Novela esencial

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Esperando a los bárbaros constituye una novela apasionante, que destaca por su elaboración de escenas breves, la sobriedad en el lenguaje, elocuencia en los diálogos y su escritura apretada, directa y precisa./Foto: Internet

El Magistrado, personaje central de Esperando a los bárbaros (J. M. Coetzee, 1980), es un hombre que no ha pedido más que una vida tranquila en una época tranquila, sin importarle que el chacal arranque las entrañas de la liebre, porque el Universo, siempre, seguirá su curso, dice él. Pero su apreciación del mundo y las cosas cambiarán en un determinado momento.

Viejo, regordete, puntea los capítulos de cierre de su tan rutinaria como apacible existencia entre administrar justicia en raros momentos, ordenar los ocres legajos de su oficina de este pueblo del Imperio situado en los confines de la nada, tomar su té con gachas y robar un eventual sexo vespertino con una lavandera o cualquier otra moza cocinera medio tiznada de hollín.

Pero su calma resulta interrumpida cuando tropas del nunca nombrado Imperio —da igual nominarlo, todos son iguales o bastante parecidos, parece decir Coetzee—, al cual este hombre representa en dicho lugar, arriban al remoto poblado a combatir a unos bárbaros que, a la larga, nunca aparecerán ni dañarán a nadie, porque son la entelequia forzosa concebida por los estrategas de la corte para justificar el sentido del ejército y del propio régimen.

La novela del escritor surafricano Premio Nobel del Literatura hubo de verse en su momento como una alegoría crítica sobre el denigrante sistema de apartheid de su país, aunque de veras es mucho, muchísimo más que eso. Esperando a los bárbaros supera cualquier constricción geográfica e histórica, si se tiene en cuenta la perspectiva universal y atemporal de esta sólida obra cuyas virtudes mayores radican (así lo aprecia el firmante) en el estudio que emprende sobre la construcción del arquetipo del adversario por la civilización occidental, en su análisis en torno a la edificación secular de un enemigo histórico como sórdido leitmotiv o arcano de subsistencia de las formaciones político-sociales basadas en la imposición de la tiranía. Por lo anterior, no exageran los principales escritores del planeta cuando la califican como una de las novelas políticas más grandes de nuestro tiempo. Y esencial, apuntaría humildemente el reseñista.

Más que mantener vigencia, el libro la redobla al correr de las décadas, al paso de cada invasión imperial de conquista y las crisis humanitarias derivadas de estas. Resulta del todo pertinente, totalmente actual, su advertencia sobre el miedo, los prejuicios, el desprecio hacia el Otro y el desinterés del mundo rico por comprender al que se halla en sus antípodas. A ese —por el contrario—, intentará someter a la fuerza, siempre luego de la siembra del pretexto de turno merced a la instancia carroñera de la propaganda y el sofisma mediático.

Coetzee deconstruye, resignifica, pone orden aquí en términos críticos a la tan llevada y traída polaridad “civilización/barbarie”, al expresar que los peores soplos patológicos de la “barbarie” están contenidos en la atmósfera vital misma del presunto orden “civilizado”.

El Occidente, encarnado por el personaje del coronel Joll, socava el orden natural de unas pobres gentes que en la propia irrelevancia de sus miras encuentran el camino más llano de acceder a algo parecido a la felicidad. O al menos a su propia visión de la felicidad, o la que pudieron concebir en base a su contexto, cultura y condición expoliada. El Magistrado supone la bisagra que en vez de conectar a ambos mundos se parte en las manos del colonizador y pone en entredicho el sentido del agresor —del cual él forma parte geográfica y racial, no obstante en sí llegue a dominar la visión humanista que eche luz de comprensión sobre esta gran farsa—, pero abjurando de su proceder, pues bien sabe que los bárbaros criminales que les han descrito a los soldados del Imperio para envalentonarlos tan solo son simples nómadas quienes vivieron por siglos del trabajo de la naturaleza.

Más que hablar de epítome del despertar de la conciencia de los hombres, o de un hombre, el Magistrado presupone la remisión simbólica al necesario desletargo del humanismo de la especie, en estado de duermevela. Coetzee, pesimista de naturaleza, solo vislumbra la oxigenación de cualquier posible esperanza a través de la vía de dicho filtro.

El blanco protagonista de la novela mantiene una relación con una nativa negra, joven y castigada en su cuerpo por la sinrazón de los hombres (en Suráfrica se promulgó una ley, hacia 1950, que penalizaba el contacto carnal entre personas de diferentes razas, con lo cual Coetzee insiste mediante ello en su impugnación a dicho régimen), que constituirá uno de los planos de la narración más subyugantes, por su belleza literaria y la posibilidad que le brinda al creador de ahondar en las filias, fobias, decisiones, anhelos y dolores de este hombre. (“El dolor es la verdad. Todo lo demás está sujeto a dudas”, le hace decir Coetzee). Y es que, más allá de su carga política, resulta esta una obra multilateralmente bella, la cual debe disfrutarse en distensión de rangos.

Narrada en primera persona, con una prosa racionalista y un estilo directo tendente a prescindir de apelaciones emotivas en la composición de los caracteres y las situaciones, Esperando a los bárbaros constituye una novela apasionante, que destaca por su elaboración de escenas breves, la sobriedad en el lenguaje, elocuencia en los diálogos y su escritura apretada, directa, precisa; amén de por su aura de contención, sus ágiles elipsis y la elaboración de atmósferas de sencillez conmovedora y amplios respiraderos evocativos.

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