Urbanización, arroyo La Palma y algún rueguito a San Pedro

Alcantarilla para el desagüe del arroyo La Palma en el cruce de la avenida 5 de Septiembre. Toda esta zona quedó inundada cuando las crecidas del 1ro. de junio de 1988. / Foto: Dorado.

La gente transita y mira con atención. A los ojos de los más jóvenes, los trabajos casi a punto para soterrar el primer tramo del arroyo La Palma no pasan de ser una novedad, otra más en medio de la vorágine constructiva que anima aquellos alrededores. Los viejos, sin embargo, enarcan las cejas y entre dientes sueltan alguna que otra conjetura, para evaluar las pretensiones de encarrilar por un sistema de canales bajo tierra la corriente cuando cruza al sur de la Avenida 5 de Septiembre.
“A quien se le ocurrió la idea, parece no vio esto cuando las inundaciones del ’88, dice José Moreno, vecino del lugar, nacido y criado a orillas del ‘manso’ riachuelo. “El torrente cortó el tráfico por la carretera durante varias horas, sin contar que el agua estuvo a punto de entrar a la casa, y mira a cuánta distancia estamos, casi a 100 metros de la alcantarilla…, pero de la de Alina —se refiere a la morada de otra familia del vecindario— solo quedó fuera el techo”, comenta entre varias anécdotas el entonces delegado de aquella circunscripción.

LA HISTORIA EN VERSIÓN CORTA

Entre el domingo 29 de mayo y el miércoles 1ro. de junio del referido año 1988, Cienfuegos recibió un vendaval de lluvias, concentrado sobre todo entre las 24 horas inmediatas a las mayores inundaciones que recuerde la ciudad en el último medio siglo.
De 8:00 a.m. del 31 a igual hora del siguiente día los pluviómetros registraron 228 milímetros, a los cuales se sumaron los casi 500 del golpe de agua entre mediodía y atardecer de aquella fatídica primera fecha de junio.
Tal nivel de precipitaciones sobre terrenos cuyos mantos freáticos se hallaban completamente saturados, explican las consecuencias: once personas fallecidas (8 de ellas en la cabecera), miles evacuadas de sus hogares y pérdidas millonarias en la economía, todo por una débil depresión tropical con un área de nublados intensos en los mares al sur de Cuba, desde Matanzas hasta Las Tunas, que se movió muy lentamente hacia el norte.
Comparado con los desmadres de los ríos Caunao, Arimao, Salado, Saladito y del arroyo El Inglés (descontamos las del Damují y tramo superior de la cuenca Arimao-Hanabanilla, domeñados por las cortinas de sus presas y copadas a cotas récords), la inundación del arroyo La Palma no pasó de resultar un evento de escasa significación. Pero para entonces no había apenas urbanización en el curso bajo de ese escurrimiento; si acaso algunas viviendas dispersas a orillas del callejón de Las Calabazas, y tampoco ningún impedimento que contuviera las aguas hasta la ensenada del mismo nombre.

¿PREVISIÓN?

Después de la tragedia, y como parte de los trabajos de recuperación, se rehizo la obra de fábrica en el citado camino vecinal, extensión pretenciosa de la calle 75. El talud de piedras y tierra sobre el diminuto cauce anda ya por sobre los cuatro metros de altura, a lo cual habría de sumarse la urbanización sin planificación ni rigor sobre el área que ocupaba la laguna, así como la posterior construcción del vial doble que enlaza a la Avenida 28 con el reparto Junco Sur.
Esta última inversión requirió de labores de rediseño de los pases de tubos para evacuar el caudal de La Palma, que contenido por vertimientos de residuales de todo tipo, vegetación y palizadas, convirtió el pequeño valle del lugar en una suerte de represa natural que poco a poco comenzó a ganarle metros, incluso, a los patios del vecindario al final de Las Calabazas. 5 de Septiembre se hizo eco entonces de la inquietud de vecinos del lugar, queja afortunadamente escuchada por oídos receptivos. Se amplió el desagüe y todo volvió a la normalidad…

El proyecto contempla encauzar al arroyo por dos canales soterrados. Ello posibilitará aumentar la superficie para la construcción de edificios multifamiliares y evitará el vertimiento de residuales a la corriente. / Foto: Dorado.
El proyecto contempla encauzar al arroyo por dos canales soterrados. Ello posibilitará aumentar la superficie para la construcción de edificios multifamiliares y evitará el vertimiento de residuales a la corriente. / Foto: Dorado.

SIEMPRE UN PERO…

Cienfuegos crece. La ciudad supone una intensa transformación del paisaje; es fisonomía adaptada a la topografía. Y lo que fuera el embrión de la urbanización en Junco Sur comenzó a ampliarse hacia el oeste noroeste de su emplazamiento primigenio, todo ello de acuerdo con el plan de ordenamiento territorial, regido por el Instituto de Planificación Física.
Un mes tras otro le nacen a la barriada nuevos edificios, cuyos espacios dominan el entorno y se acercan a ojos vista a la hoy concurrida arteria que años ha, fuera la carretera hacia el sitio de reposo final: el cementerio Tomás Acea.
Próximo a fundirse con lo que antes fuera el borde de la antigua periferia, el reparto necesita de nuevos espacios. Una parte de ellos busca construir sobre la cuenca del manso riachuelo, de ahí los planes de soterrar el curso del arroyo La Palma comprendido entre la Avenida 5 de Septiembre y el vial doble que hace de ampliación de la “28”.
En ese último sitio el proyecto culminará con un pozo, según informó Ramiro Sánchez Fuentes, director adjunto del Ministerio de la Construcción.
Entretanto, voces autorizadas del Instituto de Recursos Hidráulicos de Cienfuegos explicaron que tal organismo avaló el drenaje pluvial de la obra (incluida en el ordenamiento territorial regido por el Instituto de Planificación Física), la cual involucra a diferentes organismos: protagoniza la inversión el Instituto de la Vivienda, en manos de la Unidad Básica de Servicios Ingenieros, mientras la ejecución corre por cuenta de la brigada de Hidrología de la ECOI 37.
El arroyo La Palma, cuyo nacimiento se localiza en la zona de Tulipán, es una pequeña cuenca, tanto, que ni siquiera clasificó como hidrónimo digno de figurar en el Diccionario Geográfico de Cienfuegos. Recoge todo el escurrimiento superficial de los barrios ubicados al Este de la ciudad antes de tributar de forma independiente a la bahía por la ensenada de Las Calabazas.
Al decir de Luis Estupiñán Suárez, especialista de la Empresa de Aprovechamiento Hidráulico de Cienfuegos, el volumen de la citada corriente es de poco más de dos kilómetros cuadrados de agua.
Considerado portador de una voz autorizada en el tema de reducción de riesgos y vulnerabilidades por intensas lluvias, Estupiñán Suárez, explica que existen fórmulas de determinación de la capacidad de escurrimiento, resultados que una vez en manos del proyectista permitirná adoptar la mejor decisión para cada caso. “Está el área de la cañada (relacionada con el volumen), mientras la intensidad de la lluvia se evalúa acorde a los promedios históricos. Con ambos datos en mano se calcula el ‘gasto’ del agua que va a drenar por el cauce”, explica.
En fecha reciente, el ecuatoriano Ricardo Mena, representante para las Américas de la oficina de la ONU de reducción de riesgos de desastres, se refería en la apertura de un taller regional sobre este tema celebrado en Paraguay, que frente a los riesgos del cambio climático “estamos todavía por vivir los desastres más intensos (…) y eso es debido a la acumulación de la cantidad de riesgo que hemos generado acompañando los procesos de desarrollo (…) que no necesariamente han estado debidamente armonizados con la realidad ecosistémica”. Esa disposición frente a amenazas naturales, “tarde o temprano, nos pasan cuenta”, decía el investigador.
Entretanto, los moradores de los sitios aledaños a la inversión en marcha en Junco Sur se dividen entre quienes ven con buenos ojos el esfuerzo por encauzar artificialmente la corriente y los que muestran recelos por los imprevistos de la Naturaleza y otro eventual comportamiento descontrolado de “La Palma”. Razones hay de ambas partes: de un lado es la manera adecuada de evitar el actuar indolente de aquellos que vierten todo tipo de residuales al arroyo, con las consecuentes contribuciones a la higienización del entorno. Pero del otro está el recuerdo de situaciones extremas como la del 1ro. de junio de 1988.
Con los argumentos de quienes responden por ello a la mano, sólo queda confiar en la fiabilidad del proyecto, mientras con cada nublado no faltarán quienes miren al cielo y eleven ruegos para que San Pedro actúe con cordura.

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