Viernes 13: terror adolescente en la agenda neoconservadora

Blanco de atención dentro del programa ideológico del fundamentalismo neoconservador en los Estados Unidos, el cine de terror adolescente actual, o porno-tortura religiosa, parece hecho a tres manos entre un padre victoriano, algún predicador de la secta Moon y un clon de Karl Rove.

La tendencia setento-ochentera del género del castigo a la promuiscuidad sexual acentúase a grado sumo en la retahíla de novísimas versiones de los filmes dirigidos durante la primera de aquellas décadas y parte inicial de la segunda por nombres icónicos tipo William Friedkin, Wes Craven, John Carpenter o Sean S. Cunnigham, entre otros.

Las revisitaciones parteadas por el dilatado revival La masacre de Texas, Las colinas tienen ojos, El exorcista, La profecía, La última casa a la izquierda, Viernes 13, Halloween…‒, participan casi en mayoría del espíritu punitivo contra el diferente o el pecado supuesto por las relaciones carnales, el alcohol, el ocio, e incluso la desorganización de una agenda a cuyos personajes fílmicos la pantalla horrorífica no suele perdonarle demasiado tiempo fuera de la oficina o el collage. Codificado como pocos, el género adopta en su variante de “jóvenes perseguidos por asesinos, descuartizadores, fenómenos, mutantes” las pautas normativas más estrictas. Aquí todo opera con arreglo a similar esquema.

Un ejemplo que habla por todos: Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009). En la onceava versión de la butifárrica saga de diez cintas precedentes, los muchachos WASP (blancos, anglosajones, protestantes) de turno acuden por enésima vez al lago intraboscoso donde el celebérrimo Jason vio arrancarle la cabeza a su madre para empezar luego él a rebanarlas por su cuenta. Acompañan a las parejitas élites físicamente curadas en gimnasio un afroamericano tan masturbador como Gógol y un asiático miedoso en plan de chaperones (ellos no tienen contraparte sexual, pero cogen espacio en plantilla para rellenar elenco y conferir “etnicidad”, “inclusivismo”, “buena onda”; vaya que es políticamente correcto meter minorías, aunque a la larga detente la mala pinta de un compasivismo perdonavidas momentáneo quitado rápido de arriba luego de los primeros machetazos).

Codificado como pocos, el género adopta en su variante de “jóvenes perseguidos por asesinos, descuartizadores, fenómenos, mutantes” las pautas normativas más estrictas.

Cerca del tenebroso Lago Cristal hay sembrada mucha marihuana, algunos se hacen la boca agua. Aunque Schwarzenegger quería legalizarla para bojear la debacle financiera de California, esto es mala palabra en el contexto que nos ocupa. El teenterror o terror adolescente demoniza la yerba. Baja la noche y con ella la cháchara, los tragos; dos enamorados van a su casa de campaña, al descampado queda la otra nena cuyos senos se apuntan bien bajo su camiseta sin necesidad de mojársela mediante el erohúmedo lugar común sentado década atrás por conducto de Sé lo que hiciste el último verano. Aquellas camiseticas mojadas hicieron dormirse tarde a toda una generación masculina. La oscuridad tienta las ganas de sus diecipico trigueños años, de modo que comienza a tocarse con fruición sus pechos tipo Pamela Anderson ante su novio; mediarán segundos entre tanto este la penetre mediante coitus a tergus tomado en plano americano para que esos senos lujuriosos bamboleen bien frente al espectador. Pero llega Jason y manda a parar. Se acabó el movimiento. Su legendario machete dejará acéfalos a ambos “pecadores”. El Santo Oficio ha hecho su primer auto de fe en Viernes 13, si bien habrá un posterior lance punitivo de idéntico signo: ya en la casa del acaudalado joven que invita al camping. Ocurre en el lecho de dicha mansión y dura cerca de extensos cinco minutos (en la última franja del género algo recurrente); trae de plus jadeos, escorzos, y ¿cómo no? las tomas frontales de esos siempre grandes senos, ahora de rubia.

El niño-hombre-muerto enmascarado rascabuchea a través de la ventana, aunque sin afán lúbrico, pues lo suyo anda por el castigo a los concupiscentes amantes no matrimoniados, tarea que viene haciendo con puntual perseverancia desde la era Reagan. Así, van quedando cuerpos en el camino; al final llegan vivos ‒obvio‒, los más castos, constantes, sufridos, íntegros, moralmente fuertes. Para colmo, hijos de una madre muerta por cáncer. La hagiografía del horror suele preservar sus arcángeles.

Codificado como pocos, el género adopta en su variante de “jóvenes perseguidos por asesinos, descuartizadores, fenómenos, mutantes” las pautas normativas más estrictas.

Especialista en matanzas juveniles tanto como en remakes, en su anterior versión de La masacre de Texas (2003) el alemanito Nispel también echaba en fauces malévolas a otras hormonales niñas de buen look. Jovencitas abiertas en canal cuya carne rellena el sopón de sobremesa de una tribu de anormales no es de lo que carece el terror adolescente en el nuevo siglo. En dicho largometraje el Mal venía representado por una familia disfuncional, conformada por tarados, engendros y otras perlas más bellas que las de Freaks (Tod Browning, 1932). Pero esos personajes deformes del teen terror no se enfocan en ningún caso desde el prisma del comentario social de marginados del stablishment o cosa así, sino ‒todo lo contrario‒, sobre la asimilación del concepto de amenaza por sí supuesta. Ergo, bien en sincronía con la apoteosis de una época marcada por el clima de odio a las alteridades ‒cuya fase cenital fue registrada tras el cisma del 11 de Septiembre‒, exacerbadora en la pantalla estadounidense del miedo a lo desconocido y de la desconfianza entre los seres humanos.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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