Recuerda Boca de Samá el terrorismo que quebró su calma (+ Fotos y Video)

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El caserío de Boca de Samá, comunidad que parece mecerse al ritmo de las olas en el costero municipio de Banes, en Holguín, evoca el sosiego nocturno que la violencia despiadada de la metralla estremeció hace 55 años.

Enclavada en un paraje natural de ensueño, la pequeña ensenada, hogar de familias dedicadas a la pesca y a las labores agrícolas, fue escenario el 12 de octubre de 1971 de un cobarde ataque perpetrado por elementos contrarrevolucionarios procedentes de Florida y financiados por el gobierno de Estados Unidos.

Al amparo de las sombras, dos lanchas piratas penetraron por el canal, situado a pocos kilómetros de la playa de Guardalavaca, y sorprendieron a los lugareños, quienes reponían fuerzas en el descanso nocturno para retomar su cotidianidad al amanecer.

El fuego implacable de las ametralladoras, disparado desde la lancha madre, los despertó en medio del horror que la Agencia Central de Inteligencia buscó deliberadamente al coordinar, desde la otra orilla, la agresión mercenaria contra el apacible poblado.

Ráfagas alimentadas por el odio segaron las vidas del combatiente del Ministerio del Interior Lidio Rivaflecha Galán y del miliciano Ramón Siam Portelles, encargados de la custodia del puesto fronterizo del poblado.

Pertrechados apenas con sus armas de reglamento, ambos defensores entregaron la vida en desigual combate cuerpo a cuerpo contra los invasores que desembarcaron sigilosamente, en cumplimiento del deber sagrado de salvaguardar la soberanía patria.

Carlos Escalante Gómez, entonces jefe del puesto de Guardafronteras y conocido popularmente como El Chino, estuvo al borde de la muerte tras recibir ocho impactos de bala en diversas partes del cuerpo, y su supervivencia permaneció en entredicho durante sucesivas intervenciones quirúrgicas.

Los proyectiles, disparados indiscriminadamente en la oscuridad, alcanzaron asimismo al campesino Jesús Igarza Osorio y a las hermanas Ángela y Nancy Pavón Pavón, de solo 13 y 15 años de edad, respectivamente.

Nancy, a quien el cobarde ataque le truncó el sueño de usar zapatos de tacón, vive actualmente con la frustración de no haberlos calzado jamás a causa de las múltiples amputaciones que, a lo largo de los años, le provocó la metralla.

Aquel zarpazo no solo truncó la juventud de Ramón Siam, sino que despojó de un padre amoroso a su hija Yudirka Siam González, quien tenía entonces escasos siete meses de nacida y no conserva memorias del hombre que amaba el mar y soñaba con enseñarle a pescar en sus aguas.

Por testimonios de familiares y vecinos, Yudirka conoció el carácter bromista, afable y solidario de su progenitor, quien también se desempeñó como alfabetizador en la península de El Ramón de Antilla, donde fijó su hogar, antes de incorporarse al curso que lo convertiría en profesional de las Tropas Guardafronteras, en cuyas filas perdería la vida.

Siam González comentó en declaraciones exclusivas a la ACN que el crimen abrió una herida imborrable en su familia, al dejar viuda a su madre con apenas 24 años y provocar en su infancia un vacío irreparable, el de la ausencia de un padre que nadie pudo reemplazar.

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ACN

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