El ataque estadounidense-israelí tiene como objetivo impedir la paz, no promoverla
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Por: Michael Hudson*
El pasado 27 de febrero, el mediador de las negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán en Omán, el ministro de Asuntos Exteriores de ese país, Badr Albusaidi, desbarató la engañosa pretensión del presidente Trump de amenazar con la guerra a Irán por haberse negado a aceptar sus exigencias de renunciar a lo que el presidente de Estados Unidos afirmaba que era su intención de fabricar su propia bomba atómica. El ministro de Asuntos Exteriores de Omán explicó en el programa Face the Nation de la CBS que el equipo iraní había acordado no acumular uranio enriquecido y había ofrecido “una verificación completa y exhaustiva por parte del OIEA”.
Esta nueva concesión constituía un “avance sin precedentes. Y si podemos aprovecharlo y seguir avanzando, creo que estamos cerca de alcanzar un acuerdo” para lograr que “Irán nunca, jamás, tenga material nuclear con el que fabricar una bomba. Creo que esto es un gran logro”, afirmaba Albusaidi.
Tras señalar que este avance había pasado “muy desapercibido para los medios de comunicación”, destacó que, exigir “cero reservas”, iba mucho más allá de lo que se había negociado durante la Administración del presidente Obama, porque “si no se pueden almacenar materiales enriquecidos, entonces no hay forma de fabricar una bomba”.
El ayatolá Alí Jamenei, que ya había emitido una fatwa contra cualquier acción de este tipo y se reiteró en esa postura año tras año, convocó a los líderes chiítas y al jefe militar de Irán para debatir la ratificación del acuerdo de ceder el control de su uranio enriquecido con el fin de evitar la guerra.
Bloquear el acceso mundial a las fuentes de energía que no están bajo su control es la razón por la que EEUU ha atacado a Venezuela, Siria, Irak, Libia y Rusia.
Pero tal capitulación era precisamente lo que ni Estados Unidos ni Israel podían aceptar. Una resolución pacífica habría impedido el plan a largo plazo de Estados Unidos de consolidar y militarizar su control sobre el petróleo de Oriente Medio, su transporte y la inversión de sus ingresos por exportación de petróleo, y de utilizar a Israel y a Al Qaeda / ISIS como ejércitos mercenarios para impedir que los países productores de petróleo independientes actuaran en defensa de sus propios intereses soberanos.
Al parecer, los servicios de inteligencia israelíes alertaron al ejército estadounidense sugiriendo que la reunión en el complejo del ayatolá ofrecía una gran oportunidad para descabezar a toda la cúpula responsable de la toma de decisiones. Esto seguía el consejo del manual militar estadounidense de que matar a un líder político que Estados Unidos considera antidemocrático desatará los sueños populares de un cambio de régimen. Esa era la esperanza del bombardeo de la residencia de campo del presidente Putin en diciembre de 2025, y estaba en línea con el reciente intento de Starlink de movilizar la oposición popular para la revolución en Irán.
El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel deja claro que no hay nada que Irán pudiera haber concedido que hubiera disuadido a Estados Unidos de su antiguo objetivo de controlar el petróleo de Oriente Medio y utilizar a Israel y a los ejércitos mercenarios del ISIS y Al Qaeda para impedir que las naciones soberanas de la región emergieran para tomar el control de sus reservas de petróleo. Ese control sigue siendo un arma esencial de la política exterior estadounidense. Es la clave de la capacidad de Estados Unidos para perjudicar a otras economías negándoles el acceso a la energía si no se adhieren a la política exterior estadounidense. Esta insistencia en bloquear el acceso mundial a las fuentes de energía que no están bajo control estadounidense es la razón por la que Estados Unidos ha atacado a Venezuela, Siria, Irak, Libia y Rusia.
El ataque a los negociadores –la segunda vez que Estados Unidos actúa de este modo contra Irán– es una traición que pasará a la historia. La acción buscaba impedir el supuesto avance de Irán hacia la paz, antes de que sus líderes pudieran desmentir la falsa afirmación de Trump de que Irán se había negado a renunciar a su deseo de obtener su propia bomba atómica.
Sería interesante saber cuántos integrantes del círculo próximo a Trump apostaron fuerte a que los precios del petróleo se dispararían cuando los mercados abrieran el lunes por la mañana. La semana pasada, los mercados subestimaron el riesgo de cerrar el estrecho de Ormuz y el Golfo del Petróleo. Las compañías petroleras estadounidenses obtendrán beneficios extraordinarios. China y otros importadores de petróleo sufrirán. Los especuladores financieros estadounidenses también se forrarán, porque su producción de petróleo es nacional. Este hecho podría incluso haber influido en la decisión de Estados Unidos de interrumpir el acceso mundial al petróleo de Oriente Medio durante lo que promete ser un largo período.
De hecho, la perturbación comercial y financiera será tan global que creo que podemos considerar el ataque del sábado contra Irán como el verdadero detonante de la Tercera Guerra Mundial. Para la mayor parte del mundo, la inminente crisis financiera (por no hablar de la indignación moral) definirá la próxima década de reestructuración política y económica internacional.
Los países europeos, asiáticos y del Sur Global no podrán obtener petróleo si no es a precios que harán que muchas industrias dejen de ser rentables y que muchos presupuestos familiares sean insuficientes. El aumento de los precios del petróleo también hará imposible que los países del Sur Global paguen sus deudas a punto de vencer en dólares a los tenedores de bonos occidentales, los bancos y el FMI.
Los países solo podrán evitar tener que imponer austeridad interna, depreciación de la moneda e inflación si reconocen que el ataque de Estados Unidos (apoyado por Gran Bretaña y Arabia Saudí, con la ambigua aquiescencia de Turquía) ha puesto fin al orden unipolar estadounidense y, con él, al sistema financiero internacional dolarizado. Si esto no se reconoce, la aquiescencia continuará hasta que se vuelva insostenible en cualquier caso.
Si esta es la verdadera batalla inaugural de la Tercera Guerra Mundial, en muchos sentidos es la batalla final para decidir de qué se trató la Segunda Guerra Mundial. ¿Se derrumbará el derecho internacional como resultado de la falta de voluntad de suficientes países para proteger las normas del derecho civilizado que respaldan los principios de la soberanía nacional, libres de la injerencia extranjera y la coacción, desde la Paz de Westfalia de 1648 hasta la Carta de las Naciones Unidas? Y con respecto a las guerras que inevitablemente se librarán, ¿se salvarán los civiles y los no beligerantes, o serán como el ataque de Ucrania contra su población de habla rusa en sus provincias orientales, el genocidio de Israel contra el pueblo palestino, la limpieza religiosa wahabí de las poblaciones árabes no suníes o, de hecho, las poblaciones iraníes, cubanas y otras que sufren ataques patrocinados por Estados Unidos?
¿Pueden salvarse las Naciones Unidas sin liberarse a sí mismas y a sus países miembros del control estadounidense? Una primera prueba de fuego para ver cómo se están definiendo las alianzas será qué países se suman a la iniciativa legal para declarar a Donald Trump y su gabinete criminales de guerra. Se necesita algo más que la actual CPI, en vista de los ataques personales del Gobierno de Estados Unidos contra los jueces de la CPI que declararon culpable a Netanyahu.
Es necesario un juicio a escala de Nuremberg contra la política militar occidental que ha intentado sumir al mundo entero en el caos político y económico si no se somete al orden unipolar basado en el dominio de Estados Unidos. Si otros países no crean una alternativa a la ofensiva estadounidense-europea-japonesa-wahabí, sufrirán lo que el secretario de Estado estadounidense Rubio denominó (en su reciente discurso en Múnich) un resurgimiento de la historia occidental de conquista de los principios básicos del derecho internacional y la equidad.
Una alternativa es reestructurar Naciones Unidas para poner fin a la capacidad de Estados Unidos de bloquear las resoluciones de la mayoría. Teniendo en cuenta que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha dicho que la organización podría declararse en quiebra en agosto y tener que cerrar su sede en Nueva York, este es un momento propicio para trasladarla fuera de Estados Unidos. Estados Unidos ha prohibido la entrada a Francesca Albanese como consecuencia de su informe en el que describe el genocidio israelí en Gaza. No puede haber Estado de derecho mientras el control de la ONU y sus agencias permanezca en manos de Estados Unidos y sus satélites europeos.
*Economista estadounidense. Su nuevo libro The Destiny of Civilization, será publicado por CounterPunch Books próximamente. Artículo publicado originalmente en Counterpunch.
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