Bong Joon-ho radicaliza su discurso anticapitalista

En mi crítica a El huésped (2006), la primera película del director surcoreano Bong Joon-ho de amplia exhibición en Cuba, escribí: “Si hace más de medio siglo los lagartos gigantes como Godzilla o las tarántulas asesinas y todo tipo de bichos extraordinarios generados por radiaciones nucleares u otras causa análogas representaban un grito de alerta en la pantalla sobre los peligros de la Guerra Fría y el posible resultado del encono entre las superpotencias norteamericana y soviética, El huésped está hablando en signos fílmicos de la intromisión estadounidense en la península coreana y los daños al medio ambiente que allí y en cualquier sitio del planeta la política de las administraciones yanquis y su sistema corporativo puede acarrear”.

Años después, en su crítica de Snowpiercer (2013) el autor de estas líneas suscribiría que se trata de un filme “paradigmático en el empleo de la ciencia ficción (género muy rico en su polisemia y posibilidades de discurso) y la acción para exponer la tesis de la lucha de clases; del combate a los yugos, dictados e imperios posibles, mediante la unidad colectiva a favor de una causa común, en tanto único mecanismo posible de supervivencia para la mayoría. La gente del tren rompenieves que apreciamos en los fotogramas de la cinta es ese 99 por ciento que no pudo triunfar en las calles norteamericanas contra el uno por ciento que controla el planeta; pero aquí la muchedumbre va en plan de victoria. Bong Joon-ho, de tan explícito y claro, llega incluso a subrayar un subtexto que extravasa tal herramienta para erigirse en completa declaración de principios. Lo de poner a Chris Evans (el Capitán América) al frente de esta rebelión popular contra el poder es una irónica maldad de Bong. Rica coña”.

Y el entrañable Bong, bendita anomalía del cine, proseguiría en su impugnación lúdica (pero no por ello menos seria) del capitalismo salvaje en la subvalorada Okja (2017), a la cual me refería en la reseña de turno como “una obligada fábula en torno a la desmesura de poder de las grandes transnacionales dedicadas a la alimentación; además fusta en contra del maltrato animal y el empleo excesivo de mecanismos de alteración genética y transgénicos por parte de tales emporios”.

O sea, que el realizador de Parásitos (cinta de estreno en Cuba, ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2019 y una de las máximas aspirantes al Oscar a la Mejor Película Extranjera, luego de ser seleccionada por los distintos círculos de EE.UU entre las más sobresalientes del finalizado año) posee inquietudes políticas e ideológicas (no es una mala palabra, aunque así les parezca a algunos exégetas occidentales) explícitas, manifestadas no una vez, sino a lo largo de su obra, y no resulta por tanto ese nuevo incursor en un cine con ecos sociales, como han apuntado algunos reseñistas que probablemente no hayan apreciado su filmografía precedente.

Parásitos, delirio fruitivo, es puro Bong Joon-ho. Concentrado y estilizado. El autor de Memorias de un asesino esculpe la mejor versión de sí mismo, para entregarnos una narración cuya sintaxis cinematográfica es perfecta. Resulta una película caligráficamente irreprochable; así, sin menos.

A lo Stephane Brizé, Robert Guédiguian, Ken Loach o Mike Leigh, el coreano entrega un estudio sobre la lucha de clases, aunque en un tono diametralmente opuesto al empleado por el par de cineastas franceses y sus dos colegas ingleses, mucho más apegados al puro drama social de corte realista.

El asiático toca las teclas del piano genérico y convierte cuando pareciera de inicio un drama en slapstick, comedia negra; y luego en thriller, terror, farsa, absurdo, esperpento, con tanta organicidad como falta de solución de continuidad son advertibles en la construcción de esta nueva e incisiva alegoría política del creador oriental.

Con voces guarecidas en su entraña dramática de Claude Chabrol (La ceremonia), Joseph Losey (El sirviente), Luis Buñuel (Diario de una camarera) y Michael Haneke (Funny Games), Bong sustantiva un discurso donde está bordada en hilo negro la línea de la tensión generada ente las antípodas, desde el presupuesto que el medio social y la solvencia económica condicionan la mirada, proyección e imaginario de cada cual con respecto al objeto enfocado, aunque a la larga seamos variaciones diferentes de un mismo prototipo: el humano, con su carga de resentimientos, envidias, anhelos, deseos inconfesables…

Según Bong, no son necesariamente mejores seres humanos los desfavorecidos de la familia de Gi Taek que irrumpen en la mansión de los ricos, ni lo son estos de la familia Park por poseer dinero. Así, cuando pareciera que podría estar haciendo temblar la cuerda del equilibrio en el análisis de la composición moral de los adinerados, planta una bomba en los propios arquetipos que llega a asomar y reconfigura su película hacia otra dimensión otra donde no se salvan ni los unos ni los otros. A la larga todos son figuras de un retablo mal montado desde el inicio, a causa de la exclusión y división inherentes a la formación social dominante hasta el momento en la historia.

Bong se vale de los personajes para sopesar el orden férreo establecido, conformado de forma paulatina sobre el sedimento y acumulación de polarizaciones sociales extremas, tendencia ya advertida desde tiempos de Marx y Engels, a cuyas hipótesis el coreano les extiende la confirmación más palmaria. La aproximación del cineasta a ese status quo del presente, de universos totalmente contrarios en una misma dimensión geográfica y epocal, resulta de veras siniestra por verídica. Vivimos en un planeta completamente jodido por consecuencia de la avaricia capitalista donde, lo mismo que en los carriles de Snowpiercer, el uno por ciento vive de y domina a ese resto inmenso de terrícolas que solo verán en sueños, o como sirvientes, los condominios de los Park de este mundo.

Aunque no suelo incorporar a las reseñas palabras de los realizadores, sí sería oportuno ahora consignar las de Bong en las presentaciones de Parásitos:Creo que forma parte del capitalismo preguntarnos constantemente por la clase a la que pertenece la gente. Obedece a una curiosidad natural cuando vas en el metro saber cómo de rica es la persona que tienes en frente. O la gente que encuentras en el aeropuerto: ¿viaja en clase económica o en business? Sin diferencia no hay capitalismo. Cuanto más extremo es el capitalismo más extrema la diferencia. No puede haber comunicación entre clases sociales que, cada vez más, viven en mundos completamente diferentes. Y hasta opuestos. No puede haber una idea común de sociedad. La realidad es triste. En los últimos años hemos vivido una revolución increíble en todos los aspectos de la vida y ha servido para poco… Está claro que las cosas no funcionan. No hay nada que haga pensar que las cosas vayan a mejorar. Lo único que crece y mejora de manera sostenida es el miedo. Mi única intención es ser honesto. Y eso actualmente solo nos lleva a la tristeza. Sí, por tanto Parásitos es una película triste”.

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

2 Comentarios en “Bong Joon-ho radicaliza su discurso anticapitalista

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    el 4 marzo, 2020 a las 10:42 am
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    Es una obra maestra del realizador Bong Joon-ho, y sí es una película triste, para mi es la cumbre de la tragicomedia misma, las palmas para él.

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  • Delvis Toledo desde Cienfuegos
    el 11 febrero, 2020 a las 3:14 pm
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    Sin dudas pienso como el autor del filme: es una película triste. Sin embargo, hasta ahora nunca me había reído tanto con una película asiática. Asumo que esa mezcolanza entre lo trágico y lo cómico, más el tema de fondo, hace de «Parasite» una caricatura casi perfecta del tópico en cuestión.

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