Hombres sin mujer: la libertad como castigo | 5 de Septiembre.
sáb. Ago 17th, 2019

Hombres sin mujer: la libertad como castigo

Los libros poseen la magia irreversible de hacernos ver muchas realidades desde el ojo crítico de otra época. Irreversible, porque una vez dentro, será improbable salir o imaginar de otro modo lo que un autor nos ha tirado a la cara en 20, 100 o 500 páginas.

El dinamismo del mundo editorial nos impone el reto de devorar con desmesura a los clásicos y bestsellers, imponiéndonos —a los lectores— un consumo universal que, poco a poco, evade las obras de escritores nacionales y los condena a un ostracismo injusto.

Hace poco descubrí Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, una señora vetusta de 78 años; plena y vigorosa como si hubiese sido recién escrita y sus fantasmas aún nos habitaran.

Esta vez el título no se deshace en meras concepciones o interpretaciones para un lector avezado. Los hombres de esta historia no tienen mujer, por eso la inventan en los rasgos y ademanes del otro, del igual. Incluso la fuerzan, la crean, la inducen. La feminidad será moldeada donde ya existía y obligada a aparecer en cuerpos casi adolescentes.

El estereotipo del preso “guapo” se reproduce continuamente, dando al machismo un aura de violencia capaz de subyugar al más débil y violar no solo su cuerpo sino también su integridad emocional y psíquica.

El espíritu carcelario de la Cuba neocolonial desfila por las líneas de esta obra. El escenario de la prisión que fue el Castillo del Príncipe a inicios del siglo XX, no encierra significados crípticos. Allí todo fue, es o será una agonía para el iniciado, para el que comienza sus días de penitencia. La multitud de espacios, que convergen dentro de la cárcel, se imbrican para pervertir y alienar a los hombres despojados de la mujer y necesitados del placer sexual.

Quizás por ello, esta sea la primera novela en abordar el tema de la homosexualidad en el sistema carcelario latinoamericano. Y a pesar de los entramados ficticios tejidos por Montenegro, mucho hay de cierto en ella, puesto que su autor fue uno de esos reclusos por más de una década. Autobiografía alucinante donde lo peor del ser humano sale a flote, y se compra, vende y doblega el alma.

Pascasio y Andrés, son los protagónicos de esta historia sucia por su lenguaje y escenas. Aunque muchos otros personajes los secundan en la travesía que terminará en tragedia y crimen pasional. El primero, negro indómito que ha soportado por ocho años la ausencia de sexo, el otro un adolescente desprovisto de armas para enfrentarse a un medio adverso. El amor surge de la necesidad mutua, de la moral de Pascasio, que se resiste a corroerse, y de la búsqueda de protección de Andrés.

Dentro, el dinero mueve sus fauces y la corrupción se convierte en sombra inamovible de cada taller o celda. Incluso, perderá su nombre el reo, un apodo tomará el lugar y será su identificativo. “La carne” tendrá un precio en especie, y su mercadeo será el mejor negocio.

Violaciones, sobornos, mentiras, gritos e intrigas macerarán la vida de cada uno de los presos, haciendo valer la ley de lo marginal. La prisión es el demonio cruel que tergiversa la conducta humana en Hombres sin mujer, y en sus redes caen como moscas los personajes. En este libro la libertad es un castigo, porque los caminos delictivos están trazados para el condenado más allá de las paredes de la cárcel. En nuestro cerebro se cuela la idea de que la normalidad está extinta después de haber leído a Montenegro, y que todos, sin excepción, estamos sujetos al cambio atroz que el encierro puede labrar.

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2 thoughts on “Hombres sin mujer: la libertad como castigo

  1. Muchas gracias Gualterio por su comentario y por los datos que nos aporta. Definitivamente “Hombres sin mujer” no solo es una obra que se circunscribe al ámbito ficcional sino que ahonda en la psiquis humana y en las relaciones carcelarias de esa época, relaciones que el propio autor vivió y padeció.

  2. “Hombres sin mujer” narra literariamente el proceso sicológico de la derivación del rol de sexo temporal que se produce en reclusos jóvenes en régimen de internamiento. Posteriormente, este proceso fue estudiado científicamente en una tesis y descrito por el sexólogo australiano norteamericano John Money (8 de julio de 1921-7 de julio del 2006), jefe del centro de investigaciones sicohormonales de la “John Hopkins” en Maryland. El escritor Montenegro fue el primero en ilustrar con la ficción este proceso con una extensa simbología literaria que describe profusamente la sicología de la derivación del rol. Este es un aspecto no estudiado aun en esta novela que parece evidenciar en el escritor la influencia de las corrientes filosóficas de la siquiatría de la época.

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