El bullicio de los sueños: Martí y la escuela

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Las mochilas vuelven a los hombros, las libretas esperan las primeras anotaciones y las aulas recobran el bullicio de los sueños. Cada inicio de curso escolar en Cuba no es un simple cambio de calendario; es la ratificación de un principio que José Martí elevó a categoría de mandato: la educación como base irrenunciable de la patria libre. El regreso a las escuelas nos convoca, una vez más, a preguntarnos qué tipo de nación estamos edificando y qué ciudadanos queremos formar.

“Ser cultos es el único modo de ser libres”, sentenció el Apóstol. Esta máxima, repetida en discursos y pancartas, es en realidad un programa de vida. Martí no concibió jamás la educación como un mero depósito de conocimientos, sino como la forja del alma. Para él, enseñar a leer y a escribir era el primer paso, pero el verdadero objetivo era enseñar a pensar, a sentir y a actuar con rectitud. Por eso, cada mes de septiembre en que se abren las puertas de las escuelas debería ser un recordatorio de que la cultura es el mejor blindaje contra la ignorancia y la sumisión.

Y aquí aparecen los valores, esa brújula sin la cual la inteligencia se extravía. Martí advertía: “La enseñanza, ¿quién no lo sabe?, es ante todo una obra de infinito amor”. Por eso, la educación que soñó estaba intrínsecamente ligada a la moral. No basta con saber; hay que ser bueno. La escuela, para él, debía ser la cuna de hombres íntegros, capaces de anteponer el bien común al egoísmo y la dignidad al cálculo. En un mundo donde a menudo se premia la astucia por encima de la honradez, el pensamiento martiano irrumpe como un faro: la verdadera instrucción es la que forja la decencia.

Pero esa educación era, sobre todo, un instrumento de justicia social. Martí veía en el analfabetismo y en la falta de acceso al saber las cadenas más pesadas de la opresión. “A un pueblo ignorante puede engañársele con la superstición, y hacérsele servil. Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre”, sentenció. Por eso, cuando el curso escolar reinicia, no se trata solo de acumular conocimientos, sino de formar personas íntegras, capaces de razonar con claridad y obrar con coherencia. La justicia para Martí no era solo reparto de bienes materiales, sino reparto de luces. Educar a un campesino, a un obrero o a un niño de la montaña era, para él, un acto de reparación histórica.

En el sector educacional, el maestro ocupa un sitial de honor. Martí sentía una devoción casi religiosa por quien enseña. Sobre los educadores dijo: “Al venir a la tierra todo hombre tiene derecho a que se le eduque y después en pago contribuir a la Educación de los demás”. Él exigió para ellos el respeto y la consideración que merecen. Al comienzo de un nuevo curso, es justo recordar que detrás de cada pizarra, detrás de cada tiza y cada explicación paciente, hay un continuador de esa obra de amor que Martí consideraba uno de los oficios más hermosos.

Hoy, al cruzar las puertas de las escuelas, los niños y jóvenes cubanos llevan sobre sus hombros esa herencia luminosa. No se trata de memorizar fechas o biografías para un examen, sino de internalizar el sentido ético de la nación. La justicia que Martí deseaba era la de un país donde cada hijo de campesino tuviera la misma oportunidad que cualquier otro, donde el color de la piel o el origen familiar no determinan el destino. Vive en nuestras escuelas, hecha de equidad y de futuro.

Pero el legado martiano no es solo celebración; también encierra una advertencia para este inicio de curso. El Apóstol odiaba la educación vacía, la letra muerta, el aprendizaje que no se convierte en acción. Así que el desafío es hacer de este año escolar un semillero de rebeldía inteligente, de imaginación creadora y de compromiso activo con la realidad. Que los estudiantes sean pensadores críticos capaces de construir un futuro mejor.

Cuando los timbres suenen para llamar a clase, que lo hagan con el eco de su convicción: la educación ha de ir a donde va la vida. Allí está el desafío. Que este nuevo curso sea una construcción genuina de seres humanos libres, justos y orgullosos de su historia. Porque, para Martí, educar era el único modo de salvarse; y salvar la nación es salvar la dignidad del hombre. En cada niño que aprende, en cada joven que pregunta, en cada maestro que enseña con pasión, se renueva la promesa de una patria más justa y soberana.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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