Día de la Prensa: de la probeta al micrófono, la fórmula exacta de la voz humana

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Suele decirse que el periodismo, bien entendido, hereda el rigor de las ciencias exactas pero abraza la incertidumbre de lo humano. En un laboratorio de Química, aprendí a medir, a pesar y a buscar la reacción justa e inequívoca; descubrí que el mundo se rige por fórmulas y cálculos sin margen para la duda. Y, sin embargo, hoy celebro un oficio donde la materia prima es la palabra y el producto final, una reacción impredecible llamada emoción.

Como en toda buena reacción, hizo falta un catalizador. Tuvo nombre y lugar: Radio Guáimaro, en la tierra agramontina de Camagüey. Allí, en 2002, cambié el matraz por el micrófono y la bureta por el guion. Me quedé 18 años. No fue un simple empleo, sino una universidad de asfalto y pueblo.

En la emisora guaimareña no hubo espacio para la especialización estática. En propaganda —mediante menciones, promociones y hasta jingles— aprendí a transmitir un mensaje claro y directo. Constaté que esta labor, bien entendida, es también comunicación popular: llegar al corazón de la gente de manera precisa, sencilla y entendible. Fue mi primera escuela de síntesis, de decir mucho en pocos segundos y lograr que la palabra exacta, acompañada de música, se quedara en la memoria colectiva.

Las investigaciones sociales calaron hondo en mí: salir a la calle con encuestas y grabadora, como extensiones de las manos, en busca de la verdad. También exploré, a través de los guiones, cómo hilar cada expresión para dar ritmo y dramaturgia a los programas juveniles; como locutora, sentí en el estómago el vértigo de estar en vivo. En este arte debo un profundo agradecimiento al consagrado profesor camagüeyano Francisco Rivero (ya desaparecido), quien pulió mi voz y me enseñó que cada frase dicha al micrófono conlleva una responsabilidad estética y emocional.

En el periodismo descubrí que cada persona tiene una historia que merece ser contada; y con la edición digital me he asomado a las nuevas tecnologías que hoy son herramientas cotidianas. En la radio de pueblo se forjan los periodistas de verdad, esos que asumen cualquier tarea porque la comunidad lo necesita.

Luego, el destino me trajo a la Perla del Sur. En 2020 comencé un nuevo capítulo en Radio Ciudad del Mar (RCM), la emisora provincial. Aunque la pandemia intentaba silenciarlo todo, la radio siguió hablando. Allí continué destilando realidades en la cabina, confirmando que la voz, bien modulada, puede ser tan precisa como una pipeta. El cambio de emisora implicó un reajuste, pero el principio activo seguía siendo el mismo: contar historias con rigor y corazón.

Desde 2023, mi tributo a la profesión encuentra nuevo cauce en las letras impresas y digitales. En el sitio web del periódico 5 de Septiembre —voz y espejo de los cienfuegueros— me sumerjo cada vez más entre párrafos. La tinta virtual ha venido a acompañar al sonido, pero el propósito es inmutable: llegar al corazón de la gente, siempre con la verdad por delante.

En este 14 de marzo, Día de la Prensa Cubana, no puedo evitar mirar atrás y ver la ecuación de mi vida resuelta con belleza. La Química me enseñó la disciplina del dato y la rigurosidad del método. El Periodismo, que detrás de cada cifra hay un latido. Y la Radio, esa vieja hechicera que conocí en Guáimaro y abracé en RCM, me enseñó que la voz —hablada o escrita— es el vehículo perfecto para transportar la verdad sin que se rompa en el camino.

He consagrado mi vida a narrar los relatos de la gente común, esos que no aparecen en los grandes titulares pero que son la tinta con que se escribe la historia real. Y lo he hecho siempre alineada a mis principios revolucionarios —brújula que me impide extraviar el rumbo— y a una ética periodística que me obliga a ser justa, a contrastar, a no herir con la palabra. Porque un vocablo mal empleado quema, corroe; dicho con justicia, construye, une y sana.

Hoy, desde la redacción digital del 5 de Septiembre, llevo la química a este teclado con la misma responsabilidad con que antes manejaba ácidos. Cuando escribo, aún resuena el eco de aquella primera cabina en Guáimaro, el olor a redacción en Cienfuegos, la calidez de un pueblo que me ha enseñado que la noticia, para ser cierta, tiene que ser humana.

A mis compañeros de ruta, a esos profesionales de los medios que madrugan con el campo y trasnochan con la ciudad, que ponen el cuerpo y la voz en la primera línea: gracias. Gracias por seguir creyendo en la magia de contar. Por ser ingenieros de lo imposible, científicos de lo cotidiano.

Que nuestra crónica de cada día sea siempre una reacción en cadena de humanidad. Porque, al final, el periodismo es eso: la fórmula exacta para que la voz de un pueblo nunca deje de escucharse.

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Barbara M. Cortellan Conesa

Ingeniera Química por la Universidad de Camagüey. Diplomada en Periodismo. Máster en Ciencias de la Comunicación. Periodista-Editora del diario 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba.

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