Cine y mafia: Honrarás a tu clan (I Parte)

0
287
El pequeño César (1930).

Nacido del matrimonio natural entre dos instancias en fase de consolidación (una de orden social: el ascenso del crimen organizado dentro de los Estados Unidos como consecuencia de los negocios con el alcohol entronizados tras el Acta Volstead e inherentes efectos de la Ley Seca; otra de carácter artístico: el avance del cine en sus distintas etapas, del silente al sonoro) surge una expresión hija inevitable de tal alianza como lo fue el género gansgteril, que puso sonido e imagen nítidos al fenómeno de la mafia.

Representaba aquel caldo de cultivo de matones, clanes nacientes, extorsiones, contrabando de licor y amasamiento de fortunas terreno sumamente fértil para no ser aprovechado.

De manera que, a partir de la fundacional La ley del hampa (Joseph Von Sternberg, 1927), saldrían en flecha decenas de películas: más de 200 antes de terminar el primer lustro de los ´30. Al estudio Warner Bros le cupo el honor de pertenecerle los títulos más sobresalientes del período, e incluso aquellos filmados durante la década posterior.

Los para todo cinéfilo de cepa inmortales rostros de Edward J. Robinson, James Cagney, Paul Muni o Humphrey Bogart -mucho más tarde los de Brando, De Niro o Pacino- se convertirían en emblemas de un género que germinó sus exponentes cimeros iniciales bajo la regadera de directores como Melvin LeRoy (El pequeño César, 1930); Rouben Mamoulian (Las calles de la ciudad, 1931); William A. Wellman (El enemigo público); Howard Hawks (Caracortada, 1932); William Keighley (Contra el imperio del crimen, 1935); Michael Curtiz (Ángeles con caras sucias, 1938) y Raoul Walsh (Los violentos años veinte, 1939.)

A la manera del western, desde sus mismos inicios tal pantalla se alimentó de una historia cocinada al fuego de la mitología. Solo que en el caso del séptimo arte primigenio inspirado en la mafia los argumentos no se remitían al pasado de la nación, sino al tiempo presente, al suceso violento de ayer conocido a la mañana siguiente por los lectores, desde Brooklyn hasta Chicago, gracias a los diarios.

Había más de realidad cotidiana que de mito. Por ende, existía menos margen para edulcorar, reconfigurar. Así y todo, el celuloide no se rige por los mismos códigos de la prensa. Trabaja con un elemento clave en la estructura del guion llamado personaje, el cual en este género, no más nacer, tiñeron mediante una aureola heroico-romántica que las más de las veces propició la identificación del público (el estadounidense, harto proclive por filosofía de vida e idiosincrasia a subyugarse con el self made man “ganador” quien llega a la cima desde abajo) con personajes que en realidad son antihéroes cuyo arrojo está empleado del modo más inicuo. Si bien no es fútil, al aludir al hecho, recordar estas palabras consignadas por el crítico Rodolfo Santovenia hace 35 años en su columna de Bohemia: “Claro, que se procura que estos personajes sean siempre extranjeros. La nacionalidad del auténtico Al Capone, por ejemplo, permite que el norteamericano pueda entusiasmarse ante el heroísmo del gangster que solo pudo encontrar en esta nación el campo de batalla propicio para sus audacias, aunque luego el espíritu puritano lo rechace totalmente para salvar la honorabilidad de la misma nación”. Un disparo mortal al cierre también resolvía con eficacia el problema de conciencia, añadamos.

 (Continuará…)

 (Texto publicado originalmente en la revista El Caimán Barbudo)

 

Dejar respuesta