El abismo del que asciende la ternura (Abueleces de Florentino Morales)

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Los que han sido nietos de abuelos cariñosos y dedicados, entenderán. Quienes son abuelos o padres, también: Los niños aprenden jugando y maravillándose antes sus descubrimientos de infantes curiosos.

El deber de un abuelo al enseñar sobre bellezas naturales, orientación en terreno abierto, nombres y relaciones de los animales domésticos o salvajes, lo cumple a cabalidad y describe Florentino Morales en Abueleces (Ediciones Mecenas, 2018).

El niño (Toto), asciende corriendo y descubre el paisaje en la cima de la loma; la inmensidad de la luna de enero, el placer de observar el ambiente y sus protagonistas.

Mientras caminan, el abuelo enseña valores humanos tales como la virtud de ser laborioso, semejante a las abejas; generoso como el alcatraz que, antes de comer, carga el sustento para sus crías; el manifestar transparencia, magnanimidad y reciprocidad igual que el río…

Entre paseos por bosque, loma y playa, rezuma ternura pedagógica este poemario que no solo muestra la luminosidad de la vida natural al niño-nieto, sino también su lado oscuro: a los maltratadores de animales; la ferocidad del pitirre contra la tiñosa invasora; la sombra de la muerte que preocupa al anciano.

Va más allá el buen maestro. Habla del equilibrio entre lo horrible y lo bueno: las auras que comen carroña, garantizan la higiene y el equilibrio ecológico; entre lo nuevo y lo viejo: El cariño infantil mantiene en marcha el corazón añoso; entre lo real y lo ilusorio: el poder de la imaginación puede sosegar por un momento al desesperado, que se inventa una historia de amor entre chipojos románticos…

La erudición oculta en la sencillez

Como esos antiguos que bebieron de la vieja escuela, la erudición de Florentino se desliza con habilidad en diferentes estrofas y metros: el romance, la décima, el pie quebrado; los versos de 11, 8, 7 y 5 sílabas, que confieren ritmo y novedad a toda la obra. Amén de las deliciosas metáforas (“entra en el mar y su mano… tantea en el agua el cielo”), entre varias figuras retóricas con que se engalana su poesía, en delicada sencillez.

En el ondulante romance pentasílabo titulado, “Las toninas” se advierte la pericia del maestro: el que sabe abarcar la totalidad de las valoraciones humanas relativas a la razón y la emoción. Describiendo las evoluciones marítimas de las toninas que nadan a los costados de un barco que atraviesa la bahía, el poeta muestra al niño no solo las costumbres de estos cetáceos, sino que los personifica, los humaniza (“Como muchachos/ se arremolinan/ y hasta se oyen/ cantos y risas”) para referir a continuación el origen de la leyenda acerca de las grandes sierpes marinas, pues las toninas, al nadar juntas, hacen surgir sus lomos uno detrás del otro, sugiriendo a la imaginación la presencia de un animal enorme. Explicado razonablemente el “error” histórico que encendió la fantasía de tantos marineros y mitómanos que en el mundo han sido, el poeta regresa a la belleza prístina de la percepción que definió a nuestros ancestros:

¿Ves cómo ondulan

alternativas

una tras otra?…

¿quién no diría

que es una larga

sierpe marina?

La estrategia pedagógica que sigue la secuencia: observación práctica-mitificación-personificación-observación de los hechos imaginarios a partir de analogías visuales, incentiva en el interlocutor (el niño), el acercamiento completo tanto a la verificación científica como al placer provocado por las artes fantásticas.

Es un poema de aparente candidez en el que subyace una lección psicopedagógica de hábil factura.

Una poesía sin edad

Hay algo más en Abueleces: notas ocultas, orígenes de mitos, referencias a misterios: Babel, Leviatán, Heliogábalo, la Sombra Eterna… porque la gran literatura para niños es una literatura para todas las edades. O mejor dicho: es una literatura para ser releída en distintas edades durante el decurso de la vida: desde la infancia hasta la vejez.

Por ello quizás intuía el poeta que sus versos tenían el añadido destino de ser reinterpretados por los nietos, en diferentes momentos de la existencia:

Cuando tu estrella, Toto,

en el cenit sonría

sedienta de horizontes,

pletórica de vida,

si mira hacia el poniente

ya no verá la mía…

Ella estará en la sombra

durmiendo su fatiga

¡soñando con la estrella

que resplandece arriba!

*Narrador y crítico. Premio Alejo Carpentier de Novela.

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Ernesto Peña

Narrador y crítico. Premio Alejo Carpentier de Novela.

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