Letelier y el arte de contar películas
mié. Nov 13th, 2019

Letelier y el arte de contar películas

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

Entre los más de 60 escritores y artistas extranjeros, invitados a la Feria Internacional del Libro de La Habana 2019, estuvo el popular escritor chileno Hernán Rivera Letelier (1950), cuya fama se debe mayormente a las novelas ambientadas en la pampa salitrera del norte de su país.

Su presencia en el mayor certamen de las letras en Cuba enriqueció al evento, ya que fue postulado al Premio Nacional de Literatura de Chile durante 2018, uniéndose así a una lista de reconocidos candidatos nacionales, entre los que destacaron, Germán Marín, Roberto Merino y Diamela Eltit, esta última, ganadora del certamen.

Pero el público cubano pudo valorar mucho más su estancia acá: durante las jornadas literarias el autor impartió charlas, conferencias junto a otros colegas y refirió datos importantes sobre su último texto publicado el pasado año en la nación andina. Sin embargo, parte de los asistentes ya había leído desde 2016, la segunda novela publicada en nuestro país, La contadora de películas (2009), cuyos derechos fueron vendidos a Cuba desde finales de 2013.

La novela tiene especial aceptación, sobre todo entre los más jóvenes./Foto: Tomada de internet.
La novela tiene especial aceptación, sobre todo entre los más jóvenes./Foto: Tomada de internet.

La novela tiene especial aceptación, sobre todo entre los más jóvenes, debido a su estructura en capítulos muy breves, contados en primera persona por la protagonista, María Margarita. Esta niña de trece años, es la que descubre poco a poco su pasión por el cine y más aun, por recrear las escenas de las películas que observa. Sin embargo, es su padre Medardo, con un gusto marcado por los filmes de acción mexicanos, el verdadero aliciente de dicha pasión.

“Alguna vez leí una frase -seguramente de un autor famoso- que decía algo así como que la vida está hecha de la misma materia de los sueños. Yo digo que la vida perfectamente puede estar hecha de la misma materia de las películas. Contar una película es como contar un sueño. Contar una vida es como contar un sueño o una película”. Por los relatos y nombres que evoca la niña, logramos descubrir el tiempo narrativo, ubicado fundamentalmente a finales de la década de los años cincuenta en el norte de Chile, pero que da paso a unos 70, marcados por la decadencia de la industria salitrera chilena.

La empatía que alcanza María Margarita con los lectores es obra del delicado tacto de Letelier para construir personajes populares, muy nativos, pero que no pierden jamás el gusto por lo estético o la inteligencia. Así, para la protagonista, contar películas se va convirtiendo en su vida misma; con naturalidad y una felicidad desbordante: “La ‘sala’ se llenaba de niños y adultos, hombres y mujeres. Había quienes iban a ver la película al cine y luego se venían a la casa a oírla contar. Después salían diciendo que la película que yo había contado era mejor que la que habían visto”.

No obstante, el tono de esta novela breve es más bien triste, melancólico y se traduce, más allá del paso del tiempo, en los cambios que trae consigo. A medida que la lectura avanza, apreciamos cómo la chiquilla va “desapareciendo”, pero también sus hermanos varones; todos crecen y dejan de ser inocentes para adentrarse en el mundo turbio de los adultos. Justamente ahí radica una de las riquezas literarias de este libro: el movimiento del cronotopo (tiempo y espacio) como en un triste carrusel, en un principio radiante, y que poco a poco, va apagando sus colores y bríos, con una narración entrecortada.

La llegada de la televisión hace totalmente prescindible a la niña. En el pueblo las familias parecen más fascinadas por el nuevo aparato que por el arte de narrar las películas. Sumado al fallecimiento del padre, y la muerte de uno de sus hermanos, la historia que Letelier nos planteó en un principio, desaparece por completo en un espacio de abandono y duros sacrificios para la protagonista.

El último cuadro del texto aparece matizado con el retorno de la madre de María Margarita, en una escena, si bien amarga y desconsoladora, pero que no deja de ser hermosa para algunos lectores que aprecian el empleo de oportunas metáforas: “Éramos dos náufragas agarradas a la misma tabla. La casa, la calle, el campamento, dejaron de existir. Solo estábamos ella y yo a cada lado de una puerta”. En este sentido, la novela recala bastante en el personaje femenino, a pesar de estar insertada en un clima marcado por hombres: “Yo me crié en un mundo machista 100%, que es el mundo de la pampa. Pero como tengo un gran porcentaje de femenino dentro de mí, he ido aprendiendo en el camino. He dejado de ser machista porque uno igualmente va aprendiendo”, aseveró el autor en una reciente entrevista sobre las temáticas de sus obras.

Al descubrir el mundo de María Margarita a través de Rivera Letelier, es imposible no simpatizar con su alegría y su espíritu seductor, en el momento de sublimar el precario entorno en que le tocó vivir, a partir de la recreación de un cine “montado” con el arte fugaz de las palabras.

Hoy, el texto del chileno está en manos de la cineasta española Isabel Coixet para adaptarlo al séptimo arte, con la anuencia del escritor.

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