USAfascismo

0
955
Fábrica de cañones Krapp en Essen, Alemania./Foto: Internet

Parte de la prensa, los documentales, series y películas de ficción occidentales tienden a magnificar de manera desmesurada el papel “liberador” de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, en desmedro de la Unión Soviética, agente protagónico de la victoria.

En realidad -y sin olvidar tanto la contribución de ese país como la del resto de los aliados a la conclusión de la contienda- cuanto más ha de “agradecérsele” a Washington, a sus políticos y su plutocracia, es el rearme y la inyección financiera de la Alemania nazi; de tal que, aunque de eso no se hable en documentos y audiovisuales que ignoran el hecho objetivo y factual de forma vilmente mendaz, la potencia norteña es tan causante del genocidio fascista como el propio Hitler.

Si bien tuvo sus precedentes históricos, el romance oficial de la Casa Blanca con el futuro líder del Tercer Reich comenzó en 1922, cuando en Munich tuvo lugar un amistoso encuentro entre Adolfo y el capitán Truman Smith, agregado militar de EE.UU en Alemania, quien trasmitió a sus superiores comentarios muy positivos sobre su entrevistado.

Para 1930, en fecha bastante previa a la conversión de Hitler en canciller -sucedida a inicios de 1938-, el capital financiero norteamericano, consultado por Berlín, aprobó en masa su designación. En verdad, la mayor parte del sistema empresarial germano estaba en manos de Estados Unidos y con este hombre se veía la posibilidad de incrementarlo aun más.

Celosos de la implementación y resultados del plan de desarrollo quinquenal de la Unión Soviética, principal enemigo de clase, en pos de su meta de escalar a potencia industrial, los norteamericanos propinaron fortísimo apoyo a Hitler a través de créditos y empréstitos -los cuales posibilitaron el resurgimiento de la industria pesada y del potencial bélico de Alemania- y del Banco de Pagos Internacionales, al cual transfirió el oro robado durante la invasión germana a Austria y Checoslovaquia.

En su afán eterno de adversar a los soviéticos, idea fija establecida en Washington desde el mismo desenlace de la Revolución de Octubre y proseguida hasta la actualidad con Rusia, los norteamericanos necesitaban un hombre y una nación fuertes, encargados de entorpecer el desarrollo de Moscú en diversos campos. La estrangulación económica-y la erradicación total del régimen comunista en un plano ulterior- constituía empeño cimero del imperialismo estadounidense. Hitler fue convirtiéndose progresivamente, para ellos, en un prospecto fabuloso en la añorada consecución de tales objetivos. Por tal razón, los norteamericanos (apoyados por los británicos) respaldaron financieramente a su Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

Prescott Bush, padre y abuelo del primer y el segundo presidente Bush en similar orden, fue una de las personalidades norteamericanas de vínculos muy sólidos con la Alemania hitleriana. También Henry Ford, el muy antisemita magnate con quien el canciller germano se hizo múltiples carantoñas. Tanta estimación tenía el jefe supremo nazi hacia el multimillonario yanki Ford que, muy poco antes de iniciar la II Guerra Mundial, le concedió la Gran Cruz del Águila, la más elevada distinción a un extranjero de parte de Berlín.También se la entregó a Thomas Watson, fundador de IBM, soporte fundamental del régimen del Tercer Reich en el plano informático para identificar a más de medio millón de judíos alemanes y diseñar las fichas perforadas empleadas en pos de generalizar la exterminación de otros seis millones de personas.

El capital financiero y las compañías yanquis fueron esenciales para el fortalecimiento militar de la Alemania hitleriana

IBM y Ford resultaron primordiales a Hitler. Esta última constituyó la segunda productora mundial de camiones militares para el Ejército Nazi. La primera fue otra estadounidense: General Motors, a través de su filial alemana y fabricados los vehículos con mano de obra esclava de los campos de concentración.

La también norteamericana firma Kodak le proporcionó a Berlín detonadores, gatillos y otros artefactos bélicos.

Varios monopolios yanquis cedieron ca Alemania o la guiaron en la fabricación a gran escala de explosivos de nueva generación, caucho sintético, magnesio, aluminio y otros materiales estratégicos en la guerra.

Ninguna de estas corporaciones movió un tornillo sin la anuencia de Washington, que solo entró directamente en la guerra cuando ya no quedaba otra opción y consideraba que la derrota nazi era segura a manos de los soviéticos, pues hasta última hora estuvieron manejando la carta de Hitler para liquidar a Moscú. Siniestro y alevoso, pero así operan allí. Siempre.

Dejar respuesta