5 de septiembre de 1957: Cienfuegos fue un crespúsculo en negro y rojo (+multimedia)

“No pudimos mantener entonces el Cayo, no pudimos mantener el Colegio San Lorenzo, ni el Ayuntamiento, ni el parque Martí, ni la ciudad… No lo tomamos entonces, pero lo tomamos después, y lo tiene nuestro pueblo ahora definitivamente y para siempre”.

Fidel Castro Ruz

Decir 5 de septiembre en Cienfuegos puede remontarte al nombre de una avenida, una escuela, un hospital, un centro de trabajo y hasta de un periódico. Pero cuando nos referimos a la gesta heroica, al hecho más trascendental que acá vivimos, entonces todo cambia. Porque el 5 de septiembre de 1957 es para los cienfuegueros mucho más que una fecha, que un número al azar en un calendario, que un mes o un día de la semana; es mucho más que un recuerdo.

El alba sorprendería a Cienfuegos con el sonido de las balas. Los valientes hombres esperaron el momento con las manos firmes en el gatillo de los fusiles, los ojos puestos en la mirilla; en el pecho guardaban la esperanza. Era tiempo de vencer apostando la vida, porque había llegado la hora de ser libres o mártires como lo había anunciado Fidel casi un año antes.

Los disparos comenzaron muy cerca del mar, intentando ser discretos para avanzar en unas horas hacia las edificaciones más importantes. Julio Camacho Aguilera y Dionisio San Román, jefes de la acción, entrarían en Cayo Loco a las 6:15 a.m., luego de que los complotados de la Marina se apoderasen del Distrito, tras tomar las postas acordadas. Así lo hicieron.

Vea: Discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz, en el acto central por el XX aniversario del levantamiento revolucionario del 5 de septiembre, celebrado en Cienfuegos, el 5 de septiembre de 1977.

Los combatientes acuartelados en distintos puntos de la ciudad irrumpieron en el Cayo sin dificultades y tomaron las armas; la Marina se sumó al levantamiento que apenas comenzaba, extendiéndose como un rumor entre las casas de la Perla del Sur.

Decenas de combatientes del Movimiento 26 de Julio se dirigieron de inmediato a la ciudad para cumplimentar el plan de alzamiento. Y en la medida en que la noticia del motín fue conociéndose entre el pueblo, muchos hombres se presentaron en las puertas del Cayo pidiendo armas para combatir. La consolidación de las fuerzas se hizo más compacta gracias a este sostén. Las unidades de la Policía Marítima y la Nacional cayeron bajo este precepto y se logró capturar un mayor número de armas.

Sin embargo, una decisión de aplazamiento de las acciones emitida por los altos mandos de la Marina, y ocurrida a última hora, provocó que Cienfuegos se levantara sola, como un haz estridente, pero sola.

La sublevación dio un aporte valioso a la lucha contra Batista mediante el combate en los principales escenarios del corazón de la ciudad. /Foto: Centro de Documentación

Las fuerzas tácticas del ejército no tardaron en ametrallar las calles, edificios, el propio Cayo Loco. Traían los ojos pintados de rabia y una mueca de odio dibujada en el rostro. Convirtieron sus manos en proyectiles y ya no dejaron de disparar; cayeron sobre la ciudad como hordas de buitres desesperados, atravesando con sus balas el futuro, inundando a los barrios de humo y metralla, de grito y dolor.

Torturaron a los sublevados como si fuesen bestias, les tatuaron el cuerpo de moretones y les desprendieron la vida, porque no siempre los héroes salen gloriosos de las guerras ni triunfan los amores después de la pólvora. Ellos, los animales vestidos de cobardía, los tiranos insaciables de sangre valerosa, habían aprendido hacía mucho tiempo a detener las insurrecciones a fuerza de asesinatos.

Y quisieron escarmentar a la ciudad pintando de rojo los portales y tejados. No solo los protagonistas de la gesta heroica costearon el precio con muertes plagadas de mentiras, también lo hizo el pueblo, quien hubo de llorar a sus hijos a los pies de la bahía. La solidaridad de la población evitó una represión más salvaje y el aumento del número víctimas, al abrir las puertas de sus hogares para ocultar combatientes y ayudarlos a escapar.

A los caídos los enterraron en una fosa común, abierta a pico y pala por los propios empleados del cementerio. En la mañana del día 6 se inscribieron las primeras 34 defunciones, pero continuaron apareciendo cadáveres, 21 más, que fueron situados junto a los otros.

Los tiraron en tierra sin piedad alguna, quedaron amontonados como si fuesen desperdicio, sin féretros, sin identificaciones, sin respeto. Estaban despedazados. La tierra les fue sepultando las marcas de los balazos. Pero antes, cual trofeo de macabra gloria, un camión con los cuerpos inertes recorrió toda la ciudad. Era la clara señal de lo que harían una y otra vez si intentaban repetir la gesta.

Entonces, te das cuenta de que es necesario colocar pedestales para los héroes, y recordarlos a toda hora, incluso a deshoras. Es necesario hacerlo. Porque a pesar del fracaso táctico y militar de la hazaña, Cienfuegos fue un arcoíris que sale después de la tormenta. Cienfuegos fue grande, soportó en silencio a sus muertos, y martilló las cabezas de los esbirros. Aquel 5 de Septiembre Cienfuegos fue un crespúsculo en negro y rojo.

Las estadísticas cifradas algunos días después sitúan la cuenta de las víctimas de la siguiente manera:
  • Combatientes militares (marinos y policías marítimos): 27.
  • Combatientes del M-26-7: 11.
  • Víctimas civiles: 5.
  • José Dionisio San Román Toledo y Alejandro González Brito, asesinados en La Habana por la dictadura de Fulgencio Batista.
  • Combatientes del M-26-7 caídos en Santa Clara y La Habana: 9.
  • Soldados de la tiranía (según el Registro Civil de Cienfuegos): 13.

Artículos relacionados

Mercedes Caro Nodarse

Licenciada en Comunicación Social. Directora del periódico 5 de Septiembre. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba y de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir