USAfascismo

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F√°brica de ca√Īones Krapp en Essen, Alemania./Foto: Internet

Parte de la prensa, los documentales, series y pel√≠culas de ficci√≥n occidentales tienden a magnificar de manera desmesurada el papel “liberador” de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, en desmedro de la Uni√≥n Sovi√©tica, agente protag√≥nico de la victoria.

En realidad -y sin olvidar tanto la contribuci√≥n de ese pa√≠s como la del resto de los aliados a la conclusi√≥n de la contienda- cuanto m√°s ha de ‚Äúagradec√©rsele‚ÄĚ a Washington, a sus pol√≠ticos y su plutocracia, es el rearme y la inyecci√≥n financiera de la Alemania nazi; de tal que, aunque de eso no se hable en documentos y audiovisuales que ignoran el hecho objetivo y factual de forma vilmente mendaz, la potencia norte√Īa es tan causante del genocidio fascista como el propio Hitler.

Si bien tuvo sus precedentes históricos, el romance oficial de la Casa Blanca con el futuro líder del Tercer Reich comenzó en 1922, cuando en Munich tuvo lugar un amistoso encuentro entre Adolfo y el capitán Truman Smith, agregado militar de EE.UU en Alemania, quien trasmitió a sus superiores comentarios muy positivos sobre su entrevistado.

Para 1930, en fecha bastante previa a la conversión de Hitler en canciller -sucedida a inicios de 1938-, el capital financiero norteamericano, consultado por Berlín, aprobó en masa su designación. En verdad, la mayor parte del sistema empresarial germano estaba en manos de Estados Unidos y con este hombre se veía la posibilidad de incrementarlo aun más.

Celosos de la implementación y resultados del plan de desarrollo quinquenal de la Unión Soviética, principal enemigo de clase, en pos de su meta de escalar a potencia industrial, los norteamericanos propinaron fortísimo apoyo a Hitler a través de créditos y empréstitos -los cuales posibilitaron el resurgimiento de la industria pesada y del potencial bélico de Alemania- y del Banco de Pagos Internacionales, al cual transfirió el oro robado durante la invasión germana a Austria y Checoslovaquia.

En su af√°n eterno de adversar a los sovi√©ticos, idea fija establecida en Washington desde el mismo desenlace de la Revoluci√≥n de Octubre y proseguida hasta la actualidad con Rusia, los norteamericanos necesitaban un hombre y una naci√≥n fuertes, encargados de entorpecer el desarrollo de Mosc√ļ en diversos campos. La estrangulaci√≥n econ√≥mica-y la erradicaci√≥n total del r√©gimen comunista en un plano ulterior- constitu√≠a empe√Īo cimero del imperialismo estadounidense. Hitler fue convirti√©ndose progresivamente, para ellos, en un prospecto fabuloso en la a√Īorada consecuci√≥n de tales objetivos. Por tal raz√≥n, los norteamericanos (apoyados por los brit√°nicos) respaldaron financieramente a su Partido Nacionalsocialista Obrero Alem√°n.

Prescott Bush, padre y abuelo del primer y el segundo presidente Bush en similar orden, fue una de las personalidades norteamericanas de v√≠nculos muy s√≥lidos con la Alemania hitleriana. Tambi√©n Henry Ford, el muy antisemita magnate con quien el canciller germano se hizo m√ļltiples caranto√Īas. Tanta estimaci√≥n ten√≠a el jefe supremo nazi hacia el multimillonario yanki Ford que, muy poco antes de iniciar la II Guerra Mundial, le concedi√≥ la Gran Cruz del √Āguila, la m√°s elevada distinci√≥n a un extranjero de parte de Berl√≠n.Tambi√©n se la entreg√≥ a Thomas Watson, fundador de IBM, soporte fundamental del r√©gimen del Tercer Reich en el plano inform√°tico para identificar a m√°s de medio mill√≥n de jud√≠os alemanes y dise√Īar las fichas perforadas empleadas en pos de generalizar la exterminaci√≥n de otros seis millones de personas.

El capital financiero y las compa√Ī√≠as yanquis fueron esenciales para el fortalecimiento militar de la Alemania hitleriana

IBM y Ford resultaron primordiales a Hitler. Esta √ļltima constituy√≥ la segunda productora mundial de camiones militares para el Ej√©rcito Nazi. La primera fue otra estadounidense: General Motors, a trav√©s de su filial alemana y fabricados los veh√≠culos con mano de obra esclava de los campos de concentraci√≥n.

La también norteamericana firma Kodak le proporcionó a Berlín detonadores, gatillos y otros artefactos bélicos.

Varios monopolios yanquis cedieron ca Alemania o la guiaron en la fabricación a gran escala de explosivos de nueva generación, caucho sintético, magnesio, aluminio y otros materiales estratégicos en la guerra.

Ninguna de estas corporaciones movi√≥ un tornillo sin la anuencia de Washington, que solo entr√≥ directamente en la guerra cuando ya no quedaba otra opci√≥n y consideraba que la derrota nazi era segura a manos de los sovi√©ticos, pues hasta √ļltima hora estuvieron manejando la carta de Hitler para liquidar a Mosc√ļ. Siniestro y alevoso, pero as√≠ operan all√≠. Siempre.

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