Mandela: leyenda e ícono de las fuerzas progresistas
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Nelson Mandela, cuyo aniversario 108 de nacimiento conmemoraremos en breves días, el próximo, 18 de julio, se convirtió en el primer mandatario sudafricano elegido por la vía democrática bajo sufragio universal.
Poseedor del cariño y la admiración de su pueblo, fue conocido allí como Madiba, título honorario adoptado por ancianos de la tribu de su familia, y también como mkhulu (abuelo).
Veintisiete años, durísimos, en las más penosas condiciones, vivió el presidente del Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) en prisión. No obstante, jamás retrocedió en sus convicciones, en su férrea decisión de liberar del yugo racista a su pueblo.
Desde la prisión de Robben Island, se convirtió en una leyenda, en icono de las fuerzas progresistas mundiales. Tal aureola no le convenía al gobierno sudafricano, el cual en 1984 le ofreció liberarlo a cambio de que se recluyera en uno de los bantustanes creados por los descendientes de los boers, como supuestas entidades “independientes” de Pretoria.
El presidente Botha le propuso excarcelarlo si renunciaba a la lucha armada, a la cual Mandela llevó a sus partidarios tras convencerse de que era la única manera de provocar cambios en el contexto africano, pues con la vía pacífica al estilo de Gandhi, adoptada por él y los suyos en los inicios, muy poco pudo hacerse. Su respuesta, tajante, fue la siguiente: “Los prisioneros no pueden asumir contratos. Solo pueden negociar los hombres libres”.
La estatura humana de Mandela era tal, que hasta sus adversarios la reconocían. El mismísimo Botha, que le prolongó su presidio por no aceptar sus indecorosas ofertas, expresó una vez: “Mi primer encuentro con Mandela en libertad fue impresionante y nunca olvidaré sus palabras. En las mismas no había amargura o sed de venganza, ni una sombra de odio. En ningún momento, durante su alocución, intentó explotar o mencionar el hecho de que había estado 27 años en la cárcel”.
Ante el peso de la opinión pública mundial contra el injustificado encierro durante más tiempo del que nadie hubiera podido imaginar de un prisionero político querido en el planeta, y la presión determinante de la victoria cubano angolana en el cono sur africano, a la larga el nuevo presidente de Sudáfrica, Frederick De Klerk, no tuvo más remedio que sentar las bases para la eliminación del régimen segregacionista y liberar al connotado reo de la prisión de máxima seguridad de Robben Island.
Abandonó el devastador presidio, en 1990, aún con energías, ánimos y arrestos para continuar la lucha.
Un año después visitó a Cuba, donde reconoció el aporte decisivo de los cubanos en África. Los lazos entre el luchador y nuestro país resultaron históricos, en tanto la decisiva victoria de las fuerzas cubanas y angoleñas en Cuito Cuanavale propició la independencia de Namibia y favoreció su liberación de aquella celda inmunda de un metro y medio por un metro y medio, donde los segregacionistas blancos lo tuvieron encerrado durante más de un cuarto de siglo.
Dos años más tarde de su visita acá, le concedieron el Premio Nobel de la Paz. En un lapso menor a las cuatro décadas y medias recibió cerca de 130 lauros y condecoraciones.
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