«Yo soy un bailaor»

«Aún muy pequeño, le robaba a mi madre del joyero las motonetas del pelo y me las ponía en el dedo pulgar para imitar con el choque de las dos bolitas el sonido de las castañuelas».

Así creció un hombre de andar apresurado, melena revuelta y oscura como el más puro español, piel trigueña, prendas típicas, traje negro… todo un gitano. Es Joel Zamora.

¿Cuándo comienza su interés por la danza?

«No comencé por la danza. Me inicié en el arte a través de la música. De los primeros pasos no guardo recuerdos, aparecieron a muy temprana edad. Mi madre a veces rememora algunas travesuras. A los cuatro años me permitieron pedir un regalo por el Día de los Niños, escogí una guitarra. Mis padres la buscaron y no la encontraron. Entonces, trajeron avioncitos, escopetas… Bajé la cabeza, ellos me preguntaron si no me gustaban esos juguetes. Sí, me gustaban, pero yo quería una guitarra. Más tarde, apareció».

Natural del municipio cienfueguero de Aguada de Pasajeros, recibió las primeras clases de canto a los ocho años de edad con la profesora Mercy Astiezarán. Inició estudios en la Escuela Profesional de Arte de Santa Clara a los 14. Había aprendido a cantar, bailar, tocar guitarra cuando regresó a Aguada por espacio de un año. En los ocho siguientes estudió, trabajó y vivió en la capital.

¿Contó desde el inicio con el apoyo familiar?

«Al principio, mi padre no tenía eso muy claro. Imagínate, el hijo de un dirigente, de un combatiente de la Revolución, bailarín. Sonaba un poco desatinado. Aún, cuando no se conocía mucho el flamenco. En términos del arte se denomina bailaor, no bailarín. Debía ir para Matanzas a recibir clases de música. El día anterior preparaba una mochila con ropas de ensayo y la guardaba en el maletero del carro de papá. Mis padres me despedían, pero yo regresaba a la casa, saltaba la cerca y recogía la mochila. Salía para la Ciudad de los Puentes a estudiar música todo el día. De allí, viajaba a La Habana para aprender flamenco.

Un día debió enterarse, ¿no?

«Ocurrió cuando me ofrecieron trabajar en el Hotel Kawama de Varadero con solo 17 años. Me presenté a la audición, aunque todavía académicamente estaba muy pobre. A todos los participantes les enviarían los resultados por telegramas. Yo me atreví a preguntar al final de la audición. Me habían aprobado al instante, podía hacer el contrato en la capital. Entonces, le di la noticia a papá, y él me dijo: ‘Sí, qué bien… ¿es como cantante?’ No, le respondí. ‘¿Como guitarrista, entonces?, volvió a interrogarme. No, le afirmé de nuevo. ‘Cómo qué, porque tú no sabes hacer nada más’. Sí, yo sé bailar. Me contrataron como bailaor».

 

EL FLAMENCO Y EL ARTISTA

Joel Zamora fundó la primera compañía profesional cubana de baile flamenco fuera de La Habana, en febrero de 2002. Dirigió el programa radial Hablando de España. Escribió el poemario «La ternura un mérito». Y todos los veranos ofrece cursos de su especialidad.

¿Por qué el flamenco?

«Siempre lo hice. El resto del arte me gusta, pero no como el flamenco, porque ejerce mayor atracción sobre mí. Incluso en otros trabajos, por ejemplo, en la trova sale. Forma parte de uno».

Fuera del trabajo también viste al estilo flamenco, ¿por qué?

«Representa una forma de vivir, no solo de arte, sino una forma de ser. Va con mi personalidad, con mi manera de andar, de comportarme…».

Su forma de hacer este baile muestra caracteres muy típicos y tradicionales, ¿nunca ha pensado mezclarlo, fusionarlo con ritmos más actuales?

«Si hacemos alguna presentación con otro grupo. ‘La palangana vieja’, de Teresita Fernández, combina la música infantil y la trova, no tiene nada de la cultura española. Sin embargo, lo llevamos al flamenco, siempre respetando su esencia. Nuestra compañía sigue una línea estética al hacerlo en su forma tradicional. Varias agrupaciones lo mezclan con pop, rock, jazz… Al menos en Cuba, pocas compañías dedican su trabajo a la cultura típica. Nuestra meta consiste en mantener la tradición».

¿Qué identifica a esa tradición?

«Muchos artistas no usan siquiera el vestuario original, actúan con la ropa del quehacer diario. Los bailaores deben vestir chaquetillas, camisas de mangas largas, pantalones de talle alto, botas. A las bailaoras corresponden la saya corte de plato con faralá, lunares si los llevan, abanicos, castañuelas. En fin, los accesorios típicos. Eso nos caracteriza».

Entonces, ¿usted valora como pobre el desarrollo del flamenco en Cuba?

«No, en Cuba predomina la diversidad. No pocas agrupaciones trabajan el flamenco. Ninguna realiza el mismo trabajo, ni sigue la misma línea. Esas diferentes maneras de hacerlo enriquecen a la cultura. En el tema los directores nunca se remiten a hablar de compañías, no les gusta citar. Sin embargo, tenemos ejemplos: el Ballet Español de Cuba, dirigido por Eduardo Veitía, realiza la Escuela Clásica Española, el repertorio clásico español; lo define la danza, no la música. La Compañía Aires trabaja la fusión. Por ejemplo, toma un bolero y lo lleva a tiempo de flamenco; no guarda relación alguna con el baile español. La Compañía Lizt Alfonso no cultiva el arte tradicional, ni el ballet clásico, ni la danza cubana, lo mezcla todo, defiende otro sello. Nuestro país logra muy bien la diversidad de estilos».

¿Cómo definiría el flamenco a partir de su significado para usted?

«Identifica una etnia, la gitana, de ahí nace. Pertenece a una cultura alimentada de otras culturas, como casi todas. Pero, con idiosincrasia propia, con discurso propio, con su modo de decir».

No deseo robarle más tiempo al artista. A su alrededor el mundo está revuelto, el tiempo se escapa. En breve expondrá de nuevo al público su trabajo o, mejor, su identidad.

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