Vestido de novia, una película conmovedora | 5 de Septiembre.
sáb. Dic 7th, 2019

Vestido de novia, una película conmovedora

Vestido de novia, una película conmovedora.

Vestido de novia, una película conmovedora.

Si la humana fuese una civilización de pensamiento avanzado, no sería tan alto el precio a pagar por el costo de la diferencia. Animales en pleno proceso evolutivo, con ancestrales rezagos adheridos a la costra de un caparazón salvaje, todavía casi ninguno de nosotros está en realidad preparado, más allá de las poses de lo “políticamente correcto”, para comprender la amarga circunstancia del otro, cuando aquel se encuentra en posición de una desigualdad que pese a convertirse en crucial y definitoria para sí, solo será tal prefigurada desde la perspectiva gregaria de los patrones normativos dominantes: y es lo que más duele, cuanto más perjudica a la larga.

Aunque también en lo ideológico, religioso, moral, cultural, la diferencia tiene peaje duro en la carretera de la vida esencialmente en el aspecto físico. Un gen esquinado hacia la última latitud del mapa genético puede indicar la gordura, el enanismo, la ceguera y quizá también la inequivalencia entre el género con el cual se nace y la identidad sexual real de la persona. Como Rosa Elena, transgénero antes llamado Alejandro, el personaje central de Vestido de novia (Marilyn Solaya, 2014), que viene a sumarse a la larga historia de seguimiento en el cine del preterido, el ninguneado por las convenciones, el descalificado por la escolástica de manual, hilvanada desde Freaks (Tod Browning, 1932) hasta Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008).

La Solaya puntea en territorio de la ficción cuanto antes delineó en las comarcas del documental, En el cuerpo equivocado mediante, y le sale una película dura, sensible, conmovedora, contada por secuencias con la sucia crudeza realista del Neil Jordan de Juego de lágrimas, cuyo guion se favorece de lo principal para levantar cualquier texto literario o fílmico: el personaje.

Aunque como espectador me hubiera complacido la incorporación de Rosa Elena más en el caso de la Sissi/Panchito de Isabel Santos por parte de un actor (con lo cual no pretendo me acusen de hereje ni de buscador de contrasentidos y lo que por supuesto tampoco es óbice para atestiguar una vez más el quehacer histriónico de Laura de la Uz, quien de tan buena luego de La película de Ana ya se nos está poniendo por arriba del bien y el mal), las cuitas de este transexual en busca de su realización humana contienen dentro bastante de lo requerido para la cristalización en pantalla de eso que a veces es solo mera entelequia, sombra chinesca u onanista suposición: el Personaje.

Y el protagónico de Vestido de novia posee fibra, entidad, arco evolutivo, quiebre, ruptura, transformación. No importa que le hayan pegado este cruel padre cosmético sin rentabilidad dramática a su contradictoria existencia de oxímoron viviente graficada desde el mismo título del filme; como que tampoco buena parte del resto de los otros personajes nunca levante vuelo ni sobrepasen la línea de lo monocorde, lo unidimensional: en específico casi todo el universo humano ligado a la obra constructiva me parece muy plano, ampuloso, harto subrayado en sus compulsiones negativas, semi caricaturesco en determinadas secuencias.

Expresión más cabal en el anterior sentido resultan los encarnados por Jorge Perugorría y Mario Guerra ambos paridos del patrón arquetípico de un viejo modelo de villanos hoy día extemporáneo en la creación, si olvidamos el militar japonés de Invencible (Angelina Jolie, 2014), los cuales, a la postre, solo devienen herramientas de guion para remarcar cuánto de mentira y pluralidad de raseros se esconden en actitudes de intolerancia semejantes a las mostradas por ellos, algo que ya la propia trama indicaba per se, sin la obligación de tales sobrecargas.

Aunque no a su altura artística, veinte años después de Fresa y chocolate, referenciada en una secuencia de Vestido…, la pantalla nacional entonaría aquí otra aria en contra de la anulación de las otredades y a favor de los diversos signos de orientación sexual. El drama de Rosa Elena, también parecidos y peores, ha sido sufrido por miles de personas a lo largo del planeta, más allá del carácter patriarcal heterosexista o el machismo de las culturas. La película está ambientada en Cuba, y por si algún extraterrestre no se había enterado hasta entonces la realizadora cuelga en las postrimerías el innecesario remache de los sucesos del 5 de agosto de 1994 y ese plano horrible de un Panchito inidentificable sobre la balsa, pero su trama puede ocurrir en cualquier parte. Quienes siguen la proyección de lesbianas, gays y transexuales en el cine internacional de los últimos treinta años lo saben, sin necesidad siquiera de constatarlo a través de los innumerables reportajes e investigaciones periodísticos sobre el tema.

El Ernesto defendido por un Luis Alberto García sereno, preciso, y la Sissi de Isabel Santos, otra grande del séptimo arte en Cuba, aportan energía dramática al relato, cuyo desarrollo discurre con organicidad y coherencia inhabituales en una ópera prima. Solaya sabe dirigir actores y sabe narrar, además de escribir; de manera que tiene gran parte de la pelea ganada para nuevos empeños. En estos quizá centrará más su foco, cederá menos a la propensión de tanto realizador cubano de meter los mil y un temas dentro de SU tema (aquí también impugna la violencia social, la subordinación femenina al hombre, el robo al estado en las construcciones, el empresario corrupto engatusador del extranjero, el tratamiento policial al travestismo y más, lo cual agrupado suma demasiado) y se abstendrá de mostrar emocionalmente ultramanipuladores planos semejantes al del minuto 59 con los transformistas apresados en el ómnibus. Martirologio puro con fondo sonoro coral.

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