El pentagrama invisible

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Beatriz Márquez obtuvo el Gran Premio Cubadisco 2018 por el fonograma Libre de pecado. Ahora se abre un muy dilatado compás de espera para que aparezca el disco físico en las unidades de venta del país. /Foto: Tomada de Internet

Cuba continúa siendo una potencia musical del planeta, con exponentes de todos los géneros convertidos en referentes mundiales.

Es de veras grandioso cuánto hacen los creadores criollos, de diversas generaciones y de la mayoría de las vertientes, cada año, que de forma paradójica resulta desconocido para el gran público nacional, aun cuando por el contrario no lo sea para el extranjero: al menos en lo relativo a nombres o títulos imperdibles.

Funciona a todos los niveles, desde con músicos recién dados a conocer hasta con autores legendarios. Se comprueba cuando son invitados a espacios televisivos o radiales y aluden a recitales, éxitos foráneos. Ecos que le resultan ajenos al espectador local no avanzado en la materia e incluso a veces hasta a este.

Nuestro país afronta valladares entorpecedores de sus mecanismos de producción y comercialización discográfica (más lo último), no contribuyentes al objetivo de socializar los álbumes con la agilidad necesaria y mediante los canales ortodoxos.

La descontinuada fabricación de discos ha afectado la presencia de títulos en las tiendas. La adversa circunstancia económica dilata el tiempo entre la grabación de una obra y su irrupción en el mercado, tema en el cual se ha avanzado en los últimos años pero no aun con la premura necesaria.

En otros casos, aun con el disco producido, luego dichas placas son ilocalizables en la red de tiendas especializadas.

He hecho un muestreo de los últimos Cubadisco, con la lista por categorías de los premios. Al menos en provincias, resultan harto escasos los títulos distribuidos. Tanto estos, laureados -aunque ello no suponga la amplificación que le correspondería-, como decenas de discos igual de meritorios aun sin granjearse premio alguno se convierten en obras artísticas fantasmas.

Ciertas disqueras y determinados artistas, conocedores del fenómeno, así como del precio al público de los CD so caso de encontrarlos, entregan sus materiales a las emisoras de radio para su promoción directa, hecho que desde su punto de vista también les garantiza promoción.

De forma eventual los difunden en dichas plantas, aunque si el fonograma no entra dentro de los “estándares” de lo “asimilable por el gran público”, muchas veces pasa a ingresar la galería digital clausurada de los programadores.

Joaquín Borges-Triana, crítico musical, expresaba en su sección de Discos de El Caimán Barbudo (enero-febrero 2016), que “es verdaderamente lamentable que un trabajo como No quiero llanto, tributo a Los Compadres (Septeto Santiaguero y José Alberto El Canario, 2015) apenas haya sido programado por las emisoras radiales cubanas”. Aquí también cabría agregársele innumerables títulos de muchísimos cantantes o grupos. Por ejemplo, Beatriz Márquez obtuvo el Gran Premio Cubadisco 2018 por el fonograma Libre de pecado. Ahora se abre un muy dilatado compás de espera para que aparezca el disco físico en las unidades de venta del país

En aras de paliar -a mi modo de ver solo eso, no me atrevería a emplear el verbo solucionar- la problemática y en pos de que esta música “secreta” circule son barajadas desde hace tiempo alternativas muy loables cuando uno las escucha pero que no logran concretarse de manera eficaz, expedita.

Entre estas figurarían, por ejemplo, ubicar los fonogramas en la red de bibliotecas públicas y en el sistema de enseñanza artística; aprovechar distintas vías de comunicación digital o vender los fonogramas en las tiendas en su versión digital, a precios mucho más bajos que el disco físico.

Algo habrá que hacerse, aunque sin demasiada dilación ya, puesto que entre un mercado del disco incongruente con los salarios (para colmo, lacerado por las “pérdidas” de marras), la irregular difusión de los distintos géneros/autores en los medios y la consustancial desconexión de los sectores mayoritarios del público nacional con la ejecutoria de sus creadores, se crea el caldo de cultivo perfecto para que en la que es la Isla de la Música cada vez se escuche menos de su buena música. A ganancia de embaucadores y comerciantes, nunca a beneficio de la cultura del pueblo.

Joaquín Borges Triana: “es verdaderamente lamentable que un trabajo como No quiero llanto, tributo a Los Compadres (Septeto Santiaguero y José Alberto El Canario, 2015) apenas haya sido programado por las emisoras radiales cubanas”. /Foto: René Perez Massola

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