¿Cómo se mide lo que duele y lo que cura? Una herramienta mira a fondo los barrios de Cienfuegos
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Imaginen un barrio donde el agua llega a ratos, las casas muestran el desgaste del tiempo y los trabajos estables son un recuerdo. Un diagnóstico diría: “Comunidad vulnerable”. Pero ese diagnóstico, a menudo, no ve lo más importante: no ve que en ese mismo barrio las mujeres se organizan para cuidar a los ancianos, que los jóvenes rescatan la historia local en un proyecto cultural, o que el estigma racista hace que algunas familias tengan menos oportunidades que otras.
Para llenar ese vacío, una investigación desarrollada desde y para Cienfuegos propone una nueva forma de evaluar a nuestras comunidades. No con solo números y planillas, sino con una herramienta de evaluación crítica que busca entender no solo lo que falta, sino también las relaciones de poder, la historia y la fuerza colectiva que existe en cada vecindario.
La idea nace de una constatación: los métodos tradicionales para diagnosticar vulnerabilidad suelen quedarse cortos. Se enfocan en lo material —la vivienda, el agua, los ingresos—, lo cual es vital, pero invisible. No suelen preguntar: ¿Quiénes toman las decisiones aquí? ¿Por qué algunos grupos cargan con más problemas? ¿Qué saberes y tradiciones de la gente están siendo ignorados?
La propuesta, entonces, es revolucionar la mirada. Para ello, combina tres perspectivas:
el análisis de las condiciones materiales y económicas (la base de todo); la crítica al racismo, el machismo y la desigualdad que persisten, a veces de forma sutil, en nuestra sociedad y la valoración de la capacidad de lucha y organización de la gente, esa “resiliencia transformadora y creativa” que no solo aguanta, sino que busca cambiar las cosas.
El corazón de esta propuesta no es un informe complejo, sino algo práctico: el “Cuaderno de Evaluación Crítica”. Este cuaderno es, en realidad, una guía para que sean los propios vecinos, junto a facilitadores, quienes analicen su realidad.
¿Cómo funciona? A través de talleres donde se usan técnicas participativas: se dibujan mapas del barrio marcando los lugares de riesgo y los de encuentro; se hacen líneas del tiempo para recordar la historia común; y se discute, en confianza, sobre cómo se viven las diferencias y cómo se resuelven los problemas.
La evaluación mira cuatro dimensiones clave:
- La vida material: Lo básico: casa, agua, luz, comida, salud.
- El poder y las desigualdades: Quiénes mandan, quiénes son escuchados, y si hay diferencias por el color de la piel o el género.
- El tejido social y la identidad: La fuerza de los lazos vecinales, los saberes que se heredan (sobre cultivos, oficios, remedios) y el orgullo de pertenecer al barrio.
- La capacidad de acción: Los proyectos que la gente ha sacado adelante por sí misma, desde un huerto comunitario hasta una peña cultural, y su historial de gestiones colectivas para mejorar algo.
Esta herramienta no se diseñó en abstracto. Se pensó para las realidades específicas de nuestra provincia. Cienfuegos es un espejo de Cuba: tiene zonas industriales pesadas, costas vulnerables, barrios con historia obrera y comunidades rurales.
Por eso, la investigación tomó como ejemplos casos conocidos:
- Castillo-CEN y su costa: Para evaluar no solo el riesgo del mar, sino la memoria del proyecto nuclear y cómo esa historia marcó a la gente.
- Refinería-Carolina: Para medir la exposición a la contaminación, pero también la capacidad de la comunidad para dialogar con una entidad tan grande.
- Barrios como Pueblo Griffo o Reina: Para ver más allá del deterioro material y entender la red de solidaridad interna y el posible estigma que cargan.
- Pueblos azucareros como Pepito Tey: Para analizar el impacto de la reestructuración económica en la vida cotidiana y la migración de los jóvenes.
- Santa Martina: barrio rural, alejado de la capital provincial y de difícil acceso impactado por el deterioro de la infraestructura productiva y la falta de atención sistemática de los decisores.
La herramienta se nutrió del conocimiento de actores claves de nuestro territorio: investigadores de la Universidad de Cienfuegos, funcionarios del gobierno provincial y, muy importante, líderes comunitarios y promotores culturales.
El objetivo final no es poner una etiqueta a un barrio. Es empoderar. El proceso mismo del diagnóstico, hecho de manera participativa, ya es un paso para fortalecer la organización interna. Al final del camino, la comunidad no solo tendrá un retrato más fiel de sí misma, sino las bases para elaborar su propio plan de acción comunitario.
Esta herramienta es una invitación. Una invitación a los gobiernos locales a tener diagnósticos más justos y profundos. A las universidades a involucrarse de otra manera con los barrios. Y, sobre todo, a las comunidades cienfuegueras a ser las protagonistas de su propia evaluación, para pasar de ser vistas como “vulnerables” a reconocerse como territorios con heridas, sí, pero también con una enorme capacidad de resistencia y creación.
Al final, se trata de medir también lo que cura: la alegría compartida en una fiesta de barrio, el orgullo por un logro colectivo, la sabiduría de los mayores y la determinación de los más jóvenes por mejorar su lugar en el mundo. Eso también cuenta. Eso también es Cienfuegos.
*Primer Secretario del Comité Provincial del Partido en Cienfuegos. Este artículo forma parte de su Maestría en Ciencias, en la Facultad del Partido Alejandro Nápoles León, de Cienfuegos.
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