Atentado de Barbados: la impunidad que aún sobrevuela el Caribe

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A 50 años del crimen que segó la vida de 24 integrantes de la delegación cubana de esgrima, la justicia nunca llegó.

Hay fechas que no se borran del calendario. El 6 de octubre de 1976 es una de ellas. Ese día, a plena luz del mediodía, un avión de Cubana de Aviación que cubría la ruta Barbados–Kingston–La Habana se desintegró en el aire frente a las costas de Barbados. No fue un accidente. Fue un acto de terrorismo brutal y calculado que segó la vida de 73 personas inocentes.

Entre los pasajeros viajaban 24 jóvenes integrantes del equipo juvenil de esgrima de Cuba. Regresaban a casa eufóricos, con el trofeo que los acreditaba como campeones invictos del IV Campeonato Centroamericano y del Caribe celebrado en Venezuela. Habían ganado todos los títulos en disputa. La delegación, compuesta por 16 atletas, cuatro entrenadores, un armero y tres dirigentes, volvía con la alegría de la victoria y con un futuro prometedor por delante.

Nada de eso importó. Dos explosiones, colocadas en el interior de la aeronave, precipitaron el avión al mar. El capitán Wilfredo Pérez, Héroe Nacional del Trabajo, alcanzó a reportar una explosión a bordo antes de que la nave cayera a unas dos millas de la costa oeste de Barbados. Junto a los 57 cubanos, murieron 11 guyaneses —varios de ellos jóvenes que viajaban a estudiar medicina en la isla— y cinco ciudadanos de la República Popular Democrática de Corea.

LA MANO QUE APRETÓ EL GATILLO

El crimen no fue obra de un loco solitario. Fue orquestado por los terroristas de origen cubano Luis Posada Carriles y Orlando Bosch Ávila, quienes emplearon a los venezolanos Hernán Ricardo y Freddy Lugo para colocar los explosivos dentro del avión. Ricardo y Lugo fueron condenados a 20 años de prisión. Bosch quedó absuelto por tecnicismos. Posada Carriles estuvo detenido ocho años, pero logró huir con la complicidad de los guardias de la prisión.

Ambos encontraron refugio en Miami, donde continuaron planificando acciones violentas contra Cuba hasta el final de sus días. Ninguno de los autores intelectuales pagó jamás por el asesinato de 73 personas.

Las investigaciones posteriores, incluyendo documentos desclasificados de la propia CIA en 2005, demostraron que la agencia estadounidense tenía información concreta desde junio de 1976 sobre los planes de grupos terroristas anticubanos para hacer estallar un avión de Cubana en pleno vuelo. El propio Fidel Castro, al despedir el duelo de las víctimas el 15 de octubre de 1976 ante un millón de cubanos en la Plaza de la Revolución, fue categórico: “La CIA tuvo una participación directa en la destrucción del avión de Cubana en Barbados”.

LO QUE NUNCA PODRÁ DEVOLVERSE

Han pasado casi cinco décadas. Los gobiernos pasan, las generaciones se suceden, pero hay cosas que el tiempo no repara. Ningún fallo judicial, ninguna condena tardía, ningún gesto de arrepentimiento podrá devolver la vida a esos 24 jóvenes esgrimistas que soñaban con seguir compitiendo por Cuba. No podrá devolver la alegría a esos padres que vieron partir a sus hijos con una medalla al cuello y los recibieron, días después, en ataúdes cerrados.

El Instituto de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) lo expresó con una frase que aún estremece: “De nuestros atletas solo llegaron a la patria el trofeo que conquistaron invictos, el Diploma de la Victoria y la bandera nacional, que escoltó sus triunfos, pero las medallas de oro que ganaron para Cuba brillarán siempre en sus pechos de campeones”.

Ese es el legado. No el de la justicia, que nunca llegó. Sino el de la memoria. Cada 6 de octubre, en Cuba se celebra el Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado. Cada año, familiares, deportistas y pueblo en general peregrinan al cementerio Cristóbal Colón y a la Escuela Superior de Formación de Atletas de Alto Rendimiento Cerro Pelado para rendir tributo a los caídos.

La herida sigue abierta. No por rencor, sino por memoria. Porque mientras los autores intelectuales murieron en la impunidad más absoluta, 73 familias cubanas, guyanesas y coreanas siguen esperando una justicia que nunca llegará. Y porque crímenes como el de Barbados no deben repetirse jamás.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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