De Sica, observador del sufrimiento humano (III Parte)

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El limpiabotas (1946)

De Sica estuvo familiarizado con el arte al que le dedicó la vida desde los siete años, cuando realizó su primera interpretación cinematográfica.

Quiso o quisieron que fuera, no lo sé, abogado, profesión que, como con tantos otros sucediera, no llegó a ejercitar. Le halaban mucho tablas y platós. Antes de actor fue, nos recuerda Georges Sadoul -quien, por cierto, yerra en su fecha de nacimiento, al ubicarla en 1903-, animador de café y cantante.

En cine sería galán de las películas de Mario Camerini; al comenzar en la realización ya había intervenido en más de una treintena de largometrajes, la mayoría en carácter protagónico.
Se autodirigió en Rosas escarlatas, 1940, y Magdalena, cero en conducta y Nacida en viernes, ambas de 1941. El mismo año dirigió Un garibaldino del convento y La puerta del cielo.

Sobre esta etapa inicial, a la que varios críticos le señalan la insistencia melodramática, Patrice G. Hovald, en el capítulo reservado a De Sica en el libro El neorrealismo y sus creadores, afirma: “La influencia de Camerini se deja notar con fuerza, pero la inspiración, de película en película, gana originalidad, la dirección de actor, autoridad, y su propia posición personal, responsabilidad. La ironía se hace hiriente y hasta se hará corrosiva y cruel e I bambini ci guardano. No tardará en aparecer el maestro del cine”.

En efecto, aparece el maestro, El limpiabotas mediante, esa hermosamente ríspida película de 1946 en la que ya el creador y su en lo adelante inseparable Zavattini comenzaran a apostar a favor de “lo que generalmente no produce más que indiferencia”, tal cual, con agudeza, expresara Henri Agel en su libro Vittorio de Sica.

El drama de Pasquale, Giuseppe y los tantos vagabundos que como ellos deambulaban por las calles italianas, le resultaba indiferente al mundo. A nadie le interesaba el sueño compartido de comprar un caballo, ni más tarde la anulación personal en el reformatorio.

Ni el bofetón que cada mañana les soltaba en el rostro la hediondez de la pobreza de una economía post-bélica mustia y un orden social inoperante, excluyente, donde el pobre era la hez que los ricos, cual gatos, querían tapar para espantar su olor.

La misma indiferencia sentiría la patrona de la casa donde se hospedaba el jubilado Umberto D, o el comendador, o el otro viejo ¿amigo¿ al que el anciano le pide dinero sin palabras, porque de implorar se encargan los ojos de Carlo Battisti -el actor que lo personifica .

(Continuará…)

(Texto publicado originalmente en la versión impresa de la revista Cine Cubano)

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