Ley de Reforma Urbana

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Los jóvenes no saben qué es el desahucio, equivalente al desalojo campesino. Por eso no comprendan la emoción de cuantos leímos aquel titular que encabezaba la primera página del diario Revolución, fechado el 14 de octubre de 1960, que anunciaba una decisión que causó enorme alegría en el pueblo cubano. Decía: Aprobada la Ley de Reforma Urbana. El año anterior había ocurrido otra alegría para el campesinado: el Gobierno Revolucionario aprobaba la Ley de Reforma Agraria que entregó la tierra a quienes la trabajaban. Ahora su semejante, la Ley de Reforma Urbana, entregaba la propiedad de las viviendas a aquellas familias que las vivían y que durante años pagaban alquileres altos, que les arrebataban grandes porcientos de sus bajos salarios.

Pero el centro de esta ley revolucionaria era que prohibía el desahucio urbano como aquella otra que prohibía el desalojo campesino. Aquel fantasma terrible desapareció de las pesadillas de los pobres. Los jóvenes hoy no pueden comprenderlo bien, no vivieron los sufrimientos de las familias que las hacían abandonar sus hogares o las tierras labradas…

La frialdad del diccionario describe desahucio como “el acto de despedir el casero al inquilino que no le ha pagado el alquiler de la vivienda”. Otra acepción dice: “Sacar de un lugar a una persona o cosa, o ambas”. Estas descripciones pueden dar una noción del asunto, pero había que haber vivido aquello…

No había peor inquietud para el seno familiar que cuando no se había podido pagar el alquiler mensual de la vivienda. En ese caso, cada vez que tocaban a la puerta de la calle, venía a la mente la figura del Alguacil del Juzgado Municipal que con sus papeles en las manos llegaba a que se le firmara la notificación del desahucio o desalojo de la vivienda, por atrasos en su pago. Todos los que vivieron en aquella sociedad capitalista, sociedad de lobos, conocen esa sensación de infelicidad y desamparo. Quien no lo vivió no lo entiende. Eso lo sabemos quienes sufrimos tal amarga experiencia. El desahucio en la ciudad era semejante al desalojo campesino que hemos visto en películas y documentales antiguos de Cuba, o incluso las imágenes desde Latinoamérica. La diferencia estaba en que en las zonas urbanas, junto al juez venía la policía, y en el campo el juez se hacia acompañar por la Guardia Rural.  En ambos lugares empujaban a los vecinos fuera de la casa, e iban situando en la acera todos los muebles y pertenencias. El juez y las autoridades represivas actuaban con una celeridad que no se sabía si era por diligencia pagada, o para que el infeliz no tuviera tiempo de reaccionar frente a la situación. Los vecinos inmediatos contemplaban la escena, aterrados ante la desgracia que sabían podía tocarle a ellos después. Era el destino común de todos los pobres en una sociedad donde el trabajo era escaso y mal pagado.

La situación del desalojado era incierta. La familia se disgregaba, se dispersaba obligadamente. Unos a casa de algún pariente generoso, otros con algún amigo o vecino solidario que le daba albergue durante una corta temporada, porque tampoco poseía mucho. Todo era incierto, temporal, penoso, terrible.

Mientras, el casateniente se mostraba indiferente, insensible, ante lo que no fuera aumentar su capital a costa del sudor ajeno. Al casateniente, como al terrateniente, no le faltaba nada, excepto generosidad, lo cual era incompatible con su negocio.

Por eso, la Ley de Reforma Urbana que hoy recordamos, que completaba una anterior que rebajó los alquileres al 50 por ciento, emocionó tanto a los desposeídos, así como conmocionó a los ricos propietarios de casas o de tierras.

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