Una tumba en la arena

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Estuvimos un tiempo sin que otro perro viniera a vivir a nuestra casa; mi madre decía que no teníamos suerte con los perros. Que cuando le tomábamos cariño, morían y nos dejaban una gran tristeza con su recuerdo. Ella había padecido mucho en su vida al perder a su hermana mayor y a su mamá cuando era niña, para venir ahora a sufrir por los perros. La persona que nos había regalado a Toby, le convenció que aceptara el cachorrito. Así fue como Toppi llegó a nuestra casa.

Era un retoño muy lindo, lanudo, con el pelo beige oscuro, y parecía ser un perro de raza, pues lucía como los cachorros de las imágenes aparecidas en los almanaques de los años finales de la década del 50. Semejaba una pequeña mota, de aquellas que usaban las mujeres para empolvarse el rostro, y todos tenían que ver con él. Le habían cortado el rabo siendo muy pequeño y como Toby, un perro mocho. Se ganó el corazón de todos en la casa y nos reíamos mucho de sus travesuras; era, además, en extremo inteligente.

En varias ocasiones íbamos a la playa, antes de la temporada de verano, porque mi padre estaba reparando la casa que se había deteriorado con las mareas del invierno y el can disfrutaba de las bondades del mar. Le gustaba meterse en el agua con nosotros, era buen nadador, y cuando salía se contorsionaba con mucho aspaviento de su parte y retozaba en el arenal que aún quedaba en la parte trasera de la casa. La vivienda tenía el piso de madera sobre estacas, como las otras, pero detrás todavía la arena era abundante.

Cierto día, ya en temporada de verano, llevamos Toppi con nosotros a la playa. Jugábamos en la parte pública con el cachorro a los escondidos, cuando de pronto, cayó a la larga y murió. Lo sentí mucho, ese día lloré amargamente por la pérdida tan grande que había sufrido. Debe de haber muerto de moquillo canino, una enfermedad que ataca a los cachorros. Le enterramos en las arenas del fondo de la casa mientras lloraba desconsoladamente. No busqué ningún otro perro como compañero. Fue un episodio triste y que evoco con pesar, pues era un animal inteligente, simpático y cariñoso. Recuerdo que ese día jugábamos con el perrito, Fernando Morales, dos niños de Santa Clara apodados Machito y Chiquitico, y una niña preciosa llamada Sonia.

Pasaron muchos años, tantos que pensé que nunca más iba a haber un perro en nuestro domicilio, por lo cual mis hijos crecieron sin la compañía del mejor de los amigos en sus juegos. Durante mucho tiempo la casa estuvo poblada de gatos, animales más independientes que sabían cuidar de sí, y por lo general no se dejan querer. Los mininos eran distantes y se les trataba de lejos; tenían otra idiosincrasia. De este modo pretendí a ahorrar a mis hijos los dolores por los que pasé debido a las pérdidas de los peludos, fieles y simpáticos compañeros.

Con la llegada de Hannah a nuestra casa, una salchicha de color negro, se rompió el maleficio. Ella iba a durar muchos años, 16 exactamente, mucho tiempo en la vida de un perro. Son bastante más de los que pensé que podía vivir un miembro de la raza canina. Espero que mi nieto no lo tenga que sufrir por ellos, pues en realidad llegué a amarlos con mucha sinceridad, y el paso de los años no ha logrado borrarlos de mi mente. Los recuerdos se mantienen nítidos y se resisten a ser enviados a la papelera de reciclaje. Por ello decidí reflejarlos aquí y dar testimonio de lo que en su momento representaron para mí.

4 Comentarios

  1. Es muy cierto que las mascotas se vuelven miembros muy queridos de la familia y los perros más. Paras mí son animales excepcionales por su lealtad al dueño y su inteligencia. Sólo tienen un defecto; duran muy poco. En la casa perdimos a la Chula hace 6 meses y todavía me parece que en cualquier momento cuando abra la puerta me va a salir moviendo su cola para saludarme.

  2. a mi se me murio la mia que era salchicha de moquillo fue la primera y unica que mi mama me dejo tener han pasado varios años desde que murio y no quiero otra pues todavia estoy sufriendo por esa y no quisiera sufrir mas por ningun perro aunque los amo mucho.

  3. Desde niña siempre me inculcaron el amor por los animales de cualquier especie. Sé lo que es sufrir por la muerte de un animalito de esos, tuve una que me duró 10 años se llamaba Suca, murió sin esperarlo, se sufre tanto que ahora mismo tengo los ojos llorosos. Ahora tengo 2 uno de cuatro años que se llama Tribilín, es de bolsillos, el otro se llama Doc hijo de la perrita que murió y del anterior que mencioné, ah un gato. Ellos se llegan a amar tanto como a un ser humano.
    Muchas felicidades al periodista por el artículo

  4. Bella y conmovedora historia, yo he visto morir a varios de mis perros, y a muchos gaticos, que sí se dejan querer. Felicidades por su nueva perrita.