Utrilla, un maestro de montaña | 5 de Septiembre.
sáb. Oct 19th, 2019

Foto: Yoley Santana

Cuando me presenté y supo de qué iba la visita, compuso su camisa, se irguió de modo singularmente formal y continuó adelante con aquella clase tipo hechizo que embelesaba al auditorio. Eran niños de entre 5 y 8 años, para muchos el público más difícil de cautivar; sin embargo, Jesús Lázaro Utrilla Llanes tenía algo en su voz, intensa, dulce, que lo convertía en el único punto de atención en aquellos escasos metros de aula.

“Pudo ser locutor”, pensé. Y según me confesó después, también hubiese podido viajar a la URSS de los años 80, o buscar en la ciudad mejores oportunidades. No obstante, prefirió quedarse en la montaña, y por 42 años le ha sido fiel.

“Empecé en este Consejo Popular en 1974. He trabajado en Las Minas, Rancho Capitán…; cuando llegué aquí no había escuela, era apenas un rancho de guano en muy malas condiciones. Tiempo después la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, conocida como los Camilitos, nos hizo una donación para reconstruirla”.

Sus manos, jóvenes aún, ayudaron a formar el nuevo centro de enseñanza.

“Por aquel entonces las casas estaban intrincadas, por toda esta redonda no había nada. Luego, producto del paso de los ciclones, se fueron haciendo las nuevas, aglomerándose alrededor de la carretera; y junto con ellas, la escuelita”.

La nueva estructura se concibió de modo concentrado, según me explica Utrilla. De primero a sexto grados compartían aulas, y los maestros debían dominar los métodos y materias de cada enseñanza a la vez.

“Siempre he trabajado el multigrado. Eso tiene su metodología, la experiencia influye mucho, vale también el sacrificio, los medios de enseñanza que uno sea capaz de crear, la vinculación con la familia, la sistematicidad de todos los días”.

Mairielis y Manuel Alejandro le miran absortos, mientras el maestro concede la entrevista.  Ella quiere ser doctora; él, paragüero, astuto, policía. A Mairielis le gustan las matemáticas, aunque según el profe, es Manuel Alejandro quien nunca falla en un cálculo. La pequeña ha aprendido bien las lecciones, le aconsejará a su “hermanito chiquito” que cuando comience en la escuela debe portarse bien y aprender. El rubiecito de pañoleta roja después de dejar claro que de Charco Azul no se iría nunca porque “lo que más me gusta son las lomas y la cascada”, declara su marcada preferencia por su aula “porque aquí conmigo todo el mundo se lleva bien”.

Sin dudas, el actuar de sus pupilos es la evidencia más clara de sus enseñanzas.

“Son convicciones muy profundas que nos enseñó la Revolución en aquellos tiempos, y son las que mantenemos y enseñamos”.

En Jesús Lázaro se percibe ese sano orgullo de quien siente que hace un bien al mundo. Quizás algunos puedan pensar que sobrevalora el magisterio, lo cierto es que ama su profesión.

“Ser maestro es una de las responsabilidades más grandes que puede tener una persona. En un aula es donde se forma todo. La primera escuela es la casa y la segunda es esta, ahí se fragua la vida, dependerá toda nuestra existencia de lo que se haga en estas etapas”.

Se es maestro siempre, todos los días, dondequiera que se esté.

“Mi casa la frecuentan diariamente alumnos de Secundaria, Preuniversitario, a consultarme, pidiéndome que les ayude a realizar sus tareas. No puedo negarme”.

Para este hombre, sus alumnos son más que números o notas a calificar. Les habla como si fueran adultos, con términos de la cotidianidad, sin achicarlos ni buscándoles sinónimos que adornen la realidad. Es como si les preparara para la vida en todas sus facetas. Les enseña la prensa, les habla del Oriente Medio, y lo mejor es que ellos parecen entenderle. Asienten, le observan.

La “Pastor González Hernández”, tiene quince alumnos, dos aulas compartidas de primero a tercero; y otra de cuarto a sexto. La escuelita es limpia, aireada, silenciosa. Tiene su mobiliario completo, un laboratorio de Computación, televisores, videos. Son tres los maestros del día a día, aunque llegan otros de las especialidades de Computación, Física y Educación Física, que rotan por las escuelas de la comunidad.

Aunque no le pregunté, a Utrilla no hay quien le hable del retiro. Menos todavía de abandonar sus montañas, a las cuales le ha dedicado la mayor parte de su vida.  En el asentamiento lo respetan, sus alumnos lo admiran, y el “Guamuhaya” le agradece por formar hombres y mujeres de bien; se merece el premio de la vida.

Escrito por Yoley Santana González

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2 comentarios en “Utrilla, un maestro de montaña

  1. Mi ruta diaria pasa necesariamente por el barrio donde vive este modesto maestro, siempre que nos vemos intercambiamos saludos. Leí con mucho placer este artículo que destaca la labor anónima pero muy importante de este pedagogo que se puede generalizar a todos los maestros de montaña. Me gustaría ver con frecuencia escritos como este donde conocemos personas sencillas que no piden nada para ellos, solo las condiciones mínimas para impartir sus clases. Mi respeto para Utrilla y el reconocimiento para la periodista que visitó estos hermosos e intrincados lugares poco conocidos.

  2. Bravo por el artículo. Gracias por compartir esta hermosa experiencia profesional acerca de la vida del maestro de montaña, el Sr. Utrilla.

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