El más fiel amigo: Toby, Lucía y el verano en Uvero

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Toby fue un cachorro maravilloso, juguetón e inteligente, que llegó a la casa recién destetado, como regalo de una vecina. Era un animalito pequeño y lanudo, al que habían cortado el rabo a los pocos días de nacer, lo que le daba un toque adicional de simpatía. Pronto se adaptó a los cuidados y mimos que le prodigara mi madre desde los primeros tiempos. Después de Mancha, ningún otro can había podido pisar el suelo de mi hogar.

No es posible hablar de Toby sin hacer referencia a Lucía, una gata que había crecido a su lado. Eran los mejores amigos del mundo. Había recogido la gata en la puerta de la escuela. La llevé hasta la casa y convencí a mi madre para que nos quedáramos con ella. Era negra con los ojos azules. Más maldita que el perro, se subía a las camas a morder los pies de los que se encontraban dormidos. Lo hacía con gran rapidez, mordía y se retiraba en una pequeña escaramuza, como para recordarles su presencia a los que permanecían remolones.

Participaban juntos en muchas correrías, donde la gata llevaba las de ganar, pues disponía de mayor agilidad. Su mejor oportunidad para molestar al perro, era cuando este se encontraba secándose del baño. El pequeño mocho quedaba fuera de la silla, la gata saltaba para morderle y salir a toda velocidad. Terminaba así por perseguirle y abandonar el secado, ganándose el regaño de mi madre de forma rotunda, haciéndole volver a ocupar la silla avergonzado.

Terminaron las clases y comenzaron las vacaciones de verano. La casa en la playa  Uvero era como una pequeña isla; una de las pocas que se mantenía sobre la arena, contenida por tres muros, que evitaban que el mar la desplazara. Y mantenía el piso de cemento, a diferencia de la mayoría, montadas sobre estacas y con el piso de tablas similar al de los bungalós.

Con la plenamar, la casa quedaba rodeada de agua. En la mañana, Toby y Lucía salían juntos a retozar en las arenas que se encontraban en la parte trasera, donde les sorprendía la marea alta. El perro regresaba chapoteando por el agua muy contento y la gata venía virtualmente volando bajito; aún no consigo comprender cómo podía llegar casi seca y al otro día salir a correr una nueva aventura en el arenal.

Nos vimos obligados a dejar la playa antes del final de la temporada. Al marcharnos, la gata no apareció y nos fuimos sin ella. El perro le extrañaba deambulando por la casa. Como me encontraba enfermo y tenía que permanecer en cama, él pasaba la mayor parte del tiempo echado frente a mi lecho, extrañando a su compañera de correrías y sin poder disponer de mí para sus juegos. Cuando estuve de alta, volví a la playa en busca de Lucía, abandonada a su suerte. Estaba preñada, se había enamorado de un gato de los alrededores.

Lucía había alcanzado la mayoría de edad, no le interesaba tratar con alguien tan inmaduro como Toby, quien intentó interesarla, pero terminó por dejarla a un lado. La gata parió y se dedicó de lleno a sus crías sin prestar atención a su antiguo amigo, que trató de descubrir lo sucedido, pero la agresividad de la felina no se lo permitía cuando se acercaba al nido. Decidió así olvidarse definitivamente de aquella ingrata que desdeñaba su incondicional amistad. Días más tarde, Toby fue atropellado por un carro, cruzando imprudentemente la calle.

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