Una relación íntima: sexo mudo en la habitación 318

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Se empezaron a acostar en las tardes de jueves de un hotelito de la periferia, tras poner ella, en la revista erótica que él a ratos leía, un anuncio en busca de algún compañero interesado en compartir sexo y nada más que sexo consigo. No les importaba lo otro -al menos comenzaron creyéndoselo-, ni dependencias laborales, lugar de residencia, afectos filiales, ideologías, ni incluso nombres.  A lo sumo, participábanse algunos gustos y defectos, no más que lo imprescindible para enfrascarse, con un mínimo de desanimalización, en el forcejeo corporal librado en la habitación 318.

En uno de esos eventuales diálogos interamatorios, ella le dice que en el cine el sexo resulta siempre paradisíaco o infernal, nunca intermedio. Y en busca de esas intraposiciones, de esos labradíos de cosecha media, tan legitímos como los políticamente correctos, va la película Una relación íntima (Francia-Luxemburgo, 1999). Una  obra rompedora de esquemas o parcelas de atención en la argumentística tradicional del “cine de amor”, cuya intencionalidad es barruntable desde ese inicio de ires y venires de personas desenfocadas en el campo de la cámara, sin rostros, sin rastro.

El objetivo es hallar una de las historias perdidas entre esa gente, sin afanes ella misma de sobrepasarse en el tiempo y sus ínfulas, ni de asumirla el filme como patrón de lo romántico-cinematográfico. Antes bien, Frederic Fonteyne sustenta el clima del relato en el instinto de seres sentimentalmente desnortados, vertebrando un cuerpo de sugerencias en las antípodas de lo común-recomendable-aceptado, sin que, contradictoriamente, deje también de responder a las tres categorías; en dependencia del lado del mirador del cual se otee.

Fonteyne entra en los entresijos del alma a partir de sutiles escrutaciones del individuo y con un total silencio factual, mas no del todo verbal.  Cine este fundamentalmente construido desde la imagen, tampoco rehúsa ser en la palabra, pese a que a la postre casi todo quede enmarcado en las semas de lo colegible o en los campos de lo elíptico inductivo. Que no hace falta machacar con oraciones en esta antítesis del affaire adscripto a los estándares clásicos lo que en gran medida ayudan a expresar por su lado los actores (la para los amantes a la pantalla veterana Nathalie Baye, y el catalán Sergi López) con  magistral hondura e inusual naturalidad interpretativa. Apoyados, claro está, por un guion simétricamente calado que alterna puntos de vista de cada personaje y las interrogantes en off, de modo de redondearle al receptor la relación desde una perspectiva orbicular.

Lejana de la propensión naturalista-bruta de Viólame e incluso Romance X, Una relación íntima destaca por la sobriedad narrativa con que se describe el ritmo de los acontecimientos, por su tempo vital y la poética de la cotidianidad de vórtices humanos superados por las limitaciones de la especie -orgullo, presunción negativa del criterio valorativo de la relación establecido por la pareja, temor al futuro; no ya por la presciencia, sino a causa del pesimismo interno que regalan ciertos giros de la existencia…  O que, superiores a esas limitaciones y despegados de la estrechez de asumir los estadios finales del romance con los zigzagueos espirituales de muchos semejantes, brocan las tiras que los unen justo cuando hace falta. Todo ser halla su propia forma de atar y zafar los lazos, y cada espectador extrae del filme la aproximación exegética más acorde con lo que ha querido o ha podido aprender de la Vida.

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