Los hampones en su salsa

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Fotograma de Gotti, versión de 1996, el filme reseñado hoy en La religión del fotograma.

Una de las características del género gangsteril, en contraposición a algunas parcelas temáticas como el drama, la comedia o la aventura -y análogamente a universos espaciales a la manera del western-, estriba en la fortísima codificación de sus relatos, con arreglo a normas pautadas que pueden conjugarse de varias maneras pero que por regla nunca pueden soslayarse; ni siquiera en los clásicos de Francis Coppola y Martin Scorsese.

Las películas sobre el fenómeno de la mafia, de forma general, responden a un modelo argumental centrado en el encandilamiento, ascensión y caída de una o varias figuras en el mundo de los negocios sucios, el crimen y la extorsión, amparadas en una estricta cartilla de reglas, valor e individualismo marcados. Teñido todo por una aureola heroico-romántica que las más de las veces consigue la identificación del público con seres que en realidad son personajes muy negativos, cuyo arrojo personal es empleado del modo más inicuo.

Gotti (1996) no escapa (casi imposible hacerlo: el filme Al Capone, de Richard Wilson, fue una de las excepciones) a dicho molde en el último aspecto. Ribeteada con los hilos dorados de la ficción, pero como todas las de su corte con su claro sustento en la realidad -“La mafia es la metáfora perfecta del capitalismo norteamericano”, sostuvo de manera clarividente Coppola, el director de la trilogía gangsteril El Padrino-, la cual tradicionalmente sirviera de abrevadero al género desde que fuera engendrado hace más de ocho décadas mediante el precursor La ley del hampa, del austríaco Von Sternberg.

Gotti, de Robert Harmon, recorre un período de la historia reciente de los Estados Unidos (1973-1992) desde la perspectiva de la poderosa familia criminal de los Gambino. John Gotti, alguien que por la fuerza llega a ser el jefe del clan, es una suerte de Zorro italiano a quien la gente defiende (otro lugar común, típico del halo mítico en que envuelven a los personajes y, además, consecuencia del modo histórico de obrar de estos gerifaltes mafiosos en las comunidades), pero que se quita la máscara ante un sistema que no permite verse humillado por un extranjero enfundado en trajes de tres mil dólares, decenas de asesinatos directos e indirectos a su cuenta y la desfachatez de asentir a aparecer en la portada de Time tras vencer al gobierno en sonado pleito judicial.

No obstante, una vez violadas las principales reglas de la horda, el silencio y la fachada, John Gotti -destino ineluctable-, a la larga será hombre caído y lo esperará la cárcel de por vida.

La película, basada en el libro Gotti, Rise and Fall, adquiere cierto rango porque no se circunscribe a la mera descripción de los referidos acontecimientos, sino que, con la sencillez de una fábula, indica de qué forma los hampones se cocinarán en su propia salsa y toda su tabla de imperativos, entre ellos el de no delatar, se irá a la bartola cuando de salvar el pellejo se trata.

La ambición, las rivalidades internas, su desconfianza mutua y hasta su incultura -la pobreza y la calle son las principales tributarias del gangsterismo- los perderán en un abismo pavimentado por sus propias acciones.

El cuerpo de diálogos inserta parlamentos interesantes que, de algún modo, dan la idea de la justificación histórica del gangsterismo en un país que a lo largo del siglo XX tuvo en las desigualdades y el modelo social adoptado su principal caldo de cultivo. En estos cruces de palabras de los personajes es aludida la crueldad de un sistema que hace causa común con los poderosos y pisa a los desposeídos. John Gotti, al salir impune del primer juicio en su contra y comprobar su respaldo popular, afirma: “¿Saben por qué me apoyan?, Porque he vencido a un sistema que los aplasta día a día”. A todas luces, empero, esto tan solo representa un ingrediente de crédito; mas no entraña que haya en el filme un escrutinio a fondo del fenómeno, ni que la pieza reedite la vocación de documento social de los clásicos de Jules Dassin o John Houston, o muestre siquiera el vínculo entre mafia y política evidenciado por Coppola en su obra mayor, El Padrino, diada aquí obliterada de plano.

Gotti resalta más en otros órdenes: en el manejo de las distintas etapas del personaje central sin incoherencias; en su encarnador Armand Assante, quien registra con pulcritud las transiciones y cambios anímicos -si bien en determinadas poses y algunos movimientos nos parece estar viendo un remedo del Al Pacino de El Padrino, como varios de los lances criminales recuerdan a este filme-venero de influencias innegables en lo posterior del género-; en el trabajo de William Forsythe como Sammy, el subjefe del clan y la actuación del finado Antonhy Quinn, en el rol de Neill, capo y padre espiritual de John.

En conjunto, los tres intérpretes citados aportan rotundez al nivel histriónico general de un filme donde también destaca la música de Mark Isham, cuyo esquema melódico se adecua a las intenciones dramáticas en cada caso.

Sin enmarcáramos a esta Gotti (hay otra versión del año anterior) dentro del cine gansteril rodado entre la década de los ´70 del pasado siglo y la actual, obviamente el filme no alcanzaría la magnitud de obras como Uno de los nuestros, de Scorsese; Estado de gracia, de Phil Joanou o Caracortada, de Brian de Palma. Para hacer juicio recto, la cinta se inscribe en la línea de empeños menos notables pero válidos como Billy Baghgate, Atrapado por su pasado, Hoodlun, Donnie Brasco o El imperio del mal. Lo que sin dudas sí le ayudará al espectador mayoritario de la televisión cubana a engrosar su visión contemporánea de un género que conoció su época de esplendor durante la fundacional década del ´30 de la centuria anterior, de la mano de precursores de la guisa de Howard Hawks, Melvin Le Roy o Rouben Mamoulian.

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