Encantos y colores de Olinda
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Mientras mira hacia el Atlántico, Olinda hace gala de un mosaico de colores. Las fachadas de su centro histórico cuentan la memoria del Brasil colonial que respira en las calles. Allí la arquitectura se esparce con matices dispuestos a capricho.
En la pernambucana Olinda cada día se reinventa como un lienzo nuevo. Sus calles empedradas ascienden y descienden como ríos de piedras que conducen hacia un espectáculo cromático que parece nunca agotarse. Fachadas en azul añil, amarillo intenso, verde esmeralda y rosa pastel se suceden como notas musicales encima de una partitura urbana.
La ciudad fue fundada en 1535 por los portugueses, y conserva en su centro histórico la memoria colonial que sobrevivió a incendios, invasiones y al tiempo. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, Olinda es un organismo derrocha cultura, arte y tradición.
Caminar por la Rua do Amparo o por la Ladeira da Misericórdia sirve para encontrarse con casas que infunden alegría. Los frentes pintados son un empeño estético para proclamar identidad. Cada tono refleja la mezcla de influencias africanas, indígenas y europeas que le dieron forma al enclave urbano. El rojo encendido recuerda la pasión del carnaval, el azul profundo evoca el mar cercano, y el amarillo habla del sol.

La Catedral da Sé es majestuosa en su blancura; desde ella se puede contemplar una sucesión de techos de tejas y paredes multicolores. Es allí donde la vista mezcla lo sagrado y lo cotidiano, lo antiguo y lo moderno.
Las singularidades de la ciudad se revelan en cada esquina. Los atelieres de artistas conviven con pequeños bares donde se escucha el frevo, ritmo que con su euforia anima el carnaval más famoso del nordeste brasileño. En su celebración, las procesiones religiosas se cruzan con desfiles de muñecos gigantes; todo ello ocurre bajo la mirada de fachadas que parecen pintadas para la fiesta.
Las calles han inspirado a poetas, músicos y pintores. Es una ciudad orgullosa de su capacidad para preservar la memoria, sin renunciar a la vitalidad. El centro histórico con sus conventos franciscanos e iglesias barrocas, es un museo al aire libre donde la vida diaria se salpica de intensidad.
La belleza arquitectónica de Olinda no reside únicamente en la forma de sus edificios, sino en la paleta que los envuelve. Las fachadas de las viviendas comunican alegría y pertenencia. En ellos se lee la historia de un pueblo que decidió pintar su futuro con esperanza.
Al caer la tarde, cuando el sol se despide con sus reflejos dorados, las fachadas parecen encenderse una vez más. Es un toque natural que sazona la historia y la cultura.
Los encantos y colores de Olinda son la esencia misma de la ciudad.
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