Disputa sin destiempo | 5 de Septiembre.

La mitad de los hombres en la actualidad se reconocen como metrosexuales./Foto: Internet

Corría el año 1978. Recuerdo era una clase vespertina de Historia en la Escuela Vocacional Ernesto Che Guevara y la profesora regañó al discípulo por sacar un peine de los más grandes, pues según ella, dijo en voz alta que lo consideraba “de mujer”.

Entonces el aludido, con el matiz rebelde de adolescente, preguntó: ¿Dónde lo dice? El rostro de la docente quedó atónito, y lo guardé en la memoria con una mezcla de estupor ante la juvenil irreverencia y ambivalentes conceptos sobre la moda y los jóvenes, cuyas disputas siempre están en boga.

Tras cuatro décadas del citado incidente, han transcurrido cambios para estupefacción de quienes vivimos tales conservadurismos. En 1994, el periodista británico Mark Simpson acuñó con el término metrosexual, la tendencia de varones héteros a apropiarse de atributos femeninos.

A estas alturas, la escuela cubana no ha podido abducir la predilección. La etimología es composición lingüística proveniente del vocablo relacionado con “joven de metrópolis” o urbano, y la palabra sexual, sin implicaciones de orientación de género.

Vemos entonces a varones con aretes y cejas depiladas, a la postre combinados con la vestimenta escolar actualmente en nuestras escuelas. Pero no siempre las modas y el reglamento para uso del uniforme son bien llevados.

La Resolución 186, que rige estas normativas, es flexible, pues cada centro educacional adapta estas medidas teniendo en cuenta sus particularidades, y ahí caben informalidades uniformadas y hasta extremismos.

Nuestro semanario, en artículo nombrado Sin uniformar posibilidades, apuntó particularidades como el uso de las medias en las hembras, legislan “tapar el tobillo”, mientras casi todas las escuelas exigen “llegar a la rodilla”, más caras.

Salta también la contradicción entre la tolerancia de tendencias metrosexuales masculinas y propensiones del pelo bicolor en las muchachas.

Queda mucho por hacer en la conciencia tanto de educandos como de la familia y todos los sectores sociales, para defender el uniforme como símbolo y que las modas no signifiquen menoscabo de valores.

La batalla es intensa, pues enrumbar hacia equivalencias identitarias constituye un imperativo. Las desviaciones del uniforme escolar son metáforas de otros extravíos. Recientemente entrevisté a la Doctora en Ciencias Sociales Nereyda Moya Padilla, y ella refirió: “¿..Por qué un programa televisivo como el que vi hace poco, tiene que aludir a paradigmas extranjeros como Shakira y Piqué…?”

Podríamos, por ejemplo, darles más opciones a nuestros jóvenes con temas que los identifiquen con lo que aman del país en el que viven, de sus artistas, deportistas, de sus paisajes.

La paradoja entre la profesora de 1978 y las novedades contemporáneas muestran que más allá de una estética individual, de géneros, la moda marca estilos e historicidades, por eso es motivo para dialogar, para pensar más que criticar, para proponer más que imponer. No son los jóvenes los que cambian, sino los tiempos, y ahí está la eterna querella.

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