Verónica Guerin: sola contra la mafia | 5 de Septiembre.
dom. Oct 20th, 2019

Verónica Guerin: sola contra la mafia

Que del previo consorcio entre el realizador Joel Schumacher y el productor Jerry Bruckheimer saliera un thriller tan debilucho como 9 días; que en la larguísima filmografía del primero aparezcan numerosas películas del montón; o que el segundo -el productor más poderoso de Hollywood- sea responsable de engendros bélico-patrioteros corte Pearl Harbor, Top Gun o La caída del Halcón Negro, la posterior asociación de ambos hacía desconfiar a cualquier espectador provisto de cierta cultura cinematográfica de la salud de Verónica Guerin.

Sin embargo, aunque a todas luces no sea una obra cuyo eco perdure, al menos tampoco entra dentro de lo peor del trabajo de su director.

La Guerin fue una connotada reportera del periódico irlandés Sunday Independent, cuya campaña personal contra los capos de la droga en los años 90 removió la conciencia nacional. Sobre todo, después de su muerte a manos de los sicarios enviados justamente por los jefes de los carteles en Dublín. Con el asesinato de la periodista bajo los disparos a quemarropa de dos matones motorizados que la ultiman dentro de su auto, comienza Schumacher una película interesada en evadir los estándares de la biografía tradicional, centrándose solamente en los dos años inmediatamente precedentes a tal hecho sangriento.

El filme, verdadero flash-back de principio a cierre, narra los sucesos acontecidos a partir de 1994, cuando Verónica comenzó a atacar al fenómeno y sus causantes. Como Bogart en Deadline-USA, James Stewart en Call Northside 777 o Redford y Hoffman en Todos los hombres del presidente, la camaleónica actriz australiana Cate Blanchett incorpora a otro de esos osados periodistas cuyas investigaciones hicieron época a causa de una u otra razón. El filme insiste en la valentía de Verónica, rayana casi en la temeridad. Sin embargo, lo que gasta en subrayar tal arista -resulta increíble casi tamaño arrojo en esa visita de la columnista a la casa del capo John Gilligan, interpretado por cierto con maestría por el irlandés Gerard Mc Sorley -, lo pierde en sondear los entresijos humanos de esta mujer. La Guerin retratada por el guión de Carol Doyle y Mary Agnes Dunoghue es monolítica, solo la obsede el fantasma del trabajo. E incluso, su relación laboral resulta proyectada de manera algo irreal e irresponsable: la periodista escribe lo que se le ocurre, a veces sin verificar siquiera, y allá vá y lo suelta sin ningún tipo de barrera editorial o algo parecido. Por mucha competencia que haya, por muy liberal que sea cualquier tipo de periódico capitalista, uno que ha estudiado algo de esta carrera no tiene que terminar la Universidad  para saber que esto es inexactamente peliculero.

La Guerin de Schumacher no tiene un momento de privacidad, amor filial, no hay quien le pille la sombra de un conflicto. Demasiado mártir, mucho menos humana. El filme da idea tanto del trabajo como de la relación con la mafia irlandesa del personaje, de manera respetuosa y con menos tics hollywoodenses de lo sospechado, pero la dimensión humana del personaje queda escabullida entre el ritmo que Schumacher no quiere permitirse perder y la preeminencia del retrato de la infatigable labor de Verónica. Pudiera espetarse que precisamente ese es el punto, pero es que no existe forma alguna de comprender por qué esta mujer actúa así sin atisbar siquiera sus pistas emocionales, las bases psicológicas que la conminan a ello. Tampoco resulta muy realista en una película que persigue serlo la descripción del mundo de la droga y sus zares, sobre todo si existe un precedente tan detalladamente serio del tema de la delincuencia irlandesa como El general (John Boorman, 1998). Veo a Verónica Guerin más como somero material de referencia de un tema y una figura que como una película cuya elocuencia lo dijera todo, o casi. Para buscar a uno y otra, será necesario posteriores y más profundas consultas.

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