Vasija (de la serie Diario de una ama de casa)

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Debajo del colador, uso primigenio del jarrito de aluminio. Foto tomada de ALaMesa.
Debajo del colador, uso primigenio del jarrito de aluminio. Foto tomada de ALaMesa.

Hace miles de años, el hombre fabrica vasijas para múltiples usos. El origen etimológico de la palabra viene del latín, por el término vasum. Varias culturas las han adecuado a sus costumbres para guardar alimentos, líquidos, con usos decorativos y otros. Pueden ser de numerosos materiales, desde el barro, metal, hasta plásticos. Todo aquello que sirva para almacenar o contener, se clasifica como vasija. En la antropología esos recipientes casi “hablan” de una época determinada, y que lo diga el amigo Lester Puntonet, quien las persigue por toda la geografía cienfueguera para construir, pedacito a pedacito, la Historia.

Ah, pero para los cubanos, vasija es identidad, costumbre, cultura, a no dudar. ¿Qué hogar de esta ínsula no tiene en su casa un jarrito de aluminio? Y lo digo en diminutivo por cariño, porque existen de todos los tamaños y pesos. Sí, porque esa vasija también es unidad de medida: de 5 libras, el grande; de un litro, el mediano; y el regularcito, que lo mismo se usa para recalentar el café (en microwave no sabe igual), que para tomar leche. Aunque pensándolo bien, ahora se destina una taza para desayunar, porque el jarrito de aluminio casi hace dos vasos, y los tiempos en que se desayunaba con uno de ellos lleno de cuáker, ya no abundan.

Hasta al linaje están relacionadas las vasijas de marras. Los había esmaltados, y tenerlos con esa cubierta en las cocinas, era un lujo. Para hervir la leche, calentar agua, preparar el chocolate matutino y nocturno a una prole numerosa, medir los frijoles y el arroz, sacar agua de un tanque… resultan las funciones del jarro “grande”.

Yo, por ejemplo, tengo varios, y cada uno guarda una historia, porque han sido heredados de las abuelas, la suegra, mi madre, una tía…, porque ¿dónde encuentra usted un jarro de aluminio legítimo? Los artesanos, esa especie de magos cubanos de lo real maravilloso, ofertan unos similares, y es válida la solución, pues hasta ellos saben que esa vasija tiene mercado, y las fabrican, pero la aleación no es igual; aluminio es aluminio: Al, de número atómico 13, que se extrae de la bauxita y llega a ser metálico por electrólisis, según aprendí del profe Payroll, cuando el preuniversitario lo era en toda la extensión semántica del verbo, y en pasado.

Me imagino una gran tienda, llena de colgantes, con jarritos de aluminio de todos los tamaños, a precios módicos, de esos “de verdad”, que luego se “cogen” con un estropajo metálico y se dejan brillantes. Sería un éxito total del mercado, a no dudar. Pero la materia prima no se produce en Cuba, debe ser importada, y ese resulta el primer y más grave problema para obtener los recipientes. No obstante, por ahí hay industrias privadas locales que hacen maravillas a partir de las laticas recolectadas y otras fuentes, incluso exponiéndose a padecer enfermedades por el proceso productivo rudimentario y sin protección, que hasta pudieran resultar dignas de encomio y ayudadas a perfeccionar el proceso.

Una ama de casa cubana —y el término no es solo para quienes no trabajan en la “calle”, porque amas de casa somos todas las mujeres, aunque esté en contra de esa patriarcal imposición de cuando a alguien se le ocurrió designar a las féminas para la cocina y los deberes domésticos, tema para otro comentario— no lo sería de manera completa, sin tener colgado en su cocina, al menos, un jarro de aluminio “de los de antes”.

Si los museos Británico de Londres y el Arqueológico Nacional de Atenas conservan la Vasija de Portland y la de los Guerreros, reconocidas entre las más famosas de manera global, nosotros podíamos tener en el de Bellas Artes, y en una urna de cristal hasta con alarma contra ladrones, un jarrito de aluminio “de los de antes”, claro, como muestra de idiosincrasia y cubanía, del campo y también de la ciudad, para que las nuevas generaciones comprendan por qué el mal humor de la “dueña de la cocina” cuando aquella reliquia de un litro de capacidad se empleó para diluir cemento blanco y nunca más sería el que un día la abuela dejó en herencia.

Diario de una ama de casa

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