El doble legado de Ernesto Che Guevara y la soberanía tecnológica de Cuba
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En la narrativa histórica de la Revolución Cubana, Ernesto Che Guevara suele aparecer como teórico de la guerra de guerrillas, ministro de Industrias o combatiente internacionalista.
Sin embargo, un hilo conductor que atraviesa toda su trayectoria revolucionaria y que ha sido menos sistematizado es su profunda comprensión y su intervención sostenida en el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación y de la tecnología industrial autónoma.
Desde las ondas de radio emitidas desde una casa abandonada en la Sierra Maestra hasta los documentos estratégicos sobre la industria electrónica redactados en su despacho del Ministerio de Industrias, el situó siempre la tecnología —tanto la de comunicaciones como la industrial— en el centro de la supervivencia revolucionaria y de la independencia nacional.
Esta conciencia tecnológica no fue casual: nacía de una convicción fundamental. En un enfrentamiento de fuerzas tan desiguales, quien dominara la transmisión de la información y la autonomía técnica dominaría también las condiciones de su propia supervivencia y desarrollo. Como él mismo advirtiera en 1962: “Todo indica que esta ciencia (la electrónica) se convertirá en una medida del desarrollo; quien la domine será un país de vanguardia”.
A finales de 1957, la Sierra Maestra no era solo un frente militar; era también un espacio cercado por el bloqueo informativo. El régimen de Batista difundía sistemáticamente a través de los medios oficiales noticias falsas sobre la “dispersión de los bandoleros”, mientras las acciones y las propuestas del Ejército Rebelde apenas lograban llegar a la población cubana fuera de la montaña. Fue precisamente en esa coyuntura donde Guevara demostró su aguda percepción sobre el valor estratégico de las comunicaciones.

El 23 de diciembre de 1957, el combatiente de la Cuarta Columna Ciro del Río le informó que un técnico en radio residente en Bayamo, Eduardo Fernández, estaba dispuesto a construir equipos de comunicación y un transmisor de radiodifusión para los rebeldes. El comprendió de inmediato el valor estratégico de aquella oferta: no solo aprobó el ascenso de Fernández a la sierra, sino que personalmente gestionó su enlace con la red clandestina del Movimiento 26 de Julio en la ciudad.
La compra y el transporte del equipo constituyeron en sí mismos una operación clandestina. El transmisor fue adquirido en La Habana y trasladado a Bayamo por los canales subterráneos del Movimiento 26 de Julio, para luego ser conducido a la montaña.
El Che escogió personalmente una casa abandonada en Altos de Conrado como emplazamiento de la emisora, donde los técnicos instalaron un transmisor Collins 32B2 y un generador de gasolina de mil vatios. El 24 de febrero de 1958, a las cinco de la tarde, Radio Rebelde salió al aire por primera vez, con la melodía de “La invasora” como sello de identificación, transmitiendo el parte sobre el segundo combate de Pino del Agua y un comentario sobre el aniversario de la guerra de independencia del 24 de febrero de 1895.
El recordaría después que los primeros oyentes fueron solo dos personas: el campesino Perencho, que vivía en un bohío en la ladera frente a la emisora, y Fidel Castro, que se encontraba de visita casual en aquel momento.

El significado de Radio Rebelde superó con creces el de un simple instrumento de propaganda de guerra. Cumplía simultáneamente una doble función: la comunicación táctica y la difusión estratégica. En el plano táctico, proporcionaba a las columnas dispersas por la Sierra Maestra un medio para coordinar acciones; en el plano estratégico, rompía el monopolio informativo del gobierno y permitía que la verdad sobre la situación del Ejército Rebelde llegara a toda la isla e incluso al exterior.
El Che participó además en el diseño de los códigos secretos utilizados para la comunicación con la representación del Movimiento 26 de Julio en el exterior, labor que compartió con Fidel Castro y Luis Buch. Se conformaba así un sistema de comunicaciones completo que abarcaba la sierra, la ciudad y las redes del exilio. Durante la ofensiva general del ejército gubernamental contra la sierra en 1958, Radio Rebelde desempeñó un papel especialmente crucial: su planta transmisora fue trasladada sucesivamente a La Plata, La Miel y Charco Redondo, manteniendo siempre su capacidad de emisión. Al concluir la campaña en diciembre de 1958, era ya una de las emisoras más escuchadas de Cuba.
Más allá de la radio, impulsó la prensa escrita. En la segunda mitad de 1957 fundó en El Hombrito el boletín mimeografiado El Cubano Libre, recuperando deliberadamente el nombre del órgano de los mambises de la guerra independentista del siglo XIX y confiriéndole así una carga simbólica de continuidad histórica. Bajo el seudónimo de “El Francotirador”, escribió comentarios y análisis en sus páginas. Esta publicación no solo difundía las posiciones políticas del Ejército Rebelde, sino que creaba un espacio público primigenio de información dentro del territorio guerrillero.
Un combatiente recordaría que cuando El Cubano Libre aparecía en los campamentos de la sierra, la gente sentía que “la Sierra Maestra tenía su propio periódico”. De Radio Rebelde a El Cubano Libre, el construyó en condiciones de guerra de guerrillas un sistema alternativo de comunicación ciertamente rudimentario, pero funcionalmente completo. Su lógica central era meridiana: la lucha armada debía avanzar en paralelo con la lucha informativa.

Tras el triunfo revolucionario de 1959, fue nombrado Ministro de Industrias en 1961, cargo que le permitió convertir su conciencia tecnológica forjada en la guerra en una estrategia industrial de alcance nacional. Sin embargo, el punto de partida era extremadamente adverso. La industria cubana anterior a la Revolución dependía profundamente del sistema tecnológico estadounidense: equipos, piezas de repuesto y normas técnicas provenían casi en su totalidad del país vecino. Cuando Estados Unidos inició el bloqueo económico en 1960, esa dependencia se transformó de inmediato en una vulnerabilidad fatal: las fábricas quedaron al borde del cierre por falta de repuestos, y el éxodo de técnicos agravó aún más la situación.
La respuesta del Che se articuló en dos niveles. En el plano de la emergencia inmediata, impulsó las campañas de “Piezas de Repuesto” y “Obrero, construye tu maquinaria”. En la Primera Reunión Nacional de Producción, celebrada en La Habana en agosto de 1961, fue categórico: “La falta de materias primas y de piezas de repuesto ha sido siempre nuestro problema fundamental”, pero al mismo tiempo señaló que “mediante el trabajo de los obreros de todas las fábricas del país se han resuelto ya innumerables problemas”.
Aquel llamado activó la creatividad de la clase obrera y dio lugar a la fabricación local de numerosos componentes alternativos, permitiendo que muchas fábricas al borde de la paralización mantuvieran su producción. La significación histórica de este movimiento radica en que sentó las bases organizativas de la futura Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (ANIR), fundada en 1976, que lo nombró Presidente de Honor.
En el plano estratégico de largo plazo, su pensamiento fue aún más visionario. En marzo de 1962 formuló explícitamente las cuatro líneas fundamentales del desarrollo industrial cubano: la metalurgia, la construcción naval, la electrónica y los derivados de la caña de azúcar. Situar la industria electrónica en el núcleo de la estrategia nacional era un juicio notablemente adelantado para el contexto latinoamericano de la época.

Ese mismo año pronunció la sentencia que sería citada repetidamente: “El mundo camina hacia la era electrónica… quien la domine será un país de vanguardia. Hacia allí volcaremos nuestros esfuerzos con audacia revolucionaria.” Bajo su impulso, Cuba comenzó a formar sistemáticamente personal técnico en electrónica y automatización industrial, al que se encomendó la tarea de resolver problemas de control automático en la industria azucarera, el mantenimiento de equipos y la introducción de tecnologías electrónicas avanzadas.
La estrategia tecnológica por él diseñada incluía además una dimensión con frecuencia ignorada: la construcción de capacidades técnicas en exploración geológica y recursos minerales. Bajo su impulso, Cuba intensificó el estudio de las reservas de níquel, cobalto y cobre, e introdujo nuevas técnicas y equipos para la prospección petrolera. Los recursos de níquel y cobalto, controlados antes de la Revolución principalmente por capital estadounidense, se convirtieron tras el triunfo en la base material clave de un sistema industrial independiente.
Además prestó especial atención a la tecnología de aprovechamiento integral del mineral laterítico, del que no solo se extraen níquel y cobalto, sino que también puede emplearse en la producción de aceros especiales. En torno a los derivados de la caña, impulsó la creación del Instituto Cubano de Derivados de la Caña de Azúcar, con el propósito de transformar la tradicional industria azucarera, dedicada a la exportación de azúcar crudo, en un sistema diversificado de productos de alto valor agregado.
No obstante, su estrategia de autonomía tecnológica enfrentó dificultades estructurales. El bloqueo estadounidense cortó las fuentes de tecnología occidental, y Cuba se volcó hacia la Unión Soviética y los países socialistas de Europa del Este en busca de alternativas. Pero los estándares técnicos del campo socialista eran incompatibles con el sistema estadounidense previamente instalado en Cuba, y esas tecnologías ya eran consideradas atrasadas en el contexto internacional, con alto consumo energético y bajo nivel de integración sistémica. Su práctica en el Ministerio de Industrias se desenvolvió así en una tensión permanente: perseguía la independencia tecnológica en el plano ideológico, pero en las condiciones reales debía depender de la importación de otro sistema tecnológico. Su respuesta consistió en defender, en la medida de lo posible, la autonomía en la selección tecnológica, insistiendo en la asimilación y no en la simple copia durante la importación, y en la prioridad de los recursos propios del país en la planificación.
Si se examinan conjuntamente el sistema de comunicaciones que Guevara construyó en la guerra de guerrillas y la estrategia tecnológica que impulsó desde el Ministerio de Industrias, se descubre un hilo de pensamiento nítido: la autonomía de las capacidades técnicas es la base material de la soberanía nacional y de la supervivencia revolucionaria. Esta convicción se expresó en 1958 mediante un transmisor Collins que rompía el bloqueo informativo, y en 1962 mediante la inclusión de la industria electrónica entre los pilares del desarrollo nacional. La continuidad entre ambos momentos radica en que Guevara concibió siempre la tecnología como instrumento y campo de la lucha política, y no como un medio neutro.
Esta concepción tecnológica era notablemente avanzada para el contexto del Tercer Mundo de los años sesenta. En la Latinoamérica de la época, el discurso dominante sobre el desarrollo giraba todavía en torno a la industrialización por sustitución de importaciones y la exportación de productos primarios, y la cuestión tecnológica solía reducirse a “importar” o “transferir”. La singularidad estriba en que reconoció que la dependencia tecnológica es en sí misma una forma de dependencia, tan letal como la dependencia comercial o financiera. La razón por la cual el bloqueo estadounidense pudo paralizar tan rápidamente la industria cubana no residía en la interrupción del comercio en sí, sino en que la arquitectura técnica de esa industria —desde las especificaciones de los equipos hasta las normas de operación— había sido construida íntegramente conforme al sistema estadounidense, lo que la hacía incapaz de funcionar de manera autónoma una vez cortados los vínculos. Por tanto, la autonomía tecnológica no era solo una cuestión de desarrollo, sino también, y sobre todo, una cuestión de seguridad.

Visto desde la perspectiva actual, el legado tecnológico del Che presenta facetas complejas. El movimiento de innovación obrera que impulsó logró resultados efectivos en el plano de la respuesta de emergencia al bloqueo, pero su efecto a largo plazo quedó limitado por una contradicción fundamental: la “pequeña innovación” de masas no podía sustituir la construcción sistémica de capacidades tecnológicas. Su juicio estratégico sobre la industria electrónica poseía una capacidad de anticipación asombrosa, pero el desarrollo real de la electrónica cubana estuvo plagado de vicisitudes y reveses. Sin embargo, estas limitaciones no disminuyen el valor histórico de su pensamiento.
La enseñanza central de su legado es, quizás, esta: en un enfrentamiento de fuerzas asimétricas, la autonomía tecnológica no es una meta que pueda perseguirse una vez “maduren las condiciones”, sino una capacidad de supervivencia que debe comenzar a acumularse en las circunstancias más adversas.
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