La sobrevida del western en el siglo XXI (I Parte)

Es el western, sabemos, un tendencioso género, al potro del arquetipo y la fantasía, mucho menos simple y desintelectualizado (o desideologizado) de lo supuesto en su día por Tom Mix. Estuvo repleto -ya poco después de Edwin S. Porter y durante extenso trecho de su etapa primitiva/clásica-, de falsificaciones históricas y virilísimos relatos de mitificación heroica o cuentos morales con la visión de un vencedor, por regla envuelto en aureolas de glorificación, cuyo postulado ideológico de “mi rifle, mi pony, mis testículos y yo” exacerbó, deglutió o simplemente enmarcó en celuloide un cuadro representativo de los antivalores fundamentales sobre los cuales fue cincelada la mentalidad de cierto prototipo de ciudadano norteamericano. Y, por añadidura, levantada la nación y luego el sistema imperial de los Estados Unidos de América.

Sin embargo, representa también -no solo lo conocía Andre Bazin, sino hasta los más furibundos detractores- una comarca especial de la pantalla. No por constituir pasto entrañable de la historia común de muchas generaciones de espectadores, sino por erigirse en centro gravitatorio de hawksiana singularidad donde el séptimo arte cabalga a su aire, transpira libertad, rezuma emoción destila donaire y  en el cual la trinidad cinemática personaje/narración/espacio, aludida por Gilles Deleuze en sus estudios sobre la imagen-movimiento, halla particulares connotaciones. Cine de entorno único: “el aire despejado de los desiertos, la desaforada pradera…”, diría Jorge Luis Borges.

El crítico Ángel Fernández-Santos interpretaba así su naturaleza específica, en el libro Más allá del oeste: “La idea de que en un universo consumado y cerrado sobre sí mismo todavía es posible cruzar la línea que los puntos sin retorno dibujan en los secretos mapas de los sueños. El simple vadeo de un río cuya orilla sigue inexplorada o la cabalgada libre sobre una planicie ilimitada son configuraciones imaginarias en las que una remota frontera histórica se convierte en una cercana frontera mental. Eso es un western”.

Como el personaje central del inefable western de Alejandro Jodorowsky El Topo (1970), aquel pistolero-redentor de fenómenos quien en las secuencias finales se resistía a morir pese a los mil balazos que rebotaban contra su cuerpo, el género sobrevive, una y otra vez, a las palas y ataúdes de sus enterradores. Por lo general, los obituarios no resaltan su influencia expresiva sobre la pantalla mundial, desde la mismísima El gran robo del tren.

Ni sus ofídicas mutaciones hacia los universos del cine de samurais clásico o versión chanbara, gangsteril, drama, comedia, acción, animación, terror o ciencia-ficción: donde van por lo suyo entre muchos lo mismo un Takashi Miike o Ang Lee que un Paul Thomas Anderson o John Carpenter.

Visto así, tales transustanciaciones, de hecho, le posibilitan casi vida eterna. Lo cierto es que ya antes que el western brincara el Atlántico a comer los spaghettis de Sergio Leone y tumbar latas en Almería o entrara en su fase crepuscular y en el guiso desmitificador de Sam Peckinpah, Arthur Penn u otros, cíclicamente son dictados partes de muerte a los cuales, siempre, tres o cuatro películas por década ponen en tela de juicio. Incluso en la era de You Tube, el ocio interactivo, el solo conocido pistolero Woody de nuestros niños o el mumblecore. Qué lo diga si no Kelly Reichardt y su Meek’s Cutoff (2010).

(Texto publicado originalmente en la revista El Caimán Barbudo)

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

3 Comentarios en “La sobrevida del western en el siglo XXI (I Parte)

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    17 diciembre, 2017 en 7:46 pm
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    Hola señor crítico!!!! Como siempre sus análisis me embullan a tirarme de a lleno en el celuloide polvoriento de este subgénero que francamente no disfruto. Sólo si lo reinterpretan Tarantino o Carpenter, en código kitsch y desacralizador, además de terrorífico… No me va mucho el tono épico que a veces se le imprime, me gusta más el western contemplativo, metatrancoso diríamos… O en puro tono de chota, de ahí me decante por el viejo, bueno e irreverente Quentin, padre de los mejores westerns que he visto en los últimos tiempos. Los ocho odiosos, Django unchained, Malditos bastardos, incluso el segundo volumen de Kill Bill: maravillosos y gamberros vaqueros, damiselas en peligro, villanas prostibularias y vampiresas sin remedio. Qué viva Tarantino!!!! Confieso que soy devoto al personaje de Daryl Hanna, para mi un ícono de belleza sensualidad.

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  • Julio Martínez Molina
    13 diciembre, 2017 en 4:15 pm
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    Daniel, te exhorto aprecies la miniserie Godless así como el filme holandés Brimstone. Son lo mejor del género salido a escena en los meses más recientes. Igual, el oeste me prendó desde niño y lo sigue haciendo. Gracias por tu comentario. Saludos, Julio.

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    13 diciembre, 2017 en 1:55 pm
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    El género me ha gustado desde niño, cuano vi por vez primera una película que jamás podré olvidar: “Érase una vez en el oeste”. Creo que de este siglo he visto poco western, al menos no del puro, de ese de antaño del cowboy invencible y que de niño te hacía jugar a los pistoleros. Una de las que más me ha gustado es “Los 7 magníficos”, versión de la de 1960, adepatación occidental a su vez de “Los siete samuráis”, de Kurosawa. Creo que tal vez no tan aceptada en Estados Unidos debido probablemente a la presencia de un hombre negro asumiendo el rol principal de vaquero invencible que dirige al resto; tal vez en esto algo tuvo que ver su director Fuqua, que ya había trabajado con Denzel en otros filmes: “Training day” y “The Equalizer”. El género se añora; no sé, tal vez no estoy tan actualizado, pero creo que ha perdido salud. Buen artículo como siempre

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