Un niño, un día cualquiera, siempre la casa (+ Fotos)
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La Ley 178 Código de la Niñez, Adolescencias y Juventudes define las modalidades alternativas de cuidado y adopción. Entre ellos los Centros de Acogimiento Urgente funcionan como hogares de tránsito para las infancias
Por acá, donde los días intentan detenerse luego de la marca 30 en el calendario, hay ajetreo desde bien temprano.
Es casi mediodía y dos o tres personas desandan por el pasillo. Una mesa con mantel por allá, un dulce rosado, croquetas que se preparan en la cocina y un «felicidades» que sonará cada tanto es lo poco que deja entrever que en 24 horas también cabe una vida de cuidados.
«Llegaron a buen tiempo. Hoy celebramos los primeros 15, los de Angie», se escucha por ahí mientras alguien obsequia a la adolescente una gargantilla que usará esta tarde.
Dice Yarima Rivero Rivera que, por acá –el primer Centro de Acogida Urgente ubicado en el municipio Diez de Octubre, en La Habana–, los días también saben del cariño y del entendimiento.
Ella, que es la subdirectora del lugar, comparte la ropa de sus tres hijos con los otros «hijos», que son más de tres, porque «en poco tiempo haces tuyos a los niños. Ando con ellos como si fuera su madre, su abuela, su tía.
«Tenemos un taxi a disposición. No importa a la hora que lleguen, siempre los recibimos con una sonrisa y, si quieren hablar, aquí los escuchamos».
Desde la inauguración, en julio, han pasado por el centro 17 niños, niñas y adolescentes. Ahora hay seis. El objetivo principal es que este lugar actúe como hogar de tránsito durante 30 días para aquellos que han estado en situación de riesgo o abandono.
En ese plazo, los infantes se incorporan a las escuelas cercanas y lo primero, dice Yarima, es demostrarles amor, tratar de que no «sientan que están en una institución. Es su casa, todo se hace normal».
Mientras tanto, un grupo multifactorial –integrado por Educación, Fiscalía, Salud, Menores, los CDR…– se reúne, analiza cada caso; «investiga hasta el corazón de la familia». Luego diseñan una estrategia: llevarlos con algún familiar que pueda acogerlos o, si no hay personas que se responsabilicen, desde la Comisión de Atención a las Políticas Sociales de cada territorio, se buscan alternativas «siempre positivas para el interés superior del niño», que podrían ser la Casa para Niños sin Cuidado Parental o la adopción por otras familias.
Sin embargo, para cualquiera de los casos, el equipo continúa vinculado al niño y lo acompaña en el proceso de adaptación.

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El día anterior llegaron dos adolescentes de 16 y 17 años. Escaparon, sin nada, de hogares en los que había violencia intrafamiliar, y comenzaron a deambular. Comentan que la Policía los trajo hasta aquí. Ahora, luego de recibir sus uniformes y saber a qué escuela partirán, conversan con Marlen Rodríguez, directora del Centro de Diagnóstico y Orientación, que asesora sicológicamente diferentes niveles educativos.
Según ella: «con nuestra experiencia valoramos, desde el punto emocional, cuál será el tratamiento para ellos, porque todos tienen vivencias diferentes y necesitan sentirse protegidos».
La rutina aquí es sencilla: a las 6:30 de la mañana se levantan y desayunan. Cada niño asiste a su escuela correspondiente: primarias, secundarias, preuniversitario, círculo infantil. Los llevan y los recogen. Les entregan uniforme, mochila, zapatos. Ayudan con las tareas.
Aunque no es solo por eso que María del Carmen González Risco, subdirectora municipal de la Dirección General de Educación del municipio Diez de Octubre, dice que el Centro es un «hogar de amor».
Ella parece ser de esas personas que regresan aquí después de un largo día con la confianza de saber que algunos ojos pequeños la esperarán. Sin dejar de hablar, camina y se detiene frente a una habitación en la que descansan dos literas, cortinas claras, un peluche sobre la almohada: «a las personas que trabajamos con estos niños nos queda la recompensa de la tarea que hacemos».
Entonces expresa que la creación de este centro no fue casual. A raíz de la Ley 178 Código de la Niñez, Adolescencias y Juventudes y la Resolución 62 –por el Ministerio de Educación– que define cómo el Estado garantiza el derecho a vivir en familia por medio de las modalidades alternativas de cuidado y adopción, se crea esta modalidad de acogimiento institucional.
Al respecto, María del Carmen explica que todo responde a un andamiaje legal que protege a los menores, pero, sobre todo, a una convicción: «el interés superior del niño y de la familia».
«Nosotros no desatendemos al infante. Es la parte humana que nos toca. Darle una visita, un seguimiento, aunque ya no esté aquí en el hogar», manifiesta.

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Por su parte, Francisca Ibáñez Salgado lleva diez años trabajando en hogares y hoy es una de las ocho personas que sostienen esta casa.
«Yo les digo: “Mira, mi niña, no te voy a hacer nada. Esto es una casa donde vas a convivir”».
Cuenta que los primeros días son los más difíciles. «Unos llegan asustados, agresivos, no dejan que te acerques. Otros, al segundo día, parece que vivieron toda una vida al lado de nosotros».
Recuerda a un niño que decía que «“los hombres, con seis años, no tomaban leche”. Fue un proceso para que tomara la leche del desayuno. Un proceso para que se dejara bañar». Poco a poco, con ternura, con paciencia. «Aquí se trabaja con el alma.
«Cuando yo llego y miro esa carita que te reconoce, que te dice “me duele la muela”, “me pasó esto”, me siento bien. Aunque me duela la cabeza a mí, los dolores se me quitan cuando les veo la alegría», ilustra Francisca.

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Inquieta en la cocina, Moraima Rodríguez expone que el cariño es faro desde el primer momento en que cualquier persona entra por esa puerta.
A juzgar por el olor de la sazón, no hay duda del porqué a la mayoría le gusta más este «lugarcito» que cualquier otro rincón de la casa. Asegura que, aunque lleva poco tiempo, ya siente el lugar como propio. «Esos niños son espectaculares. Me dicen mami, tía, madrina. Ellos siempre están acá».
Por eso, responde con firmeza cuando le preguntan si este centro es necesario: «para los niños que están en la calle, que no tienen dónde estar, aquí al menos tienen un mes de tranquilidad y alternativas cuando termine ese plazo. Yo desearía que, como este, abrieran muchos más».

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En lo que va de día, alguien terminará de colocar los adornos para la fiesta. Más personas llegarán. Y seguramente el «felicidades» que entonarán será, otra vez, la forma más pequeña y más grande de decir que la vida continúa.
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