Cuando el vals llegó a América

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El vals fue un acontecimiento en la vida europea. Surgió a finales del siglo XVIII en los montes nevados del Tirol, en Austria, _cuya raíz germinal fue la danza rústica campesina llamada  landler_, hasta su llegada triunfal a Viena donde vistió de esplendor su corte. En un tiempo relativamente breve, atravesó el sendero que va desde la sencillez hasta la opulencia de los salones aristocráticos.

Se diseminó por Europa como danza sinónima de buen gusto, distinción y elegancia. A donde llegó, incorporó características del lugar de destino. Es por ello que el encanto de los valses cautiva; tanto los compuestos por Johann Strauss II hasta los de Piotr Ilich Tchaikovski, concebidos para sus ballets.

Difícil de imaginarlo, el vals constituyó un fenómeno transformador en el concepto danzario concebido hasta entonces. Todos los bailes europeos contaban coreografías y en su mayoría eran ejecutados por parejas de hombres y mujeres. Hasta entonces, a pesar de que muchas de esas danzas se referían a cortejos o historias de amor, nunca los danzantes se tomaban siquiera de las manos.

El vals cambió las reglas del baile. Con este género comenzó la aproximación física de las parejas. Más allá de tomarse de las manos, el contacto físico corporal se hizo patente, algo que echó abajo las vetustas convenciones de las sociedades europeas. Fue aceptado de buena gana en los sitios de mayor categoría, aunque es de suponer que hubo resistencia ante aquella escasa mesura.

Fue a comienzos del siglo XIX cuando el vals irrumpió en América. Países como Perú, México, Argentina y Brasil fueron tierra fértil para su proliferación y, a la vez, el surgimiento de formas mezcladas con la idiosincrasia de cada región. Es cuando surge lo que podemos categorizar como vals criollo.

En Perú, por ejemplo, uno de los valses criollos más antiguos data precisamente del siglo XIX. Se titula “Ángel hermoso” y lo compusieron los primos Abelardo y Zoila Gamarra. En el siglo XX abundó el género en ese país suramericano con creaciones de Chabuca Granda, entre ellas “La flor de la canela”, compuesto en 1950.

De Argentina son los valses “Desde el alma”, compuesto en 1911 por Rosita Melo, y “Palomita blanca” que lleva la firma de Anselmo Aieta.

Brasil tuvo en Chiquinha de Abreu a la creadora de “Lua Branca” (Luna Blanca”, otro de los valses criollos que engalanan el pentagrama latinoamericano.

En México el vals alcanzó su época de máximo esplendor entre las dos últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX. Las autorías del género registraron los nombres de Juventino Rosas, Abundio Martínez, Rodolfo Campodónico, Alfonso Esparza Oteo, Lorenzo Barcelata, María Grever, Gonzalo Curiel y Agustín Lara. Peculiaridad de los valses criollos latinoamericanos es haber aportado la modalidad cantada. Fue así como muchos de ellos dieron paso a novedosas formas del canto lírico.

Entre los compositores mexicanos poco mencionados hay dos que deseo compartir con ustedes. Uno de ellos el durangueño Alberto M. Alvarado, autor del vals “Recuerdo”, una joya musical. El otro es “Tristes jardines”, del jalisciense José de Jesús Martínez.

América Latina le aportó al mundo el vals criollo, estilo que se enseñoreó en una frontera entre dos siglos para demostrar la exquisitez de sus compositores y esa capacidad innata de adoptar géneros foráneos al imprimir en ellos la esencia propia desde su distintivo natural.

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