Una vieja goleta todavía zozobra en Norteamérica
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“Era el 29 de junio de 1839 y La Amistad se agitaba en las turbulentas aguas de la costa de Cuba. Había zarpado de La Habana tres días atrás, pero la tormenta empujaba al barco, su tripulación y su carga, desviándolos cada vez más de su curso”. Así es como presenta el escritor Alexs D. Pate en el primer capítulo de Amistad (1998), el atribulado viaje de una embarcación en el que van prisioneros un cincuentenar de africanos sometidos al yugo de la trata de esclavos.
Como esa, cientos de otras goletas surcaron el Atlántico durante aquellos terribles años de esclavitud decimonónica a manos de potencias extranjeras como España, Portugal o Inglaterra, que desde hacía más de un siglo habían observado en ello un negocio redondo, convirtiendo en tristemente célebres a no pocas figuras como Pedro Martínez, considerado el último negrero importante de las Américas. De todos esos navíos fue aquel, de origen español, el llamado a convertirse en protagonista de un hecho histórico que estuvo marcado por la lucha de los derechos civiles no solo de los Estados Unidos sino de la decadente monarquía hispana regida por la entonces niña Isabel II.
Lo narrado por Pate en Amistad ya había sido escrito desde otra perspectiva por un prosista llamado David Pesci y después de él, por el director de cine Steven Spielberg en una película homónima con el apoyo del guionista David Franzoni. Inspirada en ese libreto, nació la novela de marras, encargada por Dreamsworks/SKG y rápidamente convertida en éxito de ventas del New York Times.
Así pues, si usted es de los que -como este periodista- no ha visto todavía la elogiada cinta del señor Spielberg, puede buscar tanto la novela histórica de Pesci como la de su colega, si desea conocer cómo un humilde cultivador de arroz de la tribu mendé, se convierte en protagonista junto a sus compañeros de una sangrienta rebelión a bordo de la goleta española, en un intento por liberarse de las fuerzas al mando. Para su desgracia, el joven Sengbe-Cinque y el resto de los tripulantes son engañados y el barco es interceptado por oficiales de la marina estadounidense y llevado luego al puerto de Connecticut para ser juzgados por sus actos.
A partir de ese momento, el narrador se las ingenia para sumergirnos en una compleja batalla legal con múltiples aristas: por un lado pesa la acusación de piratería y asesinato de los africanos, y por el otro la intervención del gobierno de España apoyado por el pelele de Isabel II, para recuperar el cargamento de esclavos, considerados propiedad del reino.
En medio de la nueva tormenta, aparecen los miembros del incipiente movimiento abolicionista en Estados Unidos, quienes vieron en el caso una posibilidad única para “luchar contra un león que amenaza con partir en dos a nuestro país”; hombres y mujeres que, a la sazón, anhelaban más que nunca encontrar veracidad y hacer efectivos los principios fundamentales de la Constitución norteamericana.
En 27 capítulos y un epílogo, Alexs Pate muestra los tortuosos caminos de la libertad, plagados por el chantaje, el oportunismo, el sometimiento del hombre por el hombre y también por las limitantes de una barrera idiomática que impide cualquier resolución. Pero más que cualquier otro aspecto, nos ilumina poco a poco la senda de la verdad, a la cual solo se llega a través de las dudas; con la formulación constante de las preguntas del protagonista, apelando igualmente cuando es necesario a la autocrítica, como sucede en ese brillante capítulo 25 donde descuella el expresidente John Quincy Adams en calidad de abogado defensor.
A 187 años de aquel suceso de gran notoriedad histórica, todavía resuenan en el aire las significativas palabras de Adams en medio de la sala judicial: “Nos han hecho entender que sólo somos lo que fuimos”, en un país que todavía se desangra por el racismo y formas solapadas de esclavitud moderna, que continúa dividido -tal vez hoy más que ayer- en la renga polémica de los derechos y las libertades plenas de sus ciudadanos.
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