De Sica, observador del sufrimiento humano (I Parte)

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Dos mujeres (1960)

En varias de esas usuales controversias en torno a las posibilidades expresivas del cine se ha dicho que a este arte le resulta imposible filmar lo que sucede en el interior de los personajes, porque carece de medios para ello, a diferencia de la literatura.

El gran cine siempre ha desmentido semejante memez. Hay muchas escenas, secuencias completas, en la obra de Vittorio de Sica que lo refutan: el alma del pequeño Giuseppe se vuelca en esa última y atónita mirada, antes de caer desde el puente al suelo de piedras, luego de la amenaza de Pasquale, su compañero de lustrar zapatos, robo y cárcel de la dura cotidianidad descrita en Limpiabotas.

Todo el dolor, la pena y el asco del mundo encuentran cabida en la madre de Dos mujeres, al ver a su hija, casi una niña, violada con saña por los militares turcos.

El viejo Umberto D de la obra maestra  homónima rumia su soledad, su vergüenza interior y esa falta de solidaridad de lo demás hacia sí, en prácticamente todo instante en que su figura entra al campo de la cámara.

Tres minutos le bastan a De Sica en Los girasoles para precipitar todo un torrente emocional y generar una atmósfera soberbia de angustia y frustración en ese encuentro de la mujer italiana con su hombre en Rusia, tras buscarlo afanosamente después de la guerra y encontrárselo allí, ya esposo y padre.

La filmografía de este maestro de la pantalla, íntimamente vinculada a la obra escritural de Cezare Zavattini, está repleta de instantes parecidos, de agudas intuiciones expresivas y recalos en los más recónditos insterticios de la humanidad de los personajes.

De Sica fue, por arriba de todo, un observador de los sufrimientos de nuestra especie (“Para amar la vida es necesario vivirla; yo he sufrido, por eso amo a los hombres que sufren”, dijo), alguien que supo mirar al individuo no desde las atalayas del distante enjuiciador ni desde promontorios de superioridad.

Se convirtió en una suerte de misionero sin ánimo ni vocación de redentor, más bien con voluntad de compartir, de establecer un pacto invisible de confraternización entre las almas que poblaban sus historias y el espectador dotado de sensibilidad, que no se contaba en gran número precisamente cuando el realizador empezara a proyectar su calibre en plena cosecha neorrealista.

(Continuará…)

(Texto publicado originalmente en la versión impresa de la revista Cine Cubano)

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