Rastros de verdades | 5 de Septiembre.
jue. Dic 12th, 2019

Luego de más de tres décadas en el oficio reporteril, próxima a este Día de la prensa cubana, la dialéctica de la vida me ha deparado otras experiencias que compartir. Transito el quinto mes en la columna Diálogo directo y el contacto inmediato con problemas de la población hacen sentir el precepto de José Martí “…Hay algo mejor que ser príncipe: ser útil”.

Con la única brújula de solucionar escollos a quienes ya han acudido a otras instancias, este tipo de periodismo ofrece satisfacciones únicas. Recuerdo referencias del colega José Alejandro Rodríguez, quien declara su adhesión al espacio Acuse de recibo en Juventud Rebelde, como fuente de ensanchamiento profesional.

Es innegable la laboriosidad demandada por la misión de desbrozar el camino hacia verdades ocultas, es preciso sortear múltiples filtros, unos inherentes a la ética, relacionadas con la privacidad ciudadana, otros dependientes de la integridad de la fuente y muchos por pánico al secreto transgredido.

En tanto un plan aguarda y la gran espada de Damocles es el prurito profesional acechante y ávido de narrar la historia no contada.

Solo la recompensa de acertar en cualquiera de los objetivos, puede hacer llevaderos los tropiezos, pues el más simple reconocimiento de los receptores, nos hace sentir condecorados en la más humilde situación.

Tal satisfacción me la proporcionaron hace poco Rolando Ciscal y su esposa.

Acudieron entre la fila de lectores que cada lunes nos aguarda y pese a su problema de carencia de servicio de agua en su vivienda de Punta Cotica, conmovieron con su queja plasmada en exclusivo formato de historieta, no exenta de profunda vis cómica, con halagos para nuestro semanario.

Palpar estos casos significa enrumbarnos hacia un periodismo más parecido a las complejidades de la vida, conocer incluso cómo lectores impelidos al pesimismo por males cotidianos, que hasta enarbolan como epílogo de su problema irresuelto el título en boga Rastros de mentiras, no pierden el humor y el buen tino de pedir ayuda a los medios.

Suscitar tales intercambios impide sentirnos solos frente a los molinos de viento, sentir tener voz, sin ser vocero, obliga a buscar la expresión tierna y dura y a asumir réplicas.

Estos alientos ayudan a sobrellevar un debate intrínseco a la mirada del periodista: su vocación de comunicar y los múltiples tamices a traspasar, y es un alivio, pues la impotencia de quienes hemos sentido esa sensación desborda límites y motiva un llamado a la razón hacia este, el mejor de los oficios.

En la era del periodismo ciudadano es una prebenda constatar que las personas tienen cada vez más la posibilidad de contar sus propias realidades sin necesidad de intermediarios, y mediante ellas nos acercamos a una auténtica agenda de la sociedad.

No a todas resarcimos, pero sin ser dioses o gurús, tenemos que afianzarles esperanzas a quienes confían aun sin conocernos; es nuestro talismán para despejar rastros de verdades, en tiempos que impulsan a reafirmar el ideal martiano de convertirse en “can guardador de la casa patria”.

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