Yo le mentí a Chávez

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“¿Ya estamos al aire?”, preguntó Chávez, y juro que no fue por vergüenza ni vanidad insulsa, sino por esa osadía que nubla el raciocinio y le mentí sin titubear: “Sí, Presidente ya estamos en vivo…”. Foto: Francisco Ruiz
“¿Ya estamos al aire?”, preguntó Chávez, y juro que no fue por vergüenza ni vanidad insulsa, sino por esa osadía que nubla el raciocinio y le mentí sin titubear: “Sí, Presidente ya estamos en vivo…”. Foto: Francisco Ruiz

Fue el día en que Cienfuegos constató que PetroCaribe trascendería un simple mecanismo de comercio de hidrocarburos para democratizar una riqueza no privativa de la geografía venezolana. Fue la noche del 21 de diciembre de 2007, cuando la Refinería de Petróleo, reactivaría la vida económica y las esperanzas de un orden económico más justo para Cuba, América Latina y el Caribe.

El director del telecentro Perlavisión, Omar Gil, era nuestro chofer, porque en coberturas excepcionales como esta, no dejaba nada a la casualidad, y se embarcaba con nosotros en cualquier lance. Desde que acabó la IV Cumbre, al caer la tarde, decidimos apostarnos en las Petrocasas. Queríamos declaraciones de Chávez, hasta ese momento inalcanzable en medio del protocolo del evento.

Suponíamos que luego del esfuerzo que se hizo para emplazar en tiempo récord cien peculiares viviendas de PVC, donadas por el gobierno bolivariano, Chávez no iba a pasar de largo. Nos arriesgamos a no seguir para la Refinería, destino seguro donde se le esperaba para la reinauguración.

El “olfato”, como llamamos los reporteros al instinto, nos dio la razón. No tardó en llegar. El grupo subió al mirador y desde allí contempló la comunidad, pero era difícil acercársele, preguntarle en medio del cordón de escoltas a decenas de mandatarios, diplomáticos, altos funcionarios, ministros…

Hasta que lo esperado sucedió. Cruzamos a toda velocidad la avenida detrás de la comitiva. Entró en la casa marcada con el número 49. Y ahí otra vez una muralla humana. En la distancia encuentro ridículo mi inútil afán por conmover, por sacudir de su puesto a aquel joven guardia en guayabera roja, echando mano a la jerga venezolana: “¿sabes, Pana?, nosotros hemos estado en tu tierra, nos encantó…Vale, ayúdame… Chamo, yo soy de la televisión de aquí…”. Nunca vi un ser tan impasible.

Adentro Chávez hacía pases en vivo a Venezolana de Televisión (VTV), como tenía acostumbrado a su pueblo a explicarles todo en vivo, haciéndose omnisciente desde remotas geografías, mediante la conexión empleando como enlace un satélite. Les decía cómo se habían construido esos hogares, sobre el material derivado del petróleo, sus ventajas económicas y el confort. Junto al presidente cubano soñaba con que haría una fábrica aquí, que levantarían miles de hogares, al tiempo que hablaba con la familia beneficiada por su gesto.

Mi camarógrafo, Francisco Ruiz, y yo, intentamos unas tomas por el costado. Nada. Probamos por la ventana de cristales de la sala, con una de sus hojas entreabierta. Algunos años después descubrimos la prueba de nuestra persistencia. Estamos al fondo, detrás del sofá, en la foto que se tomaran Raúl y Chávez junto a la familia.

Ismary y Paco al fondo de la foto.
Ismary y Paco (el camarógrafo) al fondo de la foto.

Y entonces, en una revelación del sentido común, nos ubicamos al lado de la puerta. “Si entró…”. Saludamos a varios funcionarios del gobierno cubano, habituales en tantas coberturas e hicimos lobby, como dirían los diplomáticos: “Caballeros, ayúdennos, díganle que le hable a los cienfuegueros…”.

Raúl sale, en el ínterin Chávez se despedía, lapso suficiente para que surtieran efecto nuestras gestiones y nos presentaran a Raúl que, afable, reaccionó: “Chávez, aquí está la televisión de Cienfuegos”. Él, comunicador nato, se me acercó y acostumbrado como estaba a la inmediatez mediática gracias al satélite, me preguntó: “¿Ya estamos al aire?”.

Y juro que no fue por vergüenza de admitir nuestras penurias tecnológicas, ni vanidad insulsa, sino por esa osadía periodística que nubla el raciocinio y uno “se la juega” por lograr su objetivo.

Respondí… Mentí sin titubear: “Sí, Presidente ya estamos en vivo…”. Mi querido Paco, uno de los mejores profesionales que conozco, tampoco vaciló. Tomó aire y dosificó su respiración, como suelen hacer los camarógrafos de prensa seguros, esos que no necesitan trípode para soportar la más larga de las entrevistas. Sabía que esta era nuestra oportunidad con Chávez.

Por instantes, no tuve conciencia de mi atrevimiento. Me había traicionado el subconsciente de reportera… ¡Yo le había mentido a Chávez…!

Nadie impugnó mi insolencia; en cambio, advertí la sonrisa cómplice de muchos funcionarios cubanos que sabían que no existía ninguna unidad de control remoto ni mucho menos conexión satelital en Perlavisión…, pero para entonces todos, también mis colegas de otros medios, estábamos “pegados”, absortos con Chávez…

Comenzó sus declaraciones en la avenida Simón Bolívar, como le hice notar.

“Es un símbolo de la integración, del sueño de Martí, de Fidel, de todos nosotros. En verdad los felicito a todos, a los trabajadores, a las familias. Se demuestra que los milagros son posibles. Se demuestra que juntos podemos hacer lo que muchos creen es imposible. Lo haremos. Y este es uno de los grandes retos de las revoluciones. Las revoluciones tienen que hacer posible lo que parece imposible. Lo estamos haciendo, y lo haremos”.

Cuando dijo “Venceremos” y salió, ya yo cavilaba mi terapia de consolación: “Hice bien en no ocuparlo con nimiedades técnicas, sería un sacrilegio… además, nadie lo vio mal…, seguro mañana vendrán los regaños….”.

En todo caso los cienfuegueros merecían esos elogios. Había sido un año de rudo trabajo para reactivar la planta refinadora, terminar las Petrocasas, preparar la Cumbre. Por suerte, primó la sensatez colectiva (sin lo cual no estaría haciéndoles el cuento), y la de mi chofer-director, cuando minutos más tarde, venciendo en un maratón los 200 metros que nos separaban del parqueo a donde el perímetro de seguridad relegó nuestro auto, le conté el embarazoso percance… Y se rió… nervioso: “¡Estás loca, Isma…!”.

Pero tenía la entrevista. Íbamos complacidos abriéndonos paso a claxon limpio por la ciudad. Eran pasadas las siete y debía entrar en el Noticiero Estelar…

No soy supersticiosa, pero el destino me cobraría esa mentira piadosa. Llevaba el casete, rebobinado ya, en la mano, para ganar tiempo, y no sé si fue en la desenfrenada carrera o la presión de mi conciencia en el trayecto, pero al llegar al telecentro, lo había partido… incluida la valiosa cinta.

En todo caso, pudo más la pericia de uno de los mejores ingenieros de la televisión cubana y la perseverancia de mi equipo. Logramos entrar al cierre de la emisión.

Nunca supe si de camino a la Refinería alguien le dijo la verdad. Eso, lo admito, no tendré el valor de preguntarlo nunca. Logré mi exclusiva: El periodismo me dio la absolución, y espero que Chávez también me haya perdonado, donde quiera que esté.

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En esta crónica que sigue a continuación, publicada por la autora el 12 de febrero de 2014, a poco de conmemorarse el primer aniversario de la desaparición física del líder bolivariano, aparecen contenidas las imágenes de aquella noche memorable en las Petrocasas:

2 Comentarios

  1. Pequeña de tamaño pero GRANDE COMO PERIODISTA. No porque sea tu amigo de muchos años, que digo tu amigo, tu hermano, que reconoce tu profesionalidad. Cuidate y sigue HACIENDO…
    un abrazo, Ney

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