La resiliencia ecológica: el desafío vital de Cienfuegos
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En un planeta de cambios acelerados, el concepto de resiliencia ecológica ha trascendido los ámbitos académicos para integrarse en la gestión del territorio. Para una provincia como Cienfuegos, guardiana de una bahía de bolsa y paisajes únicos, este principio constituye una cuestión de supervivencia. No se trata solo de resistir impactos como huracanes o sequías, sino de la aptitud de sus ecosistemas para reorganizarse y sostener sus funciones vitales. En esta distinción reside el porvenir del territorio: la simple resistencia es estática; la resiliencia, dinámica y transformadora.
El cimiento de esta fortaleza es la biodiversidad. Desde los manglares costeros hasta las elevaciones del Escambray, la variedad de especies actúa como un seguro ante las perturbaciones. Un bosque semideciduo diverso enfrenta mejor una plaga; un manglar robusto frena la intrusión salina y mitiga el embate del mar. Este patrimonio, visible en el invaluable Jardín Botánico, es un capital estratégico que la provincia debe salvaguardar. Su erosión nos empobrece colectivamente.
Un reto crucial es la conectividad del paisaje. La fragmentación causada por infraestructuras, la expansión agrícola y la presión urbana pueden aislar remanentes de naturaleza, obstaculizando la migración de especies y el flujo genético. Crear y conservar corredores ecológicos que vinculen, por ejemplo, la bahía con las zonas montañosas, es una tarea impostergable. La resiliencia no habita en islas verdes aisladas, sino en una red provincial que funcione como un organismo integrado.
El verdadero indicador de la salud ambiental local es la persistencia de los servicios ecosistémicos. Lo esencial es que, tras un evento extremo, nuestros sistemas sigan depurando las aguas de la bahía, protegiendo las costas, sosteniendo las pesquerías y regulando el microclima. La resiliencia se valora en la capacidad de la Bahía de Jagua para autoregenerarse y en la fertilidad sostenida de los suelos. El colapso de estos servicios conlleva una factura socioeconómica abrumadora.
La dimensión temporal es fundamental. La resiliencia no persigue un retorno imposible a un estado prístino, sino una trayectoria de recuperación que evite cambios irreversibles, como la degradación total de un acuífero. La rehabilitación de la cuenca del Damují o de antiguas áreas mineras exige paciencia y una gestión que respete los procesos naturales. Son inversiones en estabilidad que trascienden ciclos políticos.
Las comunidades humanas son protagonistas de esta ecuación. Pescadores, agricultores y ciudadanos prueban y dependen directamente de la robustez ambiental. Prácticas como la agricultura de conservación, la restauración participativa de manglares o la pesca sostenible son alianzas concretas con el entorno. Reconocer este vínculo simbiótico es esencial para un modelo de desarrollo donde el progreso no sea sinónimo de degradación.
El territorio atesora lecciones valiosas. La recuperación de pastos marinos y manglares tras fenómenos climáticos, el rol del Jardín Botánico como arca de biodiversidad, y los avances en reforestación de cuencas demuestran que la naturaleza responde al apoyo recibido. Estas experiencias deben inspirar y ampliarse, consolidándose como políticas públicas permanentes.
No obstante, las presiones son crecientes. La contaminación, la vulnerabilidad costera ante el ascenso del nivel del mar, los períodos de sequía y la demanda de recursos prueban los límites de la resiliencia local. El riesgo de cruzar umbrales críticos en la bahía o en los acuíferos es tangible. Esto convierte el fortalecimiento de los ecosistemas no en un lujo, sino en una estrategia de seguridad territorial.
En conclusión, para Cienfuegos, cultivar la resiliencia ecológica es la política de adaptación más sensata. Exige una visión integral que perciba la bahía, los bosques, los suelos y los arrecifes como una sola infraestructura natural esencial. El objetivo final no es solo preservar la belleza del paisaje, sino potenciar su capacidad innata para regenerarse, asegurando así agua, alimento, protección y prosperidad para todos sus habitantes. La resiliencia de la naturaleza cienfueguera es, en última instancia, el sustento de la nuestra.
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