Jornada por la Cultura Cubana: un acto de identidad, memoria y resistencia
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Cada año, cuando el 10 de octubre se enciende la llama de la Jornada por la Cultura Cubana, no se trata de un simple ciclo de conciertos, exposiciones o galas. Se trata de un ejercicio de memoria colectiva que convoca a un pueblo entero a mirarse en el espejo de su propia historia. La jornada, que se extiende hasta el 20 de octubre, no es un paréntesis festivo en el calendario nacional; es la constatación de que en Cuba la cultura no es un ornamento, sino el sostén mismo de la nación. Como ha señalado el intelectual Abel Prieto, en el armazón y el espíritu de la política cultural de la Revolución están los aportes fundamentales de Fidel Castro y Armando Hart, dos hombres que entendieron la cultura como patrimonio compartido y como instrumento de liberación. Esa es la primera trascendencia de esta jornada: recordar que la identidad cubana nació de la fusión entre la lucha por la libertad y la vocación espiritual de un pueblo.
La elección de las fechas no es casual. El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes proclamó en La Demajagua la emancipación de Cuba, dando inicio a la Guerra de los Diez Años. Diez días después, el 20 de octubre, las tropas mambisas entraron en Bayamo y el pueblo entonó por primera vez lo que sería el Himno Nacional. Esa conjunción entre el grito de independencia y el canto de la patria sintetiza una verdad esencial: en Cuba, la independencia política no puede sostenerse sin independencia cultural. La Jornada por la Cultura Cubana es, por tanto, un acto de justicia histórica que honra a quienes comprendieron que la libertad se conquista también con versos, con música, con pensamiento. No es una celebración elitista confinada a galerías o escenarios; es una fiesta popular, una convocatoria al reconocimiento colectivo de lo que somos.
La trascendencia de esta jornada para el pueblo cubano radica en su capacidad de resistir en medio de la adversidad. En un contexto marcado por carencias materiales y la ansiedad que dificultan la capacidad emancipadora de la cultura, la Jornada se asume no solo como celebración, sino como acto de resistencia. Los artistas, los instructores de arte, los trabajadores de la cultura siguen siendo asidero para la vida espiritual de las provincias, a pesar de todo. Esa constancia, ese sacrificio, ese talento que se impone ante los avatares, es la prueba de que la cultura cubana no es un lujo de tiempos prósperos, sino una necesidad de tiempos difíciles. El pueblo lo sabe, y por eso participa, se apropia de los espacios, defiende lo suyo.
La edición de este año tiene un peso simbólico extraordinario. La Jornada está dedicada al centenario del natalicio de Fidel Castro y al aniversario 50 de la fundación del Ministerio de Cultura. Fidel no solo fue el líder político de la Revolución; fue también el hombre que pronunció las Palabras a los Intelectuales, que advirtió que la colonización simbólica podía ser tan nefasta como la económica, y que insistió en que lo primero que hay que salvar es la cultura. El Ministerio de Cultura, por su parte, llega a sus cinco décadas con la altísima responsabilidad de dirigir, orientar y garantizar la defensa y el enriquecimiento del patrimonio cultural de la nación. Celebrar ambos hitos en el marco de esta jornada es reconocer que la Revolución hizo de la cultura un derecho y no un privilegio, como lo expresara Alejo Carpentier al decir que habían terminado los tiempos de soledad para el escritor cubano.
La trascendencia de esta jornada también se mide por su capacidad de descentralización y de llegada a las comunidades. El programa no se limita a La Habana; se extiende a Matanzas, que acoge el acto central de las Brigadas de Instructores de Arte José Martí; a Holguín, con la Fiesta de la Cultura Iberoamericana; a Sancti Spíritus, con el Encuentro de Agrupaciones Centenarias; a Villa Clara, con el Encuentro de Bandas de Concierto; y a Bayamo, con la Fiesta de la Cubanía. Esa voluntad de llevar la cultura a todos los rincones del país tiene un valor inmenso en un momento en que las fuerzas del mercado y la globalización tienden a concentrar la creación artística en unos pocos centros. La Jornada por la Cultura Cubana es una afirmación de que la cultura pertenece al pueblo, y que el pueblo tiene derecho a disfrutarla y a crearla, sin importar dónde viva.
Hay, además, una dimensión que trasciende las fronteras nacionales. La Jornada por la Cultura Cubana no es solo un asunto interno; es una afirmación de soberanía cultural frente a la guerra cognitiva que se libra contra la isla. Abel Prieto ha alertado que en las redes sociales digitales existe una contienda contra el orgullo de ser cubano, que quieren hacernos sentir inferiores para destruir la Revolución. Frente a esa embestida, la cultura se erige como un escudo y como una espada. El historiador Ernesto Limia ha recordado que el arte legitima la política, y de ahí se deriva una misión indiscutible de la cultura: enfrentar la guerra cognitiva, defender la cubanía, la Patria, la Revolución y el Socialismo. La Jornada por la Cultura Cubana es, en este sentido, un acto de desobediencia simbólica, una manera de decir al mundo que Cuba no renunciará a su identidad.

La trascendencia de esta celebración también alcanza a las nuevas generaciones. La Jornada dedica un espacio central a la Brigada de Instructores de Arte José Martí, que cumple 22 años de fundada por Fidel, y a la Asociación Hermanos Saíz, que llega a sus 40 años. Estos colectivos, junto a la Universidad de las Artes, son la cantera donde se forja el futuro cultural de la nación. La jornada es una oportunidad para que los jóvenes artistas se encuentren con los maestros, para que las tradiciones se transmitan y se reinventen, para que la cultura cubana no se fosilice en un museo, sino que siga viva, palpitante, en las calles, en las escuelas, en las comunidades. Esa continuidad generacional es, quizás, la mayor garantía de que la cultura seguirá siendo, como dijo Martí, la única salvación de los pueblos.
Finalmente, la trascendencia de la Jornada por la Cultura Cubana reside en su capacidad de recordarnos que la cultura es la Patria. No es una frase retórica; es una verdad profunda que se hace tangible en cada concierto, en cada exposición, en cada lectura de poesía, en cada gala de ballet. La cultura es la urdimbre espiritual que ha garantizado la identidad del pueblo cubano a lo largo del tiempo; en ella se encuentran los valores, las tradiciones, las aspiraciones y la memoria que dan sentido a la existencia colectiva. Celebrar la cultura cubana es celebrar la capacidad de un pueblo para reinventarse sin perder su esencia. Es recordar que, incluso en los momentos más difíciles, Cuba ha sabido salvar lo primero que hay que salvar: su cultura. Y en esa certeza radica el sentido más profundo de esta Jornada, que no termina el 20 de octubre, sino que se prolonga en el día a día de un pueblo que se niega a renunciar a sí mismo.
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