No al colonialismo cultural
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Me atrevería a asegurar que, de todos los peligros que enfrentan los pueblos, al que más le temen es al colonialismo cultural, incluso aunque ignoren el concepto. Es un mal que avanza solapado, que se mueve entre las rendijas que la inteligencia no cubre y que, involuntariamente, se atribuyen a la ignorancia. Además, se especializa en el manejo de las emociones y los sentimientos desde los hilos de la sensibilidad humana. A diferencia del colonialismo político o militar, opera en la invisibilidad y se muestra solo cuando ha afianzado su posición estratégica.
La soberanía militar se alcanza apertrechándonos de métodos, preparaciones, recursos, estrategias y armamentos; la política, fortaleciendo los sistemas de gobierno; y la cultural, afianzándose a los valores auténticos de la cultura. Es por ello que expresó nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, en el discurso «Palabras a los intelectuales»: “…lo primero que hay que salvar es la cultura”. Porque para detener, para vencer y aplastar el colonialismo cultural, hay que desarrollar la cultura, potenciar la creación auténtica, defender los nichos de creación autóctona, orgánica y resultado de una expresión comunitaria y social. Y hay que defender, por encima de todo, las costumbres, las tradiciones y las expresiones humanas que generan pensamiento.
Son múltiples los ejemplos de que la Revolución Cubana, desde su triunfo, ha dedicado todos sus esfuerzos a proteger su cultura: acciones que van desde la campaña de alfabetización hasta los más recientes candidatos vacunales contra el cáncer. Podemos decir que en la cultura de los cubanos está integrado, como un rasgo o como una cualidad, el actuar con creatividad y paciencia bajo la mayor presión externa. Para cualquier otra nación habría sido imposible mantener integrada su cultura cuando, durante seis décadas, ha tenido que contrarrestar ataques desmedidos en todos los frentes y se ha visto precisada a invertir más en protegerse que en el propio desarrollo.
Una revolución verdadera es aquella que trabaja para generar el capital, producir los medios y formar los recursos humanos que demanda. El capital se puede lograr produciendo, exportando y construyendo; los medios de producción se compran, se intercambian o se inventan; pero el recurso humano se forma con la integración total de todos los procesos sociales, desde las maneras y los modos en que se generan los capitales, hasta las formas y los hábitos que tienen los núcleos poblacionales de recrearse o instruirse. Consciente de todo esto, la dirección del país ha instituido emisoras radiales y televisivas en todos los territorios, a la par del desarrollo de todas las artes y los deportes. Porque para que un pueblo tenga una capacidad de gestión suficiente, debe alcanzar la suficiencia en el desarrollo cultural de todos sus hijos y velar por sanos espacios de ocio y recreación.
Muchas veces, seres cultos, mujeres y hombres bien preparados, con altos niveles de estudio, no son capaces de develar el trasfondo neocolonial de algunos de los programas televisivos producidos por sociedades capitalistas. Algunos hasta aseguran que los cuentos de hadas y princesas no pueden provocar ningún daño en nuestros infantes. Cuando se funden calidad y creación, es muy difícil detectar los resortes o principios que trazan o redimensionan nuevas líneas de pensamiento y que, solapadamente, nos van encaminando hacia otra manera de pensar, donde la belleza es un don y el dinero, la realización. Con sutileza, los mensajes van condicionando las maneras de pensar.
Hoy, cuando el bloqueo multiplica sus pisadas sobre la nación; cuando se asfixian todos los conductos y canales posibles de respiración; cuando se pretende comprar y comprometer a nuestros hermanos; cuando se edifica el odio como relación posible, hay que afianzarnos a nuestra cultura, a nuestras raíces; hay que dejar que los orishas se expresen más con sus cantos y bailes; hay que seguir fortaleciendo la abnegada labor de los instructores de arte y las casas de cultura, para que el mambo y el chachachá tomen las plazas como el casino.
Es importante que el ejército de artistas aficionados siga construyendo trincheras emocionales, que los centros docentes vuelvan a ser el centro de las comunidades y que las universidades generen perspectivas juveniles. El arte tiene que seguir dialogando y gestando espacios de debate, seguir atrayendo y conmoviendo. Aun con la opción cero de recursos, hay que gestar las competencias deportivas entre centros, barrios y municipios.
Es vital que la radio y la televisión, con su dualidad de grandes medios de comunicación y amplias plataformas culturales, junto a la información oportuna, veraz e inmediata, tengan una programación cultural nacional de calidad. Es esencial que cada radio provincial o cada telecentro genere espacios y programaciones de competencia nacional. Meditemos: si cada uno de los 17 telecentros existentes produjera un cuento, una serie o un dramatizado, y todos pudieran exhibirse en los canales nacionales, cuánto aportaría esto a la programación, y sería una manera de encontrar caminos, como ya lo ha hecho la radio.
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