Una herencia que espera ser heredada | 5 de Septiembre.
jue. Dic 12th, 2019

Una herencia que espera ser heredada

Ubicada en esquina Arguelles y Prado la casa del vino La Fernandina abre sus puertas desde las 10 de la mañana hasta las 12 de la noche./ Foto: Juan Carlos Dorado

Los orígenes del vino son tan difusos que muchos especialistas ubican la elaboración primitiva de bebidas a partir de las uvas alrededor del 6000 y 5000 antes de Cristo (a.C.), mientras que otros indicios arqueológicos advierten su surgimiento en la Edad de Bronce (3000 a.C.). El empleo de la uva primigenia, conocida como Vitis vinífera sylvestris, se sitúa en los territorios al sur del Cáucaso, entre Turquía, Armenia e Irán.

Algunos estudiosos fijan la primera cosecha en Súmer, ubicado en la antigua Mesopotamia. De ahí llegó hasta Egipto y a pesar de la primacía de la cerveza, el vino se consideró una bebida lujosa solo para sacerdotes y la nobleza, aunque las clases bajas podían disfrutarlo en las festividades. Dada su importancia también fue empleado en el proceso de embalsamamiento para la limpieza de los cadáveres.

La Grecia clásica no escapó de los encantos del vino. Sobre el 700 a.C. los griegos comenzaron a degustarlo y emplearlo en diferentes actividades sociales, incluso le destinaron una divinidad: Dionisio. Diversas regiones griegas como Rodas, Lesbos, Eritrea, Corinto e Icaria, entre otras, desarrollaron particulares maneras de procesar la vid.

Los romanos también conocen de la bebida y cambian el nombre de Dionisio por Baco. Es en este contexto que surge la figura del vinatero (vinicultor), quien se dedicaba a la aromatizar, guardar la cosecha y blanquear el vino. Su extensión termina en actividad económica y se extiende por toda Europa hasta llegar a España, de donde los conquistadores lo importaron hacia el Nuevo Mundo.

En América la producción vinícola comienza con la conquista, pues no existen pruebas anteriores de estas prácticas. La dificultad para transportar el vino desde la península ibérica hasta los territorios conquistados originó las plantaciones en este lado del mundo. A partir de 1564 cada barco que salía rumbo a las Indias cargaba con un número de vides. Las condiciones climáticas se impusieron y los viñedos coloniales se poblaron de variedades criollas y más tarde se introdujeron variedades hechas a partir de las frutas del trópico.

EL VINO, DE CUBA A CIENFUEGOS

Aunque Cuba no es propiamente un país vinícola, y otras bebidas gozan de mayor aceptación entre los pobladores de la Isla, fuimos arrastrados también con la oleada de la conquista e importamos todas las costumbres de los peninsulares. El consumo del vino se situó alrededor de las Navidades y otros días festivos desde esa etapa hasta la República. Después de 1959 llegaron a La Habana distintas variedades que fluctuaban entre marcas rústicas y otras más elaboradas provenientes de España, Chile y Argelia. En la década del ’80 los lazos entre Cuba y la Europa Oriental también pueblan los mercados de vinos rusos, búlgaros, albaneses y húngaros.

En Cienfuegos, según el vinicultor Héctor Ledesma Cañellas, antes del triunfo de la Revolución existían cinco fábricas, entre las que destacaban la San Carlos y la San Lino, y el vino más famoso de estas producciones era el de fruta bomba.

“Posteriormente, desaparecen las fábricas y vuelve a ponerse en práctica la tradición. Comienza un auge en la fabricación de vinos artesanales que llega hasta hoy,cuando existen dos clubes con alrededor de 66 vinicultores”, agrega.

El club Guanaroca surge en 1989 y de él de desgaja el Jagua, que inicia en el 2000 bajo la presidencia de Juan Padilla Pedraja. Ambos clubes realizan actividades culturales y técnicas,en las que, a través de la degustación y la crítica, mejoran sus producciones artesanales.

Los fabricantes tienen un Evento Provincial de Vinicultores donde exhiben sus creaciones y otro de carácter nacional donde también compiten. “En el último Festival Nacional de Vinos (XXVI edición), realizado en Morón, se presentaron 117 muestras y ganó un integrante del club Jagua, Orelvys Rodríguez Calderón, con un vino semiseco; y Francisco Casañas, otro miembro, obtuvo el segundo lugar”, expresó Juan Padilla Pedraja.

LA FERNANDINA, UNA CASA PARA EL VINO LOCAL

En la esquina Argüelles y Prado se erige un cartel llamativo en el que se lee Casa del Vino La Fernandina. Donde otrora existiera un bar, desde el 15 de septiembre de 2015 se inaugura un sitio para la venta y disfrute del vino producido en la Perla del Sur.

Contrario al pensamiento popular, la casa del vino no es una iniciativa privada sino estatal, aunque “el sistema de comercialización responde a la producción particular. Todos los vinicultores de Cienfuegos pueden traer sus botellas siempre que cumplan con determinadas normas de presencia y calidad, incluida la licencia sanitaria; el pago al productor se hace cuando se vende su vino. Solo se solicitan por parte de la casa los vinos de mayor demanda”, dijo Ledesma Cañellas.

La iniciativa partió de un subproyecto del Movimiento Nacional de la Agricultura Urbana y Suburbana y responde al sueño de los vinicultores de acá de expender sus vinos a una población que, por cultura, aún no adopta al vino dentro de sus bebidas preferidas.

Muchas obras construidas en Cuba no responden desde su ubicación y horarios a estudios de consumo. La Fernandina, a pesar de ser una opción con muchos atractivos, es una de ellas. Su horario se extiende desde las diez de la mañana a las doce de la noche, siendo la nocturnidad el espacio de más afluencia, mientras que de día la venta se circunscribe más a la compra de botellas enteras.

Cerca de trece variedades se venden en el local, con sabores que provienen, entre otros, de la guayaba, la uva parra, marañón, manzana e higo;“pero los más vendidos son el tinto y los dulces, esos salen diarios y los tragos oscilan entre tres y cinco pesos”, aseguró Yaquelin Chávez Pérez, trabajadora fundadora de la institución.

El precio de los vinos blancos oscila entre 32 y 48 pesos, mientras que el tinto, a 80, es el más costoso por lo encarecida que resulta su producción.

Con casi 73 años, José Antonio López González, es un vinicultor que agradece el surgimiento de esta casa, “porque la provincia necesitaba esto por lo que tanto hemos luchado y que me ha dado la oportunidad de exponer y vender mis vinos aquí de una forma limitada, porque la producción no es tan grande”.

Definitivamente, los cubanos, como los egipcios, prefieren la cerveza por encima del vino. La casa del vino y el universo de sabores que nos ofrece contará con la negativa de muchos, pero poco a poco, irá convirtiéndose en herencia de la tradición y contribuyendo a culturizar, para bien, nuestros paladares.

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Más de una decena de vinos de origen cienfuguero se expenden en La Fernandina. /Foto: Juan Carlos Dorado
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