El desencanto de la pereza curatorial: muestra visual Una vez más
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Recién cometía una visita por los principales recintos expositivos de la ciudad y tropecé con la última muestra visual promocionada por la Galería Boulevard: Una vez más; una de esas exposiciones colectivas concebidas con cierto desgano, sin un sentido curatorial fornido e intencionado, capaz de dar unidad a esta serie de obras de la autoría de creadores probados de la plástica sureña. Este corolario no es un caso aislado en el decurso de la disciplina en Cienfuegos durante los últimos meses. Claramente, los más recientes proyectos carecen de atractivos, pues se conforman con revisitar el pasado, desprovisto de novedades (en el mejor de los casos ligeros cambios topiculares) y persistente en inventarios de temas y autores, muy a la manera de los años noventa. ¿Para qué sirven los “calidoscopios gráficos” si esa información no tiene una utilidad en la práctica del arte? Las galerías no son museos. El pasado se recupera para deliberar el presente.
Este sobreabuso de las presentaciones colectivas nos arrastra a la duda y hace sospechar que son mecanismos de supervivencia en medio de una patente crisis económica. Los especialistas (que a veces llamamos curadores) no han insistido en nuevas narrativas, concebidas a partir de un presupuesto que constate el camino tomado por los creadores y la percepción pública, también desde otros campos de significaciones. Pidiendo a cada creador una obra más o menos vista podemos rellenar fácilmente los muros de tales galerías; si les precisamos una disciplina o tema, podemos hacer creer que hay detrás algún substrato paradigmático. Empero, es una solución engañosa, que solo pudiera convencer a las miradas más inocentes.

Por caso, podemos proponernos una expo colectiva de dibujo; pero el discurso (en el precepto más anchuroso) no debe reducirse a la antología. Tiene que permitirnos cavilar sobre las constancias del género en la región, las aportaciones y regularidades, los impactos y la probidad de estilos. Pensado así, desde que comienza el ejercicio curatorial, estamos obligados a valuar los diálogos entre las obras, las señales de temporalización, los subrayados de iluminación, el recorrido espacial… Muy frecuentemente, esos curadores inician el proceso en el montaje de las obras, disponiéndolas no como una demostración de este o aquel concepto, sino como una puesta visual condicionada por las dimensiones, las veleidades cromáticas, las disponibilidades del espacio y el hedonismo esteticista.
Asimismo, persisten ciertas confusiones en torno a los procesos de la curaduría y la museografía (que es predominante en tanto práctica). No se acude a la actualización de viejos discursos (a un reajuste perceptivo de ese pasado), sino a la puesta pasiva de un conjunto de textos acumulados por los artistas o, en el mejor de los casos, que no habían sido mostrados en las galerías locales.

Y no se trata de evitar la antologación. Pero el enfrentar este reto infiere producir ideas, diálogos generacionales, colocar ante los públicos un cuerpo de nociones sobre el arte y su evolución, sobrevolar los muros del descriptivismo. Para desplazarme en otro ramo; cuando los directores de teatro asumen versiones de las obras de Shakespeare responden a la actualización de los relatos, no a la notoriedad del dramaturgo. De manera que, es necesaria una puesta visual que despierte los ímpetus de los espectadores (un vocablo que no me agrada mucho, en tanto infiere cierta pasividad), las emociones y sensaciones, como si el pasado se reconfigurara.
Una vez más… vale por sus partes, no por el todo. Estamos ante cuatro hacedores con trayectorias de más tres décadas: Omar García Valenti, entre los dos fotógrafos más perspicaces de la ciudad de Sévres y un diestro en el uso de la plata virada; Juan Carlos Echeverría Franco, escultor postmoderno que alcanza su boga en la década de 1990; Edgar González Era, pedagogo que se muestra atrayente cuando incursiona en la instalación y la fotografía; y el sensible Mario Cruz Moscoso (Mayito), uno de los que mejor brega como diseñador y fabulador para niños.

Aunque algún que otro no muestra síntomas de evolución, atascados en la marea de la nostalgia, puede decirse que las obras presentadas logran cierta dignidad enunciatoria. Valenti, fiel a esa fotografía de bellas artes que muestra su cosmovisión sobre la realidad social y cotidiana insiste en su visión subjetiva (De la serie Contra todo pronóstico). Juan Carlos vuelve a sus introspecciones sobre los procesos migratorios, la separación familiar y evocación del pasado glorioso (De la serie Screenshot). Es uno de los artistas que más urgen de un salto para reorganizar su estilo. Por su parte, González Era se enrumba en tres perfiles: las obras perneadas por el aliento cubista (Extractor), las de urdimbre fotográfica (Claro u oscuro) y los textos instalacionistas de pequeño formato (De la serie Testimonio de un proceso de viaje). A todas luces, existe una mirada esteticista en este creador, que se consolida en los textos fotográficos, elocuentes de su dominio compositivo. Finalmente, Mayito nos restaura algunas regularidades de su producción más cercana como diseñador para relatos de infantes (De la serie Los hijos del cuento) y constata el control del color y las dinámicas figurativas.

¿Qué une a estos creadores tan disímiles y ofrece alguna coherencia a la puesta visual?. Nada; como no sea la subjetividad latente y la simpatía entre unos y otros (lo único que justifica el título cansino y extradiegético, a fuerza de insistir en exponer juntos) y la agotada dinámica del pastiche. Esta ausencia de conexión argumental (en un nivel curatorial) ha obligado a estructurar la muestra por autores, descuidando las proporciones en el uso de los espacios, los diálogos entre las obras, la curva de interés, los entornos epocales y las variantes genéricas. De hecho, desde esa perspectiva museográfica, hay un desbalance organizativo, una separación antojadiza entre las obras. Tal vez sea que no había una cantidad suficiente para llenar los espacios (se apremiaba más textos de García Valenti), si bien en los últimos muros se controlan mejor donde las obras de Echeverría. Igual, hay incurias en los montajes que utilizan la línea inferior como eje, como sucede en los desniveles entre La memoria perdida, De Etianys… el pez rojo y la surrealista Ceci n´est pas une pipe.

Claramente, el cartel de la muestra es desconcertante y prueba las deficiencias en el equilibrio y armonía compositivos, tachas donde la tipología de las letras, el uso forzoso del globo y de unos abstractivismos que no tienen vínculos con el enunciado de las obras. Una vez más se desjerarquiza la importancia de la cartelística, la primera atadura comunicacional con los públicos y entre los más valiosos medios publicitarios.
¿Merece la pena que destinemos un tiempo para esta exposición?. Pensamos que sí; especialmente por las marcas de González Era, quien matiza sus perfiles creativos y distiende mejor su sensibilidad estética. Hay una gran pereza curatorial (sintagmática y paradigmática) y ciertos deslices en el montaje; empero, es una posibilidad para tomar la temperatura de cuatro artistas en funciones. Por cierto, dos de ellos volverán a reunirse a fines de julio en la cálida salita de la UNEAC para exponer “juntos otra vez”.

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