Quivira es el nombre del silencio

Varios cubanos fueron instructores militares en África. Foto: Tomada de Internet
Varios cubanos fueron instructores militares en África. Foto: Tomada de Internet

Nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja. El encuentro había sido acordado hacía ya varios días. No obstante, Luis Hernández Querol no tuvo tiempo de prepararse, de organizar bien las ideas que durante tantos años lo acompañaron como una sombra esperando a revelarse.

Su esposa nos sirvió un vinito para entrar en calor y nosotros, grabadora en mano, nos preparamos para escuchar su historia, la misma que tuvo que esconder durante varios años. En consecuencia, por su mente no solo desfilaban vertiginosamente las vivencias, sino además las personas con las que había compartido el mismo espacio y tiempo.

“Sí. Yo conocí al Che personalmente cuando estaba de Oficial Operativo en la Unidad Militar (UM) 1520 aquí en Cienfuegos. Quien estaba de guardia en la puerta me comunicó la entrada del Comandante Guevara y lo recibí en el Oficial de Guardia. Me le presenté y le di el parte, él me hizo una seña para que me pusiera cómodo, me dio la mano y me preguntó por el jefe de la unidad.

“En aquella época, la visita de un jefe de esa magnitud se veía con mucha más naturalidad. No llamaba tanto la atención el haber visto a algún integrante del alto mando como tal vez podría tenerlo ahora. Antes de toda esta operación en África también estuve con el hoy General de Cuerpo de Ejército Joaquín Quintas Solá durante la lucha contra bandidos, y nosotros lo veíamos como algo normal”.

Este testimonio es en homenaje a Luis Hernández Querol, quien falleciera este 27 de mayo.
Este testimonio es un homenaje a Luis Hernández Querol, quien falleciera el pasado 27 de mayo.

Querol reconoció que la invasión yanqui por la Bahía de Cochinos no fue sino el detonante de su vida militar, la cual lo llevó a participar en una misión secreta en los países del continente negro.

Leonardo Herrera Quivira sería su nueva identidad. Como asesor técnico agrícola para la República Popular de Guinea Conakri se encaminó a preparar a los Movimientos de Liberación Nacional allí, que sirvieron de apoyo a los luchadores en Guinea-Bissau y El Congo.

¿Cómo llega usted a esa operación?

“Yo trabajé como oficial operativo en la UM 1520 de aquí, de Cienfuegos. Entonces, en el año 1964, llegó un compañero, jefe de cuadros de la unidad, y me dijo: Querol, vas para El Congo. Yo estuve de acuerdo.

“Me quedé esperando y me mandaron a buscar de la oficina del jefe de la unidad militar. Éramos trece compañeros, ahí nos explicaron las indicaciones de lo que íbamos a hacer, recalcando que era con la más absoluta discreción. Luego de esto, nos llevaron para una unidad en Rancho Consuelo con el objetivo de pasar un curso de artillería.

“Cuando nos reunimos, vimos que todos éramos de piel oscura. Ahí nos dijeron: Ustedes son un grupo de militares, negros, que van a cumplir una misión secreta en el África. Ese era el motivo de tanto misterio. Después nos llevan para La Habana, en Miramar, a la UM 1546. En ese lugar se reunían los militares que iban a cumplir misión en esa época”.

¿Recibieron ustedes algún tipo de preparación a partir de ese momento?

“En La Habana nos preparaban en un lugar que le decían La Amazona. Empezamos a recibir instrucciones sobre pirotecnia. Recuerdo que a mí me encomendaron destruir una columna de cemento enorme, utilizando TNT y C4. Me dieron clase también de mortero, tanto del 82 mm como el de 120 mm, junto a otros tipos de armas de artillería terrestre.

“En una lomita que había por allí, realizábamos el tiro. Yo era el jefe de la pieza compuesta, además, por otros dos compañeros: un apuntador y un proveedor. Nos metimos en todo el lomerío de Pinar del Río, cargando con el mortero, que pesaba una barbaridad”.

¿Para qué parte del África fue usted?

“Al principio nosotros sabíamos que era en ese continente, pero desconocíamos el lugar exacto, así como la forma en la que íbamos a pelear. Salimos en un barco y desembarcamos directamente en un lugar llamado Conakri. Posteriormente nos visitó el embajador cubano, Oramas (Oscar) era su apellido si mal no recuerdo, y nos dijo que nosotros habíamos ido a cumplir una misión e íbamos a ser ubicados allí temporalmente, hasta que se decidiera después el próximo destino.

“A mí no me mandaron directamente a cumplir la misión. La decisión que tomaron conmigo fue la de mantenerme en ese sitio para impartirle clases de preparación combativa a los lugareños”.

¿Cuál era el objetivo fundamental de su misión?

“Al principio, la idea era ir al África a pelear. No instruir a la gente, sino luchar. Nosotros íbamos infiltrados en el barco, no nos debía ver nadie durante los trece días que duró al viaje a Conakri. Ya en el lugar, nosotros, además, con la preparación que habíamos recibido, teníamos que defender la retirada de las tropas de Guinea Bissau en caso de revés.

“Éramos ochenta negros primero, pero a la mitad la envían a Guinea Bissau, no con la misión de luchar, sino también de instruir y nosotros nos quedamos en Conakri con el objetivo de preparar a quienes lucharían en Bissau, la misión nuestra no fue el combate directo con el enemigo. Pero nosotros estábamos ahí para lo que hiciera falta. Yo particularmente, además de impartir clases, tuve la oportunidad de ir a la frontera a mirar cómo era la situación, vestido de verde olivo, pero de ahí nos sacaron otra vez para seguir dando clases”.

¿Cuánto tiempo estuvo usted allá?

“Bueno yo me fui en el año 66 y en el 68 regresé. El retorno se realizó en una embarcación llamada Pino del Agua. Pero, no fue tan fácil volver a Cuba. Estuvimos atrincherados como tres meses, esperando que nos fueran a buscar, aunque ya nuestra misión se daba por cumplida, según nos habían informado”.

Y la nuestra como periodistas, también lo estaba. El interés era indagar sobre ese período en específico. Aquel Fórum Patriótico Militar e Internacionalista que teníamos en la semana siguiente, nos obligó a desdeñar muchas otras anécdotas valiosas de la vida de este hombre, cuya historia en su estado puro, comenzaba  a olvidar por los fallos de la memoria. Querol no necesitaba disculparse.

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