Cienfuegos y el Che: la apuesta industrial que transformó a la ciudad

Compartir en

Tiempo de lectura aprox: 8 minutos, 55 segundos

En coautoría con Bárbara Cortellán Conesa

Existen vínculos históricos que trascienden la anécdota para convertirse en fundamento. La relación entre Ernesto Guevara y Cienfuegos es uno de ellos. No se agota en el paso del comandante invasor que atravesó la región con la Columna 8 en 1958, ni en su intervención decisiva durante el convulso enero de 1959. Su huella más profunda y transformadora se encuentra en el proyecto económico que impulsó para la provincia: convertir a Cienfuegos en un polo industrial de referencia nacional. Aquella apuesta, gestada desde el Ministerio de Industrias, dejó un sedimento de fábricas, oficios calificados y una identidad productiva que la ciudad conserva hasta hoy. Reconstruir ese itinerario permite mirar al Guerrillero Heroico desde una dimensión menos atendida: la del gestor que intentó dotar a la Revolución de una base material sólida, comenzando por una de sus regiones más olvidadas.

LA COLUMNA QUE ARTICULÓ FUERZAS Y ABRIÓ EL CAMINO
Ernesto Guevara durante la campaña de Las Villas (1958), donde articuló las fuerzas rebeldes e impulsó la unidad que culminó en el Pacto de El Pedrero. / Foto: Granma

La llegada del Che a Las Villas en octubre de 1958 no fue un episodio militar aislado dentro de la ofensiva final. La Columna No. 8 “Ciro Redondo” había partido de la Sierra Maestra el 31 de agosto con la misión de extender la guerra hacia el centro de la Isla. Tras casi dos meses de marcha, enfrentando emboscadas y condiciones extremas, los guerrilleros cumplieron la primera parte de la orden de Fidel: establecerse en territorio villareño. El desafío no era únicamente militar. En la región operaban, junto a las tropas del Movimiento 26 de Julio, agrupaciones guerrilleras de composición heterogénea, entre ellas el Segundo Frente Nacional del Escambray, dirigido por Eloy Gutiérrez Menoyo. La unidad, más que un punto de partida, fue el resultado de una laboriosa negociación que culminó en el Pacto de El Pedrero, suscrito en diciembre de 1958 entre el M-26-7 y el Directorio Revolucionario. Mientras Camilo Cienfuegos sostenía la campaña del norte villareño, el Che concentró su esfuerzo en Santa Clara. Esa división del trabajo permitió simultanear dos golpes que el régimen no pudo absorber, precipitando la fuga de Batista y abriendo las puertas de La Habana.

Enero de 1959 no trajo una calma inmediata. En Cienfuegos, el 1ro de enero transcurrió entre la euforia popular por la huelga general y una maniobra política que buscaba capitalizar el vacío de poder. Los mandos batistianos entregaron la ciudad a fuerzas del Segundo Frente Nacional del Escambray, cuyos jefes ocuparon posiciones clave. En paralelo, sectores oportunistas dentro de la estructura municipal del Movimiento 26 de Julio intentaron constituir una junta local que les asegurara cuotas de influencia antes de que la dirección revolucionaria nacionalizara el mando. La reacción combinada de las fuerzas que respondían a Camilo Cienfuegos y a Ernesto Guevara desarticuló el intento de traslado y obligó a recomponer la dirección local del M-26-7 con cuadros de reconocida trayectoria. La llegada de Fidel Castro el 6 de enero, en el marco de la Caravana de la Libertad, cerró el capítulo. Frente al Ayuntamiento, el Comandante en Jefe dejó sentada una idea que los cienfuegueros conservan como parte de su patrimonio simbólico: “Con Cienfuegos hay que contar”, expresión recogida por la historiografía local sobre aquel discurso.

UNA CARTA Y UNA DECISIÓN: INDUSTRIALIZAR CIENFUEGOS
Una de las líneas de producción en la Empresa Oleohidráulica de Cienfuegos. / Foto: Juan Carlos Dorado / 5 de Septiembre

Cienfuegos era, a finales de los años 50, una ciudad de comercio y estiba. Su economía dependía del puerto, del azúcar y de una actividad manufacturera incipiente, reducida a pequeños talleres. En 1959, el Comité Central de Delegados e Instituciones de Cienfuegos dirigió una comunicación a Ernesto Guevara, entonces al frente del Banco Nacional, para solicitar que el territorio fuera incluido en los planes de industrialización que la Revolución comenzaba a diseñar. La petición expresaba una necesidad real: diversificar una economía de escasa base fabril y generar empleo calificado. La respuesta del Che fue afirmativa y, más importante aún, operativa. A partir de su decisión se pusieron en marcha los primeros proyectos industriales del territorio. La visión que sostuvo aquella apuesta tenía una lógica geográfica evidente: Cienfuegos ofrecía una bahía de aguas profundas, un puerto mercante con tradición, una posición equidistante entre el centro y el sur del país y una conexión ferroviaria con las regiones azucareras. Convertir ese conjunto de ventajas en un polo industrial significaba, para el Che, corregir el desequilibrio histórico que concentraba la producción manufacturera en La Habana y sus alrededores. Industrializar Cienfuegos no era solo crear fábricas: era redistribuir el aparato productivo nacional y dotar al interior de capacidad técnica propia.

El primer fruto concreto de esa apuesta llegó en 1962, cuando comenzó a montarse la Fábrica de Motores Diésel, primera industria del territorio. Su producción —compresores y motores estacionarios de pequeña potencia— no era un objetivo menor: se trataba de equipamiento destinado al campo, a los talleres, a los pequeños sistemas de riego y a las instalaciones que requerían fuerza motriz donde la red eléctrica aún no llegaba. La fábrica nacía con una vocación de servicio a la transformación agropecuaria y a la electrificación rural, dos prioridades explícitas de la estrategia industrial guevariana. Aquel primer eslabón arrastró consigo una cadena. A la planta de motores siguieron la de cereales, los combinados lácteo y pesquero, las unidades de tecnología checa y japonesa asociadas a la generación eléctrica y la fábrica de cemento, entre otras instalaciones. El resultado agregado fue visible en pocas décadas: hacia mediados de los años 80, más de la mitad de la producción provincial tenía origen industrial, una proporción impensable para una ciudad que en 1958 apenas contaba con manufactura relevante. La Empresa Oleohidráulica, heredera de aquella primera fábrica fundada bajo el impulso del Che, sigue siendo hoy testimonio de que el punto de partida de ese cambio no fue una inercia administrativa, sino una decisión política deliberada.

LAS ONCE VISITAS: UNA INVESTIGACIÓN EN CURSO
Foto: Tomada de internet

La presencia del Che en Cienfuegos no se limitó a la firma de una carta ni a una aparición anecdótica. La investigación realizada para este artículo, todavía no concluida, documenta once visitas a la provincia. El registro sigue abierto: no todas las visitas están registradas con la misma precisión, y este periódico digital dará seguimiento al tema en próximas publicaciones, consciente de que el itinerario completo aún requiere nuevas fuentes y testimonios.

La primera visita conocida ocurrió en 1959, junto a Osvaldo Dorticós Torrado. Ambos llegaron por vía marítima en un yate que recorría el sur de Cuba y, en un primer momento, fondearon en Cayo Carenas sin desembarcar en la ciudad. Entre las visitas documentadas figuran dos junto a Suárez Gayol para supervisar los trabajos de la Central de Azúcar a Granel “Tricontinental”, en la zona de O’Bourke, entonces en construcción; dos a Oleohidráulica, la fábrica que en su momento se llamó Motores Diésel; dos a la propia Tricontinental, ya como Terminal de Azúcar a Granel; una a la fábrica “Pro-Cuba”, en Cruces; y la ya referida a la Papelera Damují, en Abreus. A ellas se suman dos visitas a la Hidroeléctrica Hanabanilla, enclave que en aquel momento pertenecía a Cienfuegos y que, tras la división político-administrativa de 1976, pasó a formar parte de Villa Clara. El conjunto dibuja un mapa de intereses que va de la industria azucarera y sus derivados a la generación hidroeléctrica, la energía y la producción de papel y cartón.

DAMUJÍ Y BANDESTE: TERMINAR LO EMPEZADO
La Papelera Damují produce papel y cartón a partir de materiales reciclados, una contribución relevante a la sustitución de importaciones. / Foto: Miguel Adrián Rodríguez Pérez / 5 de Septiembre

Si hay un caso que resume el talante del Che como gestor, es el de la Papelera Damují, en Abreus, junto al antiguo central Constancia. La Revolución heredó una planta inconclusa, concebida para convertir el bagazo desechado del proceso azucarero en papel y cartón, con evidentes ventajas económicas. El proyecto había quedado truncado por el abandono de su propietario, que al salir del país se llevó consigo la documentación técnica indispensable para terminarla. La instalación quedó convertida en un esqueleto industrial: maquinarias a medio montar, planos ausentes, proveedores inaccesibles. La respuesta del Che ante ese cuadro fue ir personalmente al enclave en 1961, evaluar el estado de las obras y organizar un grupo de trabajo encargado de proyectar la culminación y la puesta en marcha. La decisión tenía un componente de principio: una inversión comenzada con recursos del país no podía quedar en el abandono por la fuga de quien la había iniciado. La planta arrancó finalmente en octubre de 1962, con el Che presente en su inauguración, y desde entonces ha mantenido una actividad casi ininterrumpida que ya supera las seis décadas.

La memoria de aquel rescate vive en personas. Según testimonios recogidos por la prensa cubana, fundadores como Manuel Fernández Rodríguez se incorporaron años después de la arrancada, se formaron como técnicos medios, ejercieron como mecánicos y jefes de brigada, dirigieron la entidad durante una década y, tras jubilarse, regresaron a ella para continuar vinculados al proceso productivo. Su biografía individual condensa la de una generación que hizo de la industria su oficio y que mantiene, en la rutina diaria de la fábrica, una forma concreta de recordar al hombre que la rescató del olvido.

El 1ro de junio de 1961, el Che inauguró en Casa Blanca la Central Termoeléctrica de Bandeste, primera planta terminada en el período revolucionario, bautizada con el nombre de Frank País García. La obra tenía un valor que excedía su capacidad instalada: demostraba que el país podía poner en servicio una instalación generadora con recursos propios, en un contexto de éxodo técnico y de presión externa. Formaba parte de un propósito mayor, que el propio Che expuso con claridad en las conclusiones del Primer Fórum de la Energía Eléctrica, celebrado en noviembre de 1963: llevar la electricidad a toda Cuba, unificar los sistemas dispersos que el capitalismo había dejado como herencia y extender la red hacia el campo, donde la energía era un bien escaso o inexistente.

La magnitud del desafío se aprecia mejor cuando se examinan las condiciones en que hubo que enfrentarlo. Alrededor de tres cuartas partes de los ingenieros de la Compañía Eléctrica abandonaron el país, y la responsabilidad de sostener y ampliar el sistema recayó sobre un grupo reducido de profesionales con pocos años de experiencia. Que en 1975 la capacidad de generación instalada se hubiera triplicado respecto a 1958, y que la producción eléctrica pasara de unos 2 mil 500 a unos 6 mil 500 gigavatios-hora, habla menos de condiciones favorables que de la formación acelerada de un personal técnico que se hizo en la práctica, bajo presión y con recursos limitados. Bandeste fue el punto de partida visible de ese proceso en el territorio cienfueguero.

EL JAGUA, LA JORNADA CAMILO-CHE Y UNA HERENCIA VIVA
Dos nombres que la historia cubana guarda como referentes mayores: Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, por la claridad con que miraron su tiempo y la firmeza con que defendieron la causa de los humildes./ Foto: Tomada de Internet

El Hotel Jagua, abierto al público el 31 de diciembre de 1959, forma parte del inventario de espacios que la memoria cienfueguera asocia al Che, junto a otras figuras de la dirección revolucionaria que se alojaron en él. Pero su significación histórica no se agota en el registro de huéspedes ilustres. A comienzos de 1964, el establecimiento fue escenario de una operación de discreción extrema: Tamara Bunke, conocida luego como Tania la Guerrillera, permaneció alojada allí durante once días como parte de un ejercicio clandestino denominado “Operación Fantasma”, concebido para poner a prueba su capacidad de operar bajo identidad falsa, sin contacto con estructuras conocidas y bajo vigilancia no advertida. Aquel ensayo, realizado en territorio nacional y con la colaboración de organismos de seguridad, formaba parte de la preparación de la misión que llevaría a Tania a Bolivia. Que ese entrenamiento se realizara en Cienfuegos no carece de significado. La ciudad ofrecía el perfil adecuado para una prueba de esa naturaleza: tamaño intermedio, actividad portuaria, circulación de visitantes y una densidad institucional que permitía observar comportamientos sin llamar la atención. El episodio añade, además, una dimensión poco explorada a la relación entre el Che y la provincia: Cienfuegos no fue solo el lugar donde se inauguraron fábricas, sino también el laboratorio donde se ensayó una parte del dispositivo humano que acompañaría la última aventura internacionalista del Guerrillero Heroico.

Cada año, del 8 al 28 de octubre, Cuba celebra la Jornada Camilo-Che. Se trata de un ciclo de 20 días que combina homenajes, actividades culturales, encuentros deportivos y trabajos voluntarios, y que tiene en los historiadores y en las instituciones patrimoniales a algunos de sus principales animadores. La Unión Nacional de Historiadores de Cuba desempeña en ese marco un papel que va más allá de la conmemoración: organiza coloquios, coordina recorridos por sitios vinculados a ambos comandantes y promueve la investigación local, con el propósito de que la memoria se mantenga viva y conectada con el presente. En Cienfuegos, esa labor ha encontrado formas creativas de llegar a públicos jóvenes. Alumnos de la enseñanza primaria han recorrido instalaciones productivas, guiados por especialistas que explican el vínculo entre esas plantas y las decisiones industriales de los primeros años de la década del 60. El ejercicio tiene una virtud pedagógica evidente: convierte la figura del Che en algo tangible, asociado a máquinas, procesos y oficios concretos, y no en una efigie desprovista de contenido. Para una jornada que se repite cada año, esa conexión entre historia y producción constituye una renovación necesaria y valiosa.

Al cabo de este recorrido, la relación entre Cienfuegos y Ernesto Guevara admite una lectura que trasciende el homenaje. El Che no fue en esta provincia únicamente el comandante que pasó con una columna ni el ministro que firmó una resolución; fue el articulador de una manera de entender el desarrollo, según la cual la industria debía servir para corregir desigualdades territoriales, para sustituir importaciones, para dar ocupación calificada e integrar el campo con la ciudad. Esa concepción no estuvo exenta de errores ni de dificultades —el éxodo técnico, la escasez de insumos, la dependencia de tecnologías importadas y las tensiones propias de un período de transición—, pero dejó un sedimento que sobrevivió a los cambios de coyuntura.

Pensar al Che desde Cienfuegos implica algo más útil que la añoranza. Implica preguntarse qué significa hoy industrializar un territorio, cómo se forma el personal calificado que sostiene una planta, qué papel desempeñan las instalaciones productivas en la identidad de una comunidad y de qué modo la memoria histórica puede convertirse en combustible para el trabajo presente. La provincia que un día recibió una carta solicitando su inclusión en los planes industriales y que vio llegar al Che a supervisar obras inconclusas tiene, en esa herencia, un punto de apoyo para responder esas preguntas. Quizá por eso la imagen más elocuente del Che en Cienfuegos no sea la de un discurso ni la de una tribuna, sino la de un hombre con documentos técnicos en la mano, recorriendo una fábrica a medio montar y decidiendo que aquello debía terminarse. Esa escena, repetida en Damují, en Motores Diésel y en Bandeste, define mejor que cualquier alegoría el tipo de vínculo que une al Comandante Guevara con la Perla del Sur: un vínculo construido sobre el trabajo, la técnica y la obstinación de no dejar inconclusa ninguna obra comenzada.

Visitas: 2

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *