una Cuba distinta. Abrieron sus puertas al Che y a Camilo, a sus tropas, a sus heridos. Y lo hicieron con la conciencia de que aquello era parte de la lucha.

El nombre de Felipe Conesa Ramos no solo vive en la memoria de nuestra familia. Aparece también en las páginas del libro Frente Camagüey, ese ejemplar que, como recoge la enciclopedia EcuRed, “constituye un volumen que refleja la lucha clandestina y la lucha guerrillera como un solo acontecimiento en la provincia Camagüey”. Allí, entre mapas, fotografías y una prosa fluida, se reconoce a muchos participantes por sus nombres y apellidos, y se recogen sucesos trascendentales de la lucha armada en la región. Mi abuelo es uno de esos nombres. Su entrega, su casa, su familia, forman parte de esa historia que el libro rescata del olvido.
Por eso, cuando cada octubre comienza la Jornada Ideológica Camilo-Che, no solo recuerdo a los dos comandantes. Recuerdo también a mis abuelos: a mi abuela, con su lesión curada por el Che; a mi abuelo, clandestino, firme, silencioso, cuyo nombre quedó impreso en las páginas de Frente Camagüey; y a Enrique Acevedo, herido en La Federal.
Y pienso en mi mamá, que está viva y que vive orgullosa de su Revolución. Ella es hoy la memoria viviente de aquel día: la niña de los pomitos vestidos de tela, la que recibió diez pesos de manos de Camilo Cienfuegos, la que creció escuchando a sus padres contar cómo la historia había pasado por su casa. Su relato sigue vivo y en cada palabra de esta crónica late su voz, su orgullo, su agradecimiento.
Ella ya no vive en La Federal. Hace muchos años que su vida echó raíces en Guáimaro, esa tierra camagüeyana de tanta historia y tanto sacrificio. Pero la casa de sus padres sigue en pie en la memoria, y mientras mi madre la recuerde, aquella casa seguirá abierta, seguirá habitada por el recuerdo, seguirá siendo un pequeño monumento de la Cuba que se levantó con dignidad.
La Jornada Camilo-Che, del 8 al 28 de octubre, no es solo un homenaje a dos héroes. Es también el reconocimiento a todas las familias cubanas que, como la mía, tuvieron el privilegio de ver pasar la historia por su puerta y de compartir con ella un pedazo de pan, un rincón para descansar y, sobre todo, un gesto de humanidad que trasciende cualquier discurso.
Mis abuelos no escribieron libros ni pronunciaron discursos. Pero abrieron su casa a dos hombres que cambiaron el destino de Cuba, y ese gesto —humilde, silencioso, anónimo— es también parte de la Revolución. Y el nombre de Felipe Conesa Ramos, impreso en Frente Camagüey, es la prueba de que la historia grande también se escribe con letras pequeñas, con nombres de campesinos y clandestinos que un día decidieron que su casa fuera trinchera, refugio y hogar para los que luchaban por la libertad.
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