El pulso de la noche opacado por el alcohol
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Por: Yanisleidy Hernández Jaureguí*
Al pie del macizo montañoso de Guamuhaya, donde la geografía de Cumanayagua empieza a empinarse y el verde del lomerío lo domina todo, la vida parece transcurrir a un ritmo apacible. Sin embargo, cuando llega el fin de semana, la aparente calma de la comunidad de La Sierrita se quiebra en un punto exacto: la plaza del pueblo.
En un territorio donde las opciones de recreación y las perspectivas para los jóvenes escasean tanto como el transporte, ese espacio abierto flanqueado por bafles que retumban a todo volumen se convierte en el epicentro absoluto de la socialización local, pero también en el epicentro del exceso.
Allí, entre la música del momento y la penumbra, se diluyen las fronteras del esparcimiento para dar paso a una realidad que preocupa cada vez más a las autoridades de salud: una mezcla de alcohol de dudosa procedencia, psicofármacos y conatos de violencia que marcan las noches del fin de semana.
Yaismadelys Carrazana Chaviano, doctora al frente de la docencia médica de la comunidad, vive hoy esa realidad al enfrentarse a un problema del que no todos los individuos conocen su magnitud: “El alcoholismo aquí no es un hecho aislado, es un problema de salud pública que se vive en red”.
El consumo crónico en el pueblo está normalizado, porque ir a la plaza a tomar es, para muchos, la única forma concebible de pasar el tiempo libre. Sin embargo, el perfil ha ido cambiando; ya no solo se trata del bebedor social adulto o del alcohólico conocido por todos en el barrio. Ahora la cruda realidad es cómo los adolescentes y jóvenes de la localidad toman su libre albedrío y lo combinan con alcohol y medicamentos, una mezcla explosiva que potencia la agresividad y nubla el juicio de inmediato: “Los casos más recurrentes son hombres jóvenes, aunque las mujeres no escapan de ellos”.
Entender por qué se bebe en La Sierrita obliga a mirar su contexto. La vida rural al pie del Escambray ofrece tranquilidad, pero también impone el peso de la rutina. Sin centros culturales alternativos o cines que capturen el interés de las nuevas generaciones, la plaza ejerce un magnetismo inevitable. Es el único lugar donde pasa algo.
A esto se suma la tolerancia social. En muchas familias del territorio, el inicio del consumo de alcohol en los varones jóvenes sigue viéndose como un rito de paso hacia la madurez, un patrón cultural arraigado que la medicina familiar intenta desmontar día a día mediante charlas de prevención y el apoyo de los Equipos de Salud Mental de Cumanayagua: «Se han creado consultas para evitar y tratar la enfermedad y sus consecuencias; somos muchos los actores sociales que a diario luchamos por cambiar esta situación», argumenta la facultativa.
El desafío para la salud pública en el poblado va más allá de recetar fármacos para la desintoxicación o curar las secuelas de una riña. El verdadero reto es romper el estigma en un pueblo pequeño, donde el reconocimiento del problema suele llegar cuando la dependencia ya ha causado estragos en el entorno familiar o laboral. De acuerdo con la experta, “el principal obstáculo es la propia mente de las personas, que no aceptan que tienen un problema y que necesitan ayuda especializada”.
Las graves consecuencias de esta enfermedad no solo incluyen la resaca física o las heridas leves después de una bronca el sábado, sino que influyen en el patrón de vida de los consumidores y de quienes los rodean; los afectados pierden su dignidad como seres humanos e incluso la propia vida. Así, la especialista sostiene que “el excesivo consumo del alcohol ocasiona violencia intrafamiliar, diferentes enfermedades crónicas incurables, pero lo más triste es cuando pierden la vida”.
En la localidad hay fallecidos por causa de alteraciones metabólicas provocadas por el alcohol, pero esto no detiene a los profesionales de la salud: “Desde la atención primaria trabajamos incansablemente para prevenir el lamentable desenlace; interactuamos desde la escuela con nuestros jóvenes y niños, ellos tienen que aprender a evitar y enfrentarse a esta adicción”.
La articulación entre el consultorio, los trabajadores sociales y las organizaciones de masas es vital, pero la doctora insiste en que la solución médica es solo una parte de la ecuación. La principal batalla contra las adicciones debe ser librada en el seno familiar, allí donde la educación empieza y donde se forman los individuos: “Cuando las personas dejen de ser su propio obstáculo en esta lucha, habremos ganado la batalla final contra el alcoholismo y nadie más quedará solo”.
*Estudiante de Periodismo.
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