Vendedor de aguacates de tormenta

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Ilustración: Arí Bayolo

En medio de las ráfagas más duras que sentimos por acá por Cienfuegos —y Osvaldito Vega lo confirmaba en Radio Ciudad del Mar—, escuchamos en casa al vendedor de aguacates de todas las tardes: “¡El aguacate!”. Nadie podía dar crédito a sus oídos, porque mientras el ventanal de cristales y aluminio del comedor se estremecía y amenazaba con no aguantar la presión, cuando el agua se nos colaba por cuanta hendija encontraba, el hombre seguía con su sonsonete habitual, como si nada pasara… “¡El aguacate!, ¡coge tu aguacate aquí!, ¡baratico!, ¡a cinco pesos!”.

“No salgas mami”, dijo mi hijo. Pero su reconvención era ya inútil. A riesgo de que todo volara a mis espaldas me planté en la puerta para conversar con aquel hombre. “A usted sí que le traquetea”, le espeté en lenguaje entendible para él. “¿Guapo o buen comerciante?”, indagué con tono irónico en la voz. El voceador levantó el rostro, me miró esbozando su mejor sonrisa, y luego de preguntarme cuántos quería me soltó una razón a su modo de ver, aplastante: “Mi tía, ¿usted sabe cómo se pondrá la caña después del ciclón?…, a tres trozos!!! Tengo que ‘lucharla’; este es un buen momento, ahora nadie me hace la competencia, nadie va a bajar las escaleras… y yo se los traigo hasta la puerta”.

El susodicho es uno de los vendedores habituales del barrio, lo conozco de siempre. De lo contrario hubiese pensado en aquellos que aprovecharon el vendaval para dejar “pelada” la finquita La Maravillosa, obtenida en arriendo por mis padres y de donde sacábamos el consumo familiar. Para entonces las matas ya estaban en el piso, doblegadas por los vientos de “Irma”, y a los cacos les fue fácil “hacer cosecha” del sudor ajeno.

Pero como al arriesgado vendedor lo sé hombre honrado, me picó el ‘morbo’ de la contadera de anécdotas cotidianas. Mucho mas aquella, con sus aderezos de agua, viento y altura.

“¿Me dejas hacerte una foto?”. Volvió a mirarme, ahora bien serio y cómo pensando para sí: “esta tía se volvió loca con la ventolera”. Su respuesta trató de ser conciliatoria: “Na, qué va. No se me ponga pa’ esa, que después me fichan. ¡De eso nada! Mucha gente no lee periódico, pero otros sí, y me van a reconocer”. Insistí tres o cuatro veces con el hombre ya en franca retirada, y cuando pensaba perdida la batalla me responde: “Bueno, está bien, pero de espaldas y que no se vea”. Ya para ese instante el protagónico de esta historia estaba en pose y mostraba uno de los frutos frente al mismísimo elevador, inútil a esa hora de un sábado siniestro.

“Espera, déjame buscar la cámara”. Entonces regreso al apartamento y a la odisea de abrir la puerta, que se hace un lío por las ráfagas de viento.

Ya de vuelta hice mi parte: tomas horizontales, verticales, con flash, a luz natural…, contenta de haber conseguido esta estampa de lo realmaravilloso en medio del huracán, y doblemente satisfecha por hacerle la carrera a la hasta ese momento más sonada historia de aguacateros, aquella de un colega que en medio de otro apagón de huracán, tiempo atrás, pagó 100.00 pesos por uno de estos frutos originarios de Mesoamérica (bueno, a la sazón el acto de compra-venta pudo asumirse como adquirido allá), al confundir el billete con el rostro de Céspedes con uno de Máximo Gómez.

Y así en medio de mi alborozo, el hombre me trajo de vuelta a la Tierra con una petición anonadante: “Venga acá mi tía, ¿toda esta conversadera y tira foto p’aquí y pa’llá y no me va a comprar un aguacatico? Aproveche y compre ahora, mire que dentro de unos días se pierden…, bueno, su ‘maletín’”.

Y viró en redondo, dando voces escaleras arriba, en vista de mi negativa a pagarle cinco pesos por un aguacate, confiada yo en los que habría de traer de “La Maravillosa”, ajena a que aquellos ya otros de menos pudor esperarían a vocear como suyos cuando se hiciera la calma.

Vista la ilustración de Arí Bayolo en portada, a lo mejor alguien pensó que esta era una historia traída por los pelos. Pero como prueba irrefutable de su intempestiva presencia aquel sábado de “Irma”, aquí está la foto del aguacatero. Sin mostrar el rostro, como precisió. /Foto: Magalys
Vista la ilustración de Arí Bayolo en portada, a lo mejor alguien pensó que esta era una historia traída por los pelos. Pero como prueba irrefutable de su intempestiva presencia aquel sábado de “Irma”, aquí está la foto del aguacatero. Sin mostrar el rostro, como precisó. /Foto: Magalys

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